Por Jonás

Hace tres años, durante una entrevista en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el escritor mexicano Juan Villoro sentenció: “la feria es un fenómeno de la industria, no de la cultura”. Las frases se distribuyeron con gran agilidad en las redes sociales de los detractores del poder detrás del magno evento, pero la profundidad de las palabras de Villoro no se analizaron con el debido detenimiento.

Lejos de sentenciar a muerte a la industria cultural de masas, Villoro dio peso y fundamento al fenómeno del mercado: “los escritores tenemos que vender y no estar totalmente ajenos al mercado”, agregó.

¿Pero qué pasa cuando todo este campo ha sido totalmente asimilado por el sistema? ¿Qué pasa cuando el fundamento inicial de una sociedad, el que se supone nos sacará de la barbarie que significa esta civilización, está cooptada por la propia idea de que la permanencia del sistema es necesaria para la estabilidad?

Ya que el fenómeno cultural actual podríamos analizarlo desde dos ópticas distintas que nos remiten a un solo problema. Durante la feria que este año se llevó a cabo un medio local de Guadalajara consignó la voz de una «profesional» respecto a los visitantes a la FIL, estaba molesta por la cantidad de gente que se acerca al magno evento, el gigantismo –usando el concepto de Villoro– sería el fundamento para que esta mujer de los negocios literarios hiciera evidente un grave problema de la cultura de masas. Los estudiantes que sin hacer nada se concentran en los pasillos mientras se supone que “disfrutan de la feria”.

Lo dijo la propia presidenta de la FIL en una entrevista, la feria que ellos organizan es para «profesionales» ¿por qué seguir con el romanticismo de una feria organizada para los lectores? No es cierto que la FIL es un evento que aglomere a los lectores o busque crear un sociedad más cercana al libro, su papel es el de cimentar y reunir a la industria literaria para explotar el fenómeno como una estrategia de marketing tan efectiva que genere consumidores.

La FIL es un evento de élite; las masas que se aglomeran ahí, su carne de cañón. La Expo Guadalajara, lugar que alberga al evento, ya es rebasada en capacidad y sin embargo las editoriales persisten en que los libros a la venta sean los peores, los menos significativos, queremos a esas masas no para que lean, eso es lo de menos, lo que nos importa es que compren.

Año con año, al finalizar el evento los organizadores publican datos sobre la FIL Guadalajara, misma que genera una derrama económica muy importante en cuanto a la industria del turismo local –con base en datos de hoteles y restaurantes–. Más de 800 mil visitantes tuvo la feria este año y sin embargo en nivel educativo seguimos siendo un pésimo ejemplo.

Al mismo tiempo la feria sirve como preámbulo para saber qué tanto el mercado nos manipula como consumidores. No es nuevo que dentro de la FIL los precios de los libros sean inflados debido a los altos precios que los organizadores cobran para que las editoriales tengan un espacio durante los nueve días que dura el evento.

¿Esto puede ser considerado una feria para los lectores y la lectura? Es escandaloso como una universidad destina recursos millonarios para hacer posible esa feria y sin embargo los estudiantes de la misma no tienen acceso gratuito. Una feria del libro, además, ¿no debería fomentar la lectura a través de eventos públicos en cuyo final puedan otorgarse libros gratuitos o descargas para que así se distribuya el conocimiento? Al contrario, al final de cada presentación hay personal –de servicio social que no paga la feria y que utiliza la Universidad de Guadalajara– como vendedores de los libros presentados…más aún, si compras ese libro tienes la posibilidad de que tu autor te lo firme. La cadena mercadotécnica es enorme y la estrategia sumamente efectiva.

Claro que es una feria importante, claro que nos beneficia el que un evento pueda reunir algunos libros que no son fáciles de encontrar en la ciudad. Pero esa feria no es para lectores, no es para generarlos, es para producir consumidores de basura, no en balde la feria se ha montado en los llamados booktoubers o ha tenido a magnas estrellas literarias como Yordi Rosado y Yuya, con filas interminables que los esperan en la entrada del recinto ferial.

Por otro lado, esa misma universidad organiza eventos que son sólo para la «élite». Con eventos de alto costo y cuyas producciones no son accesibles para todos. Pero hay quienes argumentan que eso así debe ser, no toda la cultura es para todos. Dice Antonio Gramsci: “hay que perder la costumbre de concebir la cultura como saber enciclopédico (…) sólo sirve para producir desorientados, gente que se cree superior al resto de la humanidad”.

¿Tiene que estar la cultura supeditada al mercado y las élites? Claro que no. Pero es terrible ver como la cultura ha sido absorbida por la idea de que el cambio sistemático no es posible y que sólo en este sistema, el capitalista, se puede desarrollar una «cultura». Además de que por otro lado lo contestario a esa cultura oficial ha quedado desnuda, vacía, la ha consumido el imperio de la posmodernidad.

El estancamiento de lo contestario como formulación performativa llevó a que la cultura se haya cosificado como un ethos de aquello que busca solamente generar lo industrial producido para las masas.

En contraparte el producto artesanal, generado bajo demandas estilísticas clásicas de lo aburguesado, no hace sino remitir o devolver lo cultural como una forma inherente de las élites. Lo cultural es lo único que podría darle un sustento de superioridad a la burguesía. En cuanto sustento de lo docto, aquello que el dinero aparentemente no puede dar, la cultura se vuelve el telos de la burguesía.

Ahora, en ese contexto se le pretende dar una mayor posición a Raúl Padilla López, actual presidente de la Feria Internacional del Libro y del consejo del Corporativo de Empresas Universitarias de la Universidad de Guadalajara, como una figura importante de la cultura nacional. Sin embargo el fundamento cultural de Padilla López, más allá de lo que significa su pasado, representa una cultura sometida a la industria, una cultura que no busca crear sus propios caminos o trabajar en conjunto –como me parece que lo hace la Brigada para Leer en Libertad– sino como una forma sometida a la creación de consumidores de libros, no de lectores, y hay que entender la diferencia en ello.

Si ese es el futuro cultural que esperamos para México, si en ese contexto va a participar Padilla López, con recortes presupuestales en este ámbito y una administración que entrega por completo la sociedad al consumo y las empresas trasnacionales, entonces adelante, que la cultura en México se vaya al carajo. Porque nosotros como supuestos doctos nos quedaremos como espectadores, nuestra supuesta oposición a las formas institucionales, propio de la posmodernidad, nos impide reaccionar y accionar ante este tipo de problemas.