Por Guillermo Samperio

Es difícil definir si debe haber una relación entre narcóticos, drogas o sustancias que distorsionen el estadio normal del escritor, y su literatura. Tampoco si debe haber una conexión inevitable entre ambas partes. Asimismo no se puede plantear como una necesidad para crear. Pienso que es una determinación de cada creador y en especial de su circunstancia biológica. Hay escritores que con dos toques a un cigarro de marihuana se ponen muy mal y no pueden escribir ni un verso. Pero hay otros que lo pueden hacer y fumarse un toque entero (o medo kilo) y no les sucede nada y terminan un par de poemas o varios cuentos. Así que no puede crearse una mitología droga-creación literaria, aunque algunos “crean” y aún fundamenten una mitología de ese tipo.

De lo que se puede hablar es de ciertas experiencias, aisladas, que hemos tenido algunos escritores entre drogas/narcóticos y creación literaria y de eso hablaré yo que he tenido una corta y una larga experiencias del vínculo entre marihuana y literatura más algunas aisladas con LSD y hongos.

Aunque de los 20 a los 32 años fumé marihuana casi de manera cotidiana, sólo en una ocasión me introduje a escribir un cuento estando pacheco. Me llevaría unas tres horas y, al terminarlo y releerlo, me pareció maravilloso; el tema era el de un incesto. Al día siguiente, en mis 6 sentidos, lo releí y me di cuenta de que era un galimatías. Al haberlo leído la noche anterior y haberme parecido excelente no era más que el resultado propio de la mota. Me dije, entonces, que la droga no me iba a ganar y como me he empeñado en corregir mis textos al extremo máximo, vicioso, me puse a hacerlo y luego de dos días (dedicándole algunas horas cada día) por fin obtuve el cuento. Se titula “Tomando vuelo” y quedó suelto entre mi primer y segundo libro de cuentos y está publicado en Cuentos reunidos de Alfaguara (2006), libro que incluye todos mi cuentos hasta 2006. Creo que una plaqueta de la Universidad Veracruzana, con el título del cuento, se publicó por allí del ’75. Lo que a uno como escritor le queda detrás, una vez publicado el texto y todavía titulando con él un libro resulta una especie de chocarrería.

Por otro lado, mis experiencias con hongos alucinógenos y LSD no me dejaron experiencias que no hubieran sido ya escritas por la ciencia ficción o la literatura fantástica y que resultaran elementales como levitar hacia la luna y a medio camino descender, ir en un tranvía que se convirtió en nave espacial que llegó a la luna y regresó a la Tierra a gran velocidad y al notar yo que iba a estrellarse contra el mar y casi a punto del encontronazo, elevarse rozando el agua verdeazul, me sentí salvado; o los franjas de colores de las luces, etcétera. Que los pies se me hundieran en el pavimento como si éste fuera lodo, o en la oscuridad no distinguir los rasgos de la cara de mis amigos y mirar sólo una cabeza sin facciones, un borrón de carne.

Donde creo que la droga me ha sido gratificante en lo literario es en una novela que escribí estando casi de forma permanente marihuana hará unos 15 años. La escritura me llevó dos años y mi psiquíatra decía que yo vivía de forma permanente deprimido, pero la verdad yo no le creía; de que la temática avanzaba hacia lo depresivo y el manejo de su poética lo mismo, no quería decir que la novela me fuera a aniquilar: el escritor resiste esos leñazos y tales puntapiés de sus creaciones y alguno más fuerte: el descuadre de sus emociones.

De momento, empecé a percibir que quien se encontraba deprimido era el doctor y que me estaba transfiriendo su problemática como él hubiera dicho ; ya había tenido un ataque al corazón, salió vivo y debía seguir toda una serie de reglas, desde alimentarias hasta físicas, para evitar el segundo y, si mal le iba, fuera el definitivo (q.d.p).

Terminé la novela, o pensé que la había terminado al leerla en mis 5 sentidos y la dejé descansar. Por lo regular, dejo descansar una novela algo así de 4 a 6 años; luego la retomo y la reelaboro en todo lo necesario, le hago los cambios pertinentes. La que comento (guardada como 15 años) se encuentra terminada; dudo todavía del título, pero dedicándole unos 6 meses queda por fin. Los dos personajes que pensé que resolverían la novela se rezagaron en el camino y la resuelven otros dos, aunque uno de los primeros es detonante para la historia. La cierra un personaje que durante la narración parece lateral, pero es el que ha estado observando a todo mundo y por ello la novela le concede la necesidad de cerrar el texto. Se van combinando capítulos intercalados donde aparecen unos 12 personajes, con otros capítulos, también intercalados, donde una voz que no se sabe de quién es va hablando de mil y una cosas que, poco a poco, van encajando con la psicología, el carácter o las acciones de los otros personajes.

La he guardado (así preservo mis libros acabados) porque nunca, en ningún momento, con drogas o sin drogas, he tenido prisa en publicar; la celeridad por verse en letras de imprenta atenta contra el texto en turno y, a no muy largo plazo, contra el autor.


*Texto publicado originalmente en la edición impresa #30: Populacho (Mayo, 2012).