Por Mauricio Bares

I. Las niñas, las señoras y las putas

En plena oscuridad su acento no dejaba dudas: eran ingleses. Ambos vestían de traje, con la sobriedad del hombre de negocios. Pero venían en un pesero. Ahorraré sus comentarios para no ser tachado de cómplice. Sólo diré que coincidieron entre sí acerca de la conveniencia de tener un transporte de este tipo (mediano y relativamente veloz comparado con los voluminosos doble-piso) en la problemática ciudad de Londres. Me dio franca risa al imaginar a nuestro chofer con sus Bukis a todo volumen en las bocinas, violando las recatadas reglas del tránsito británico, yendo de un carril a otro, rebasando sin direccionales y por el carril de baja, enloquecido al verse obligado a conducir en sentido inverso y con los faros apagados. Pobres caballeros ingleses, no sabían lo que decían. Demasiado largos para los estrechos asientos, demasiado altos para los bajos toldos, demasiado rubios para sus morenos compañeros de viaje, observaron algunas mujeres y opinaron con su característico humor frío acerca de la belleza autóctona. Y descendieron junto a gran parte de los viajeros cerca del Monumento a la Madre, no sin antes repegárseles a dos nativas rellenitas.

De acuerdo. Todos sabemos que la vida se reduce a un trozo de mierda para el noventa por ciento de mis compatriotas, pero eso no me hace quererlos, tampoco compadecerlos, ni a ellos ni al diez por ciento restante. Mucho menos puede gustarme que hacia final del día una gorda frote sus tetas sudorosas sobre mi espalda y que la mitad de los burócratas me pise con sus zapatos baratos y que el pesero me zarandee a un ritmo, ahora, tropical.

El pesero se detiene en una esquina más adelante y no sucede nada. No suben, no bajan, nada. Todo parece indicar que el chofer sólo recurrió al punto muerto para cambiar la estación de radio. El público, es decir, los usuarios, se impacientan, se quejan, pero sólo silenciosamente. Un susurro en la oscuridad. De pronto, por fin, entre la penumbra aparece una cabecita blanca que logra escalar el segundo peldaño. Otra mujer, otra desconocida menos vieja la ayuda a subir desde el interior del pesero. El chofer no mueve un dedo más que para sintonizar la radio. Una vez que la anciana está con nosotros, el pesero sigue estacionado. Ahora, a causa de la mala sintonía, suenan los Beat-less mezclados con los Corraleros del Majaguar. Con parsimonia hace su aparición una segunda cabecita blanca, lenta pero segura. No puedo evitar sentirme como en un programa de concursos y me descubro a punto de aplaudir. Sin embargo un violento arrancón me fuerza a agarrarme del tubo y apenas alcanzo a ver a mis abuelitas volando hasta caer sobre los usuarios sentados más próximos a ellas; éstos, cuando al fin se recuperan de la inercia del arrancón, se quitan al par de ancianas de encima, les ayudan a ponerse en pie, muy caballerosos les acomodan las enaguas, les echan nuevamente el chal sobre la espalda, pero no les ceden el asiento.

Por fortuna yo encuentro un asiento vacío y corro decidido hacia él. Al llegar al cruce de Insurgentes y Reforma sube un poco más de gente, pero el trayecto, ya sentado, promete ser agradable.

No es así. Una joven mujer de baja estatura con unos tacones increíbles se las ingenia para subir y abrirse paso llevando a cuestas un bolso y una maleta para ropa infantil. De la mano, por delante de sí, empuja a una niña. Y en brazos trae a un niño que no debería estar allí; es decir, un niño que a todas luces no debió nacer, pero ya que es un hecho irrefutable, ya que está aquí entre nosotros, no debería venir en brazos, está en perfecta edad para caminar. Mujer, cría niñitos mexicanos y te sacarán los ojos, le digo, pero ella no me escucha, sólo tararea la canción ranchera que sale de las bocinas. La niña viene adormilada y escoge plantarse a un lado de mí. Después de ocho horas intentando enseñar el verbo to be a varias veintenas de haraganes, traigo los dedos cuarteados por el gis, mis pies están a punto de reventar los zapatos y éstos, en venganza, vienen torturándome los callos. Sólo soy un pendejo ansioso por llegar a casa, encender la tele y frotarme mientras las chicas en minifalda anuncian todo tipo de productos a precios muy módicos para alguien que no soy yo.

No me hallo dispuesto a levantarme. La niña está a punto de quedarse dormida y temo que en cualquier momento me caiga encima. O me dé un cabezazo. O me babee. Su hermanito, en cambio, se halla bien despierto. Lo suficiente como para hacer un berrinche y jalarle el pelo a su pinche madre y asestar una involuntaria patada en la cabeza de su hermana, con unos zapatos que en realidad parecen tanques a escala. La niña, luego del zapatazo, despierta de súbito y amenaza con llorar, pero vuelve a cabecear en franca somnolencia. Te lo dije, mujer, insisto, pero ella insiste en no escuchar. Su vida, fácil de adivinar, pasa aburridamente frente a mis ojos. La veo con el suéter de la secundaria arremangado, mordiendo una jícama con limón y mucho chile piquín. La veo fajando en un callejón oscuro escuchando promesas de mongol, la veo embarazándose en un parque, la veo con una patada en el culo y estos dos engendros como testimonios del verdadero y tierno significado del amor. A todo esto, su hija prefiere dormir: ya le llegará el día… De momento, a la altura del metro Insurgentes, el chofer considera que el interior del pesero requiere de iluminación para sosegar las ansias por lo ilícito. Sin embargo, lo ilícito no se hace esperar… Una puta sube al pesero. Va al trabajo como cualquier otra persona? O será que ya, de hecho, viene trabajando? Un murmullo de asombro recorre el pesero. Parece como si el chofer hubiera encendido las luces para enfatizar su entrada.

No cabe duda que entre las mujeres, como entre las naciones, el respeto al maquillaje ajeno es la paz. El maquillaje marca el escalafón. En muchos casos es imposible distinguir entre las sirvientas y las amas de casa, pero un poco de maquillaje es lo único que, a su vez, diferencia a las sirvientas de las secretarias. Y es el exceso de la misma marca de maquillaje lo que divide a las secretarias de las putas… Pero se trata sólo de maquillaje? Será que en el fondo hay lo mismo?… Es importante porque en este momento un hombre se levanta y cede el asiento a la galante, no a las señoras con cabecita blanca que cargan tres bolsas del Superama, ni a la madre soltera ni a la hija que viene roncando a mi lado. No, señor, lo cede a la puta. O es una secretaria excesiva?… No. Es una puta… Ésta es la cuarta o quinta vez que nos encontramos en el pesero. Éste es su trayecto rumbo al trabajo fecundo y creador. Se bajará en Insurgentes esquina con Viaducto. Se instalará a un lado de la parada del camión, lo suficientemente lejos como para no mezclarse con las señoras y señoritas decentes que enfilan rumbo al hogar, pero lo suficientemente cerca como para establecer el parentesco, allí, a un lado, como una hija malcriada a quien, a nivel maquillaje, se puede vituperar, pero a quien, en el fondo, sus hermanas no pueden reprocharle nada.

II. Paraguas a bordo

Se besan como si fuera la última noche que tienen bocas, lo cual me parece francamente repugnante, pornográfico. No por la lengua; por la cercanía. De acuerdo: ellos encontraron vacíos los asientos delante del mío. Y de acuerdo: yo me podía ir a chingar a mi madre a pie, no en pesero. Pero pagué mi tarifa completa (esta vez no hice trampa), subí antes que ellos, y además me senté primero.

Un poco de atmósfera: las ventilas vienen inteligentemente abiertas: de este modo no moriremos asfixiados por nuestro propio bióxido de carbono sino intoxicados por las bocanadas de smog mezcladas con ese punzante tufo a benzina que emite la mayoría de los peseros. Las lenguas frente a mi asiento persisten en su lenguaje de chasquidos. El asco se regocija en mi esófago.

Por supuesto que puedo reclamarles, pero cada vez que reúno el aliento necesario y aprieto los puños para proponerles que pospongan su espectáculo, mi lengua se vuelve tan pesada como un trozo de chuleta ahumada, los labios como de plastilina, mi cerebro se derrite. Expelo el aire contenido (si se le puede llamar aire). Más que aire lo que necesito es valor… Eso es todo… Pero cómo puedo atreverme a hacer algo tan ridículo? No me doy cuenta, imbécil, de que todos los hombres y mujeres que me rodean, si no vienen haciendo lo mismo, lo desean? Con el fino oído de los desquiciados, pobre Poe, escucho su bufido amortiguado de espectadores públicos, la saliva aglutinándoseles en las gargantas, el temblor en las rodillas. Veo las frentes húmedas, los ojillos roedores.

No. No es cuestión de valor. Se precisa ser un poco idiota para reclamarle a la pareja bajo el riesgo de ser linchado por la masa silenciosa y anhelante. Y para mártir no nací.

Imposible dudar que en un pesero existe mayor intimidad que en una alcoba matrimonial. Y de nuevo, no es natural que toda esta gente tolere tanta convivencia si duermen pierna a pierna en cuartuchos de seis en seis? El pesero es eso: una extensión de la recámara. Si lo expresáramos con una fórmula de química civil, un pesero sería: recámara + anonimato. No todos ellos se aglutinan frente al televisor a observar en silencio escenas pornográficas como ésta? No parece como si de algún modo alguien hubiera puesto frente a mí una televisión de carne y hueso?… Lo cierto es que no han bastado diez años de vivir aislado para librarme de esto. Ocurre contra mi voluntad. Es una violación a los ojos.

Así que me levanto. Y con las ideas zarandeándose dentro de mi cráneo al tiempo en que el pesero me zarandea a mí, pienso que el ruido elemental escupido por las bocinas no es una ambientación musical, sino una franca violación a los oídos. Por qué no puedo tener escapatoria? Por qué debo escuchar lo que ellos eligen? Y por qué deben elegir ellos por mí? De hecho, quiénes son ellos?… Los walkman solucionan el problema de un modo parcial, muy limitado. Allí tenemos el mejor ejemplo: un jovenazo con sus audífonos a un volumen desgarrador. Sólo así puede imponerse al gusto del chofer. Pero aun junto al escándalo del aparato del pesero (quién en su sano juicio puede escuchar a Vicente Fernández a todo el cabrón volumen?, es una prueba más de que vivimos en un país de desquiciados), junto al escándalo del charro infame, los pasajeros escuchamos lo que el joven de los audífonos escucha: heavy nopal. Además tararea la canción casi a gritos. No sólo se autoviola felizmente: nos lo comparte.

Así que me han violado los ojos y los oídos. Ya nadie se respeta. En este mismo instante, entre codazos y taconazos, existen dos mundos, dos mundos extremos pero unidos como siameses irremediables: el mundo de las apariencias (los rostros inmutables de viejos ídolos, de piedra) y el subterráneo (las manos ansiosas por alcanzar una nalga o una cartera abultadas, carne y dinero, abundancia instantánea), manos yendo y viniendo por debajo de la superficie pétrea, entrando y saliendo. Violar, violar, violar. Qué otra cosa son el smog y esta pinche punzada de benzina?, un premio al olfato?, una recompensa?, un obsequio? Son una violación por la nariz, una cosa que se creía imposible! Vivo en un país que no entiende el respeto, que se viola a sí mismo todo el tiempo. Y por hocicón —aunque no he dicho nada en voz alta—siento que algo terrible me invade. Muy duro para dedo, inflexible. De repente me doy cuenta del lío en que me encuentro. El espacio no da para más. Imposible escapar de mi súbito visitante. Imposible reclamar a viva voz que tengo un huésped en el yo-yo. Es ridículo, pero es real. Sencillamente no tengo escapatoria, ni a la izquierda ni a la derecha. Tampoco hacia el frente, a menos de hacer el trenecito con la compatriota delante de mí. Y, vaya, para atrás no quiero ni pensarlo.

Tan apretados vamos y tan ensartado estoy que no puedo ni girar el cuello. Por el rabillo del ojo (y conste que me cuesta muchísimo decir rabillo) veo que se trata de una dama. Ni joven ni vieja, ni fea ni bonita, ni gorda ni flaca, pero con un paraguas duro y decidido. Trato de hacerle un gesto para no delatarme, alguna señal, pero el zarandeo viene a todo dar: en medio de este festival de mudos (donde manos entran y manos salen de la intimidad de otros pasajeros) el paraguas va y viene con determinación. Si esto continúa dos segundos más, terminaré escribiéndole poemas al paraguas; de hecho ya vengo ajustando las estrofas que José José canta en la radio: Gavilán o Paraguas. Pobre tonto, ingenuo charlatán, recibí paraguas por querer ser gavilán. Por supuesto que sólo a mí se me ocurre preguntar qué carajos hace un paraguas por aquí, si no ha llovido en días.

A estas alturas, el olor a gasolina y humo junto a la sinfonía de tránsito y cláxons y José José crecen hasta lo intolerable. Pido disculpas en secreto porque el único modo de hacerle ver mi predicamento a su involuntaria causante es asestarle un leve codazo en la teta. “Señorita…”, digo apretando los dientes y torciendo el cuello hasta donde me es posible, “su paraguas”. “Ay, disculpe señor…”, escucho mientras ella remueve el instrumento tratando de retirarlo de mi persona. Cuando creo que estoy a punto de ser liberado, un fatídico enfrenón hace que la punta del paraguas llegue hasta mi más íntimo secreto. En vez de un alarido de dolor sólo expelo un lamento ahogado, resignado: he dejado mi virginidad atrás.

Cuando todo se restablece después del enfrenón, siento que el paraguas me abandona, como si se retirara satisfecho por cumplir un cometido. Algunos pasajeros descienden, así que con un mayor espacio puedo mirar a la dama detrás de mí con un gesto enfadado, pero que sólo quiere decirle: no se preocupe, esto tenía que sucederme tarde o temprano, aquí me tocó vivir.

III. El ángel de su independencia

Es un ángel. Desde el asiento trasero, despierto por un involuntario cabezazo contra la ventana y la veo de pie, a medio pasillo, agarrada con ambas manos al tubo del asiento frente a sí.

Me froto los ojos pero sólo empeoro la nube que los empaña.

Entre mis nubes, su vestido verde suave, su suéter de estambre tejido en blanco, su pelo limpio y bien peinado, y el sol de las cuatro iluminando su piel clara y sus ojos verdes, la hacen una imagen celestial, del cielo según Europa.

Si Dios existe, él la envió.

Porque simplemente no existen ángeles con tacones altos. O pantimedias. O maquillaje. Trae zapatos, la cara limpia. Como todos los ángeles. No necesita de tretas baratas como traer las tetas al aire,  al igual que el ángel de la independencia.

Gracias a ella, el tránsito viene ligero sobre Reforma, el día es lindo. Gracias a ella no hay música en el pesero. Gracias a ella, la vulgaridad se lava. Qué hermoso es despertar así, con la visión de un ángel. Un ángel que lo irradia todo.

Por mi parte, no puedo venir contento puesto que nunca lo estoy, pero me sentiría casi feliz si ella, el ángel, desapareciera cuanto antes: detesto a los ángeles.

A través de la ventana, la misma donde me asesté el cabezazo, no veo más ángeles, sólo paisanos, con su paso pausado, pesado, arropados con indumentaria simple pero adornados con los símbolos invisibles de una cultura rara, elusiva, desperdiciada. Los veo como fantasmas con peso específico, personajes extirpados de alguna obra de ficción, que al verse fuera de la lógica y la tensión de lo ficticio, deambulan sin dirección ni propósito. Desde la Biblia hasta el Libro Vaquero. Veo hombres salidos de las páginas inauditas del Chulas y Divertidas, sólo que sin chulas ni divertidas, porque las mujeres, las reales, parecen trazadas por la pluma malva de Yolanda Vargas Dulché. Su realidad es vivir su irrealidad.

Las ventanas de un pesero, como pantallas de un televisor aburrido, muestran un programa de permanencia involuntaria, sin disco de canales ni botón de apagado.

Hacia el interior, el número de pasajeros ha aumentado, la neblina se ha disipado de mi vista y los rayos del sol esplenden (pero sólo si esa palabra existe).

En un alto se sube un chavillo con facha de maleante. Comienza una perorata desteñida a causa de la insistente repetición: “Estimados pasajeros, señores y señoritas, espero me disculpen…”, y mientras recita la cantaleta, va arrojando al regazo de los pasajeros unas paletillas de cajeta que extrae de una bolsa mugrosa, “…pero ayer salí de la correccional para menores y prefiero molestarles vendiendo estas paletas que subiendo a este pesero a robar…”. Toca mi turno, la paleta cae sobre mis muslos (por algún motivo, me siento ofendido) y el muchacho sigue hasta el fondo del transporte. Regresa al principio y, aunque algunos voluntarios le van comprando la paleta en diversos precios, la mayoría opta por devolverla; cuando le acerco la mía, me cuestiona:

—No compra? —suena desilusionado, pero su tono oculta un reclamo, de hecho no toma la paleta.

—No —insisto sacudiendo la paleta en el aire.

—No compra?! —grita con voz estentórea y entonces siento como si me estuviera pisando el callo del dedo chiquito. Le digo que no y me increpa si no traigo un peso para comprarle.

—Yo tampoco tengo nada, me da igual si te subes a vender o a robar.

Meto la paleta en su bolsa percudida. El muchacho continúa su marcha y baja del pesero mientras yo gozo de mis quince segundos de fama involuntaria, resaltada por las miradas furtivas de reproche o de mero morbo.

Después de un rato, veo que el ángel sigue ahí, con todo su fulgor. Pero ahora tiene atrás a un mexicano. Suena feo, pero no me lo voy a callar. Por culpa del vestido holgado yo no había percibido que el ángel, aunque sin alas, tiene un trasero rellenito y respingón, como si estuviera en oferta. Ahora puedo constatarlo porque la mano de nuestro paisano lo recorre con cierto descaro. Varios pasajeros lo notan pero nadie dice nada… Y el que calla, otorga.

Quien ha viajado un mínimo de veinte años en camiones y peseros, seguro sabe que el truco consiste en cargar un suéter (o algo similar) sobre uno de los antebrazos, de modo que encubra lo que la mano laboriosa realiza. Pero ese truco no resulta desde mi perspectiva. Con su trampa al descubierto, el resto del montaje pierde su efecto, como su rostro inexpresivo, donde apenas se distingue —entre los rasgos de la máscara pétrea—la imposición de la naturalidad, de la inocencia.

Durante una fracción de segundo, la historia completa de mi infancia se apodera de mis decisiones y me empuja a ponerme de pie, a vestirme de héroe, a resarcir mi mala fama. Se me ocurre que puedo fingir la necesidad de pasar por allí, obligarlo a él a alejarse —con permiso, compadrito— y ocupar su lugar atrás atrás del ángel. No, es una broma. Preguntarle al tipo si “ya casi llegamos al centro”, por ejemplo. Algo que llame la atención sin correr riesgos. Pero al darme cuenta de lo ridículo que me veo ahí, de pie, sin actuar ni bajar ni dejar pasar, vuelvo a sentarme. Si la historia de mi infancia me empujó al heroísmo, las decepciones de mi adolescencia me sentaron de un puñetazo. Qué pretencioso el querer cambiar la historia, la cultura y la economía política de todo un país en un triste pesero.

Y cuando digo “economía política” no hago referencia a Karl Marx, lo digo para dar pie al trabajo completo que el mexicano ejerce ahora sobre el ángel de su independencia personal suya de él: le abre un pequeño bolso —del que yo no me había percatado— siempre cubriéndose con el suéter sobre el brazo.

Todo un curso de economía política del pesero.

IV. Guárdame esta navajita

Nunca he podido pronunciar correctamente los nombres indígenas, así diré que este pesero viene de un lugar con nombre local, pero va rumbo a la basílica, como Dios manda. Aprovechando que medio México parece venir aquí dentro, bien podemos evangelizarnos todos de una buena vez.

Pero para ser francos —en un país donde la franqueza no cunde— dirigirnos a la casa de Dios y de nuestra Virgen Morena no ofrece garantías adicionales: este calorón infernal a medio día, este retacamiento, este aire sólido y sucio y seco, este maldito olor a gasolina en espera del menor chispazo, este modo circense de moverse entre el flujo caótico de vehículos veloces, las señoras babosas que cruzan la calle con todo y chamacos sin mirar al semáforo ni calcular las distancias, la edad del chofer, su escolaridad, todo nos pone más cerca de Tezcatlipoca (el dios maldito del humo, del espejo y la malaventura) que de Jesús.

En México, Dios y Jesús, aparte de ser divinos, han sido creados a imagen y semejanza de señores como cualquier otro: lo poseen todo, lo pueden todo, hacen como que trabajan —siempre tienen un buen pretexto para no hacerlo—, abusan de su poder, en fin, lo habitual en esas latitudes. Por eso ahora no hay quien nos resguarde del pendejete de diecisiete años que lleva el volante en sus manos además de nuestras tristes existencias.

Si Dios trabajara como Dios manda, aprovecharía cualquier luz roja para desaparecerle piernas y brazos al chofer de modo que pudiéramos arrojar por la puerta al bodoque restante y escogerle un sustituto mientras se pone el siga. Pero los mexicanos tenemos tan mala suerte, que Dios sería capaz de desaparecerle las extremidades a este cabrón justo al cruzar alguna esquina peligrosa. Juro por Dios que si supiera náhuatl le rezaría a alguna otra deidad. A Tonantzin en vez de a Guadalupe. Pensándolo bien, rezarle a un Dios indio podría resultar más efectivo, pero el sacrificio del chofer debería realizarse como ritual ortodoxo, a la vieja usanza, requiriendo sacerdotes para el arrancadero de piernas y partes. Sangre, nervios, venas, pedacitos de carne y brazos repartidos entre los pasajeros y embarrados en las ventanas. Todo un festín. Aun así, yo llegaría tarde al trabajo, pues pocos valientes se atreverían a proponerse como voluntarios para sustituir al chofer despedazado.

Como fuera, me parece inconcebible que los agasajados con el imaginario festín serían estos mismos compatriotas tan serios y callados, tan decentitos (por qué demonios no abren sus ventilas?). Es arriesgado suponer que se regocijarían ante tal despliegue de saña —al igual que sus bisabuelos remotos— si ahora lucen como competidores para el premio al Mártir del Año (a menos de que ambos comportamientos estén íntimamente relacionados y yo sea el único idiota que no se ha dado cuenta).

De momento es preciso apuntar que, en efecto, soy el único que no arrastra su costal de tragedias por todas partes, bajo la filosofía de dejarlo guardadito en el clóset: no cargar mi corona de espinas parece incomodarle mucho a mis coterráneos y consanguíneos. (Por encima de sus cabezas veo el cuerpo sangrante de nuestro señor Jesucristo con un letrero que lee: Dios me guía, justo arriba del asiento del chofer, lo cual nos obliga a olvidar que hace tres minutos pudimos atropellar un niño que no habría tenido más remedio que estallar y quedar embarrado sobre el pavimento.)

Gracias a mi asiento —casi hasta atrás y pegado a la ventana derecha— evito sentirme parte de este auténtico embutido humano, producto nacional. La ventana me ofrece cierta panorámica, un escape. Pero, para contradecirme, el chofer aprovecha para escurrirse por el carril de baja hacia un espacio donde el pesero, teóricamente, no tiene cabida. De hecho, las llantas del lado derecho trepan un poco a la banqueta. La amplia perspectiva de la ventana desaparece: quedo a un lado (casi dentro) de un puesto de periódicos, rodeado de tetas y culos al descubierto, de futbolistas tan millonarios como mediocres, y de actricitas que certifican su virginidad enseñándonos media cola: más pechos, más nalgas, sexo casi explícito en un país sin sexo, sexo hipócrita, país tan religioso; más acá, los trozos sueltos de lo que fue un mexicano aparecen en un charco de sangre mexicana (salsa mexicana?) con todo color y a ocho columnas en la primera plana de un periódico que sólo puede ser mexicano. Me pongo de pie y, tras abrir la ventila, lo robo. Curiosamente, por la misma ventila, se cuela para invadirnos el aroma fragoroso de los tacos de ojo, de cachete, de lengua, de buche, oreja, nana, nenepil, trompa, cabeza, cola, todo en partes como el mexicano en su salsa. Increíble que mis consanguíneos sean tan sanguinarios: seguramente lo llevamos en la sangre.

—Pásele para atraaaás, por favooor, atrás hay lugaaaar— exige el chofer adolescente con un tono que ya me tiene francamente hasta la madre. En verdad deseo descuartizarlo y ofrecérselo a Tonatiuh (un amigo mío que hace cine).

Saco un cuaderno y anoto algunas impresiones. Mi vecino de asiento, un gordo sudoroso y bufante, se asoma a mis notas y pone tamaña cara de fuchi. Ignoro si es por la letra o por lo que dicen las letras, y de pronto siento deseos de explicarle que me interesa escribir sobre mi país, pero que quiero echar un buen vistazo a aquellos rasgos que hábilmente hemos escondido para nosotros mismos. Aquello que todos hacemos, pero que nadie quiere aceptar. Aquello que todos queremos decir, pero que todos se callan. Mejor aún, aquello que realmente somos pero que todos han decidido ignorar, menos yo… De pronto escucho que el gordo grita:

—Abusado, mi cuate, te están sacando la cartera! —alertando a un pasajero que viene de pie, junto a él. Recuerdan el truco del suéter? Efectivamente, inclino la cabeza y veo la mano de un carterista cubierta por un suéter descansando sobre su antebrazo; veo también media cartera asomando por el bolsillo trasero del asaltado. Veo cómo la cartera sale de un último tirón. Veo cómo otro pasajero se inclina delicadamente sobre el gordo alertador y le dice:

—Un recuerdito, carnal —y le pasa su mano por la cara, como acariciándolo. En efecto, se trata de una caricia de Tezcatlipoca. La sangre brota de la mejilla del gordo, quien es el último en enterarse. La gente se apiña en todas direcciones tratando de alejarse de la escena. Los codazos no se hacen esperar. Nadie sabe quiénes son los asaltantes ni cuántos son: no se puede confiar en nadie. Desde algún otro lugar del pesero alguien grita que también a él le robaron su cartera. Una mujer revisa rápidamente un navajazo en su bolso y prefiere callar. El gordo aúlla al ver la inaudita cantidad de sangre que escurre por su mano y sus ropas. El asaltado cercano a él gira para tratar de recuperar su cartera pero el asaltante lo sujeta por detrás y lo empuja hacia la puerta delantera, como rehén. De pronto el asaltado grita lleno de pavor:

—Auxilio, me están picando, ayúdenme por favor!

El otro asaltante se abre paso hacia la puerta trasera amenazando a los pasajeros con una gillette entre los dedos. Nadie trata de detenerlo pero es tanta la densidad de población que el cabrón no encuentra escape. La gente grita. El chofer acelera por el carril de alta, escurriéndose como víbora entre los coches. Una mujer alerta que el chofer debe de estar de acuerdo con los ladrones. Cuando el asaltante llega con su rehén hasta la puerta, le ordena al chofer que lo deje bajar. Desciende sin esperar a su colega. Y tan pronto como esto sucede, el asaltante camina con su rehén, por la banqueta, en sentido inverso a la circulación. El rehén lleva una mueca de pavor pero no puede hacer nada: lleva medio picahielos dentro del riñón. De pronto el asaltante se da a la fuga, dejando a su víctima con la estocada dentro.

Volvemos a ponernos en marcha pero nos detenemos con brusquedad. Al parecer algunos pasajeros están madreando al chofer. El chofer, casi un niño, jura ser inocente y, sin embargo, los gritos, los golpes en seco, los tirones, las monedas regándose sobre el suelo, todo indica que esto no es literatura, que en verdad lo van a descuartizar. Ahora no sé si debo defenderlo. En vía de mientras, algunos pasajeros amagan al segundo asaltante, quien ahora hace notoria otra navaja además de la gillete. Lo hacen retroceder. Como yo no me afeité y se me ha hecho tardísimo para trabajar, decido lanzarme contra el asaltante. Dada mi posición y la velocidad del ataque me resulta fácil inutilizarle la mano de la navaja, pero con la gillette le raja toda la madre a mi brazo derecho. Otros pasajeros se suman al ataque. Alguien, por fin, ha detenido una patrulla. Los policías ponen todo en calma.

Descendemos del pesero cubriéndonos las espaldas. Quedamos a merced de un furioso Tonatiuh (no mi amigo). Una mujer, presa de la histeria, se lanza de uñas contra los ojos del asaltante. Alguien la detiene después de los primeros arañazos. Un pelotón de curiosos nos examina: parecen expertos, profesionales, rápidos y eficientes: parecen estar siempre detrás de los policías, al acecho, listos para entrar en acción. Y todo por un par de carteras empobrecidas. En este instante me percato de que estoy cubierto de sangre, nuestra sangre. El pantalón verde-patria, la camisa blanca entintada. El rojo de la sangre caliente traspasa las telas y enfría mi piel. Casi puedo olerla. Me alejo a traspiés y detengo un taxi. No sé qué decirle, cómo explicarle. Ahora a dónde voy.


* Tomado del libro Ya no quiero ser mexicano, 2ª ed., Nitro/Press, 2011.