Por Édgar Pérez

Te vas a embarrar, pensé cuando mi hermano me invitó. Hasta entonces esa ciudad frontera sólo significaba el lugar privilegiado del país donde tocaron Misfits y Ramones. Recordé que Luigi radicaba en Los Ángeles haciéndole a la industria del video home latino y engatusando a quien se deja, lo que es su verdadero oficio. Acordamos que cruzaría la línea y nos encontraríamos en Tíyei. Lui siempre trae alta tensión y su energía debe salir disparada de algún modo, destruyendo inevitablemente algo, desestabilizando una situación o desquiciando a alguien.

El avión descendió y en mi ventanilla apareció una sucesión de lomas sembradas de caseríos paupérrimos. Luego los barrotes de la mítica línea fronteriza hicieron efecto de carrete de cine, como si el mecanismo imaginario abriera el mar Pacífico ante el horizonte. Mi carnal tenía un departamento en Playas, elegante y todo.

Aquel día bebimos las primeras chelas en la famosa avenida Revolución, aquí les dicen “cheves”, corrigió. Desde el primer contacto Tijuana se me reveló como un producto de cine nacional serie B. Soy aficionado a esa estética crocante del mal gusto, al efectismo involuntario, a la unidad dislocada y el improviso particular del género chafa. No es que Tijuana lo sea, sino que da la impresión de estar confeccionada de disonancias, de retazos. De inmediato sentí un aire como del viejo Oeste, que aquí nadie sabe quién es quién, a ver quién desenfunda primero.

Para cuando Lui llegó, de mi parte ya había bailado algunas con Tijuana. Quedé tirado en un lote baldío entre cenizas de lo que fue una quema de terreno. Antes fui incapaz de enunciar al taxista a dónde iba, de tan ahogado en alcohol que me puse en la Revu. No llegué a casa en dos días luego de una discusión con mi carnal en la cantina Los Remedios, porque mi arrogancia es grande cuando la gente no me reconoce como rey. Rodé por el Dandy del Sur, por el Zacazonapan (que es como una película de pandillas) y el Adelita´s, justo los sitios que me fueron proscritos, porque en aquellos días Tijuana era demasiado insegura por las guerras de cárteles a bota fogo.

Me quedé con la llave del departamento y mi carnal tuvo que abrir la puerta a patadas (luego hizo de ello un deporte), dormimos con la puerta abierta como tres noches. Luego nos reconciliamos con un abrazo y al otro día él fue a San Diego por una tabla de surf para iniciarnos en el agua. Qué pedo, se justificó ante mi incredulidad, cualquier cabrón surfea. Y concluimos solicitando un par de bandidas a domicilio; una de ellas traía pistola para cuidarse en esta jungla fronteriza llamada Tijuana. En fin, que cómo se me presentaba Tijuana a esas alturas. Como una tanda de olones turbulentos que te caen encima uno tras otro sin dejarte sobreponer y que te cimbran el esqueletito tierno con que te sueñas invencible, al menos, que vas a aguantar la verga.

Y aquí venía el otro chingadazo. Luigi rentó un ocho cilindros y se descolgó desde California. Cuando alcanzó Playas recibí su llamada. ¡¿Qué acción, qué acción, qué acción, qué accioncita?! Parecía que venían correteándolo. Le di las señales para llegar. Subió al departamento y nos encontramos luego de varios años. Pegó un aullido de lobo. Nos dimos un gran abrazo entre carcajadas inexplicables. Luego saludó a mi carnal y a mi jefe con la misma explosión efusiva (por aquellos días el viejo había llegado para reunirse con sus hijos en la frontera), de inmediato Gino (apócope de Luigino) dejó sentir su telurismo, se bebió tres cheves al hilo, preguntó a mi carnal si no tenía algo de cois, como si pidiera sal y limón, pero advirtió que era broma, y empezó remover las cosas lisonjeando y reventando historias aquí allá y hablando en dólares.

Papá le preguntó que cómo se sentía (en el fondo) y Luigi escupió que muy mal, que tenía ganas de desmadrarse en ese coche de señora que había rentado barato, era una de esas lanchas como la de Nick Nolte en la peli 48 horas. Por eso vine, apuntó. Pero se lo tomamos como el efecto de su pasión habitual. Todo indicaba que pretendía ordeñar la industria musical grupera de Los Ángeles pero las cosas no estaban saliéndole al dente; luego una argentina a quien se llevó a vivir a su casa le robó los muebles durante una ausencia prolongada; encima el pinche gordo del Yanni, su hermano, se la pasaba marihuano y jugando pleysteishon todo el día y así no podía administrar un negocito de servicio a domicilio que montaron para que hiciera algo productivo en su vida de valeverguismo profesional.

En la noche nos largamos a la calle. Íbamos por la avenida principal de Playas. El buen chulo venía embaucándome con que ya tenía título para su ópera prima, se llamaría “Decúbito dorsal”, y quería trabajar el guión conmigo. Había una secuencia inspirada en un pasaje conmovedor de mi infancia que le confesé al final de una briaga en Acapulco, según me recordó. En un semáforo en rojo quedamos emparejados con un cabrón montado en un coche más o menos del año. Era un bato aindiado, de pómulos y de actitudes punzocortantes. Nos miramos, sostuvimos un encuentro raposo. El wey se mostraba inflado en su nave Honda, nos encaraba condescendiente de mafioso y su mirada sierpe decía pinches pendejos, se trajeron el carro de la abuela.

¡¿Qué pues compa?! Luigi atronó. ¡¿Qué acción, qué accioncita?! ¡¿Dónde es la fiesta, bróder?! Gino le gritó amistosamente de coche a choche para sobajarlo y soterrarlo en su lugar de servidumbre histórica. El tijuano se mantuvo quieto apuntalando la mirada más que retadora. Luego insinuó una sonrisa como saboreándose nuestra suerte: ¿Quieren fiesta? Ahuevo, respingó Gino convertido en torrente eléctrico. El personaje local asintió: Síganme pues. El semáforo pasó a verde y el desconocido aceleró a fondo. Luigi también hundió el pedal y salimos disparados en aquel lanchón, detrás de alguien, en respuesta a un posible desafío.

Comenzó una persecución a ciegas porque no sabíamos a dónde nos dirigíamos ni en qué parte de la ciudad estábamos. Fue evidente que el Honda intentó perdernos pero Gino se aferró y no lo dejó escapar. El tijuanense nos condujo por calles desconocidas, subiendo y bajando, cada vez más adentro de los barrios. ¡Acuérdate de cómo regresar!, me gritaba paranoico. Me abroché el cinturón y encomendé a Tarantino. De repente parecía que lo único importante era que ese cabrón no se nos fuera. El Honda se clavó a la entrada de una casa y nosotros dimos un frenazo estacionándonos en paralelo. Luigi se precipitó como policía judicial detrás de su víctima.

Aquí es, aquél dijo tranquilamente. La casa era de columnas altas, pretensiosamente jónicas, de una elegancia pírrica que remitía a ínfulas de nuevo rico. Entramos a una sala donde había una pantalla gigante y se transmitía un partido de americano. Parecía que el sujeto no tenía inconveniente porque lo obligásemos a convidarnos de su fiesta. Algo sospechoso ya, que además superaba el cinismo conjunto de Gino y yo. El sujeto dejó sus compras en la barra. Parecía indeciso. Sírvanse algo, arrastró las palabras sin dejar de mirarnos con la inquietud sosegada de un mercante ante las probables trampas de la China. Como esperando a ver con qué cosa le saldríamos, cuál era nuestro plan, si teníamos uno, hasta dónde llegaríamos o qué sucedería primero.

Estábamos ahí mirándonos como desconocidos en un pasillo de supermercado. ¿Y qué onda, cómo te llamas? Luigi no dejaba de vociferar alegremente como si fuera un día de campo. ¿Yo? José. El tipo habló como admitiendo lo inevitable, el conocernos. Yo soy Mauricio Garcés, Luna, productor de cine y todo lo relacionado con el broadcasting en California. Cuando gustes estoy a tus órdenes para filmar una película. Y éste es Gabriel García Marcos, el José Agustín más chingón de México, va a ganar el Pulitzer y el Nobel juntos. El tijuanense me examinó con la indiferencia que inspira el viejo encargado de un faro en la punta del risco. Cámara, asintió sin perder su extraña ecuanimidad. Luego señaló la mesa de centro. Ahí hay perico, si quieren jálense unas líneas. Siguió mirándonos con la curiosidad indiferente de un niño. Se dirigió a una de las recámaras sin advertir nada.

Pudimos ver unas jeringas de insulina en una charola y una pasta amarillenta que no era azúcar ni suero. Fuimos a la mesita. Yo me receté dos pases largos y Luigi, que siempre se mete más que los demás porque siempre quiere salirse con la suya, se zampó cuatro largos y varios chispis. Estábamos sirviendo los tragos cuando me puse a exigirle que nos fuéramos a la verga pero de volada. Pero él quería quedarse porque ésta sería una escena de su película y tenía que ver hasta dónde llegaba la acción, la “accioncita”. Se elevó un murmullo en la recámara pero de inmediato se extinguió. Desde otra recámara vinieron unos gemidos de mujer. José volvió acompañado de otro sujeto y nos señaló: ellos son. Un tipo duro vino hacia nosotros, nos estudió de pies a cabeza y luego nos saludó seriamente con el puño cerrado. Son del cine. De California, según. Ah, musitó pesadamente el otro desconocido, con clara pinta de golpeador, estaba dos tres mamado y llevaba el cabello a rape. Ajá. ¿Pero qué? ¿Qué rollo? ¿Cuál es el pedo? No pues nada, acabamos de conocer aquí al buen José y nos cayó a todísima madre el compa y nos venimos a su fiesta. Luigi montó el circo de que estábamos rodando escenas acá en Tijuana, de que estos tipos lucían de cuidado y que por eso quería invitarlos para que ratatatata, Luigi los rociaba con ráfagas de guáguara, ablandándoles la guardia y poniéndolos a soñar en un dos tres a fuerza de verborrea, llevándolos de volada al estrellato, hasta Hollywood, y de regreso.

Había que reconocerlo, Gino tenía el arte de alucinar casi a cualquiera. Yo era uno de sus clientes predilectos. Los tipos nos creyeron una chingada pero nos invitaron a pasar a la sala, un desnivel abajo donde se hallaba esa pantalla gigante. Fuimos sin darnos la espalda. Nadie se sentó en el sofá, nadie se relajó. Los de la casa vieron que la cantidad de perico había disminuido considerablemente y no pudieron disimular su enfado. José admitió que nos había invitado un pase pero que no todo el dust. El otro bato nos acorraló: Orita hacemos la vaca, ¿no? Ahuevo, yo pongo las que quieras. Luigi era del tipo de gente desenvuelta que allana tu casa con una sonrisa estupenda, la hace de anfitrión y consigue hacerte sentir confortable y agradecido mientras dispone de tus cosas. De pronto se escuchó la risa amortiguada de una mujer. El socio de José quiso ser amable y nos preguntó si nos gustaba el fut americano. Luigi declaró que le parecía un espectáculo para pendejos. Entonces apareció un sujeto más, también mamado y de tipo militar, quien salió de la otra habitación cubriéndose el sexo con una toalla. Se detuvo en seco al vernos. Nos miró como si descubriera un par de cabras paciendo en la sala de su casa. Luego miró vagamente el partido en la pantalla.

¿Qué pedo?, se dirigió consternado a José. El ambiente se puso eléctrico. A ver, ven para acá, le indicó. El de la autoridad se devolvió lentamente al cuarto sin importarle enseñar las nalgas y el muchacho lo siguió todo fruncido. Luego el sujeto también llamó a Mario, el otro, quien pasó junto a nosotros arrastrando un silencio de piedra, acusándonos con la mirada, como diciendo que por nuestra pinche culpa van a cagarlos y que ahorita íbamos a sacar las cuentas finales. Nos quedamos en medio de la sala y envueltos en aquella situación indefinida. Desde la recámara llegó el eco sordo de una discusión. Ultimé a Gino a susurros desesperados: a lo mejor nunca ruedas ese puto filme si nos quedamos a averiguar cómo termina esta historia. Vámonos a la verga pero ya. El tono del alegato en la recámara se redujo a un intercambio de murmullos. Mi corazón latía a cinco mil revoluciones por segundo, era como el reloj contador de una bomba que estallaría en nuestras manos si no nos largábamos ahora. Eran segundos definitivos. No sabíamos con quiénes estábamos involucrados, qué intereses delicados y oscuros estábamos estorbando, a quiénes estábamos fastidiando por pasarla chévere en la Tijuana caliente.

Pérame tantito, musitó Gino, fue de prisa a la mesita de centro a esnifarse el resto del cocol. Yo estaba al borde, como un relevo desesperado por recibir la estafeta para salir disparado como si llevara un cohete en el culo. Pinche Tarantino, pinche cine serie B, las cosas que nos haces hacer. El chitchatin se había apagado al otro lado de la habitación, es más, creí escuchar el cerrojo de un cartucho cortar. Luigi todavía fue a la barra, oye, no íbamos a dejar los tragos. Crujió la puerta de la habitación y escuchamos nítida la voz de José que asentía un okey, patrón, no se preocupe, así lo hago. Salimos trastabillando como los duques de Hazard, nos montamos de un salto al ocho cilindros, Gino echó una reversa ciega y quema llantas y escapamos a la verga con el corazón bombeando adrenalina a lo vergo, la droga más intensa, la preferida de los hijos de puta.

Atrás quedó José al pie de la puerta con una pistola en la mano. No sé cómo salimos de aquella vecindad residencial toda encrucijada. ¡Nos iban a matar, cabrón, nos iban a descuartizar y hacer pozole, ¿no te das cuenta, pinche Edgarín?! Gino frenético comenzó a gritarme histérico, como si la idea de involucrarse con unos mafiosos de Tijuana hubiera sido mía. El miedo opacó el entumecimiento de la cois. Vas a Tijuana, le rascas los huevos al tigre, un parpadeo antes de que caiga la zarpa brincas atrás y corres desaforado por tu vida, te sales con la tuya, la haces cardiaca, ríes como un loco. Así más o menos va la receta. Enfriada la situación aúllas como un maldito lobo del desierto a la luna alcahueta. Sientes la vibra. Estás en Tijuana: push it to the limit.

A la mañana siguiente fue domingo y nos levantamos briagos todavía y fuimos a reunirnos con unos amigos de Gino, gente del medio artístico. Eran el Teca, vocalista de Tijuana No, y Álex Enamorado, compositor, productor y arreglista que ganó un grammy con Olga Tañón, más otros weyes yes men. Esa gente se mostró muy contenta de ver a Luigi, lo querían. Retacamos una hielera de cerveza y chupe en general, agarramos la vía Escénica Tijuana-Ensenada y nos dirigimos a Puerto Nuevo a atascarnos de langosta en mantequilla con tortilla de harina, mientras Lui desplegaba su arte de fascinar a fuerza de verbo y actitud, narrando una hipérbole de la aventura de ayer, en tanto imprecamos al Teca a confesar, ante el bendito escenario del mar de Baja California, que sí se cogía a Julieta Venegas (“chuleta me niegas”) cuando la nena era tecladista de la extraordinaria banda que cantaba, estabas en la cárcel, y nadie fue ni pa darte una visita, y pobre de ti.

Otra vez terminamos fumigados y el lunes temprano Gino se devolvió a California, ofuscado porque esa semana comenzaba a producir el video de un desconocido cantante grupero de medio pelo. Ni siquiera nos despedimos. Ahora sigo esperando que Luigi me llame para trabajar el script de Decúbito Dorsal, la historia de una hermandad mafiosa y elegante. Pero creo que otra vez caí en su juego. No sé por qué siempre le creo.