Por Héc Alba

Durante muchos años, lo único que podía mirar era una empolvada ventana. Y la gente que por allí pasaba. Era aterrador. Esa incesante cacofonía de pisadas de ida, de venida. Ese taladrante murmullo lejano de voces extrañas y palabras ininteligibles.

A cierta hora abro los ojos, con titánico esfuerzo. A veces, no puedo. Por momentos veo el rectángulo brillante y quiero contar los pares de piernas que se arrastran allá afuera, pero mis ojos se cansan, así mi mente y pierdo la cuenta; las otras, simplemente imagino ese mismo ventanuco y con mis oídos creo esos duplos de extremidades que se abalanzan allá en la distancia pero, carajo, en medio de la oscuridad es difícil mantener la concentración. Y me sumo en la profunda cavidad que excava mi cabeza y se llama sueño.

Allí, se cuántos pares de piernas pasan frente al rectángulo de piedra vieja que tiene uno más pequeño: la ventana. Y, aunque no con formas precisamente correctas, les pongo cadera, cintura, tronco, brazos, manos. Excepto rostros, pues el brillo arde en mis ojos y regreso adentro de éste maldito rectángulo. Mi prisión. Y vuelve el cacareo de zapatos, la canción sin música y el caminar sin camino. Pasos, voces, viajes, ¿qué sé yo? Pero es que no puedo, carajo, hacer otra cosa, me canso, que observar, cuando mi cuerpo así me ordena, a los que pasan por mi ventana. Ni tapar mis ojos con las manos, o los oídos con mis dedos. Entonces busco cerrarme y pensar en otra cosa, pero mi cabeza no recrea otra cosa que no sea esa maldita ventana, y los paseantes, y los estrambóticos pasos. Es como si mi cuerpo no me perteneciese, como si mi mente fuese la de un forastero que busca joder. Joderme. Joder mi mundo. Y el forastero me despierta, y el forastero me hace dormir. En vela, vigilando, a veces quisiera desaparecer lo que me rodea. En vigilia, por largas horas, quisiera que prevalezca lo que hay alrededor, sin mí. Mas nada puedo hacer.

Mi respiración es calmada, tranquila. Monótona. Mis latidos, constantes, interminables. Apenas me doy cuenta de lo que me mantiene con vida. Ah… la vida. Ese suspiro en la llanura que un día diera yo, el mismo que hoy, sin remedio, no puedo dejar de dar. Y la oscuridad, ángel insensible, me engulle de nuevo.

Allí está otra vez el brillo que quema mis retinas, y me es imposible saber dónde estoy. Pasa el tiempo, quizá no tanto, y ahora me parece nuevo el lugar donde me encuentro. Un momento, algo extraño, borroso, se pierde de mi vista.

Un sonido raro, palabras, el eco de algo irreconocible.

Y de nuevo el rectángulo que es la ventana por donde miro pasar las presurosas piernas. Estoy en el mismo lugar. No me he movido. Sin embargo algo noto, distinto. Extraño.

La respiración, monótona, persiste; eso sigue igual. Los latidos, continúan; nada diferente allí, al menos. La diferencia, tal vez, es que mis pensamientos parecieran menos obtusos. ¡Sí!, la ventana está allí y escucho los pasos, mas no es, justo ahora, el mismo pesar para mí. Espera, sí, ese es el punto. Veo el mismo cuadro negro, absoluto, y un rectángulo, la ventana; escucho mis latidos, pero no es que provenga ese sonido de la máquina que bombea sangre por el cuerpo mío, el corazón, no, sino que es un constante pitido artificial; la cuestión es que, ahora mismo, me doy cuenta que, brevemente y en escasos períodos, soy consciente de mi estado. Mi triste estado.

No por tonterías me parece insoportable el ir y venir de los paseantes de allá afuera, pues no soy yo quien haga tal o cual trayecto. Poner nombre al sentimiento que, al escucharlos, me acoge, que llena cada escondrijo de mi ser, no es tarea difícil, lo complicado es decirlo en voz alta, con tranquilidad: odio. Y no es para menos, carajo, ya no puedo ir y venir con esa libertad, con ese arbitrio. Maldita sea, mi respiración por un rayo de sol en mis hombros, en mi frente, en mi nuca. Maldita sea, mis latidos por ese segundo que tarda un pie en llegar de uno al otro extremo de esa ventana empolvada.

Odio saber que, aunque mi cerebro así me lo indica, no soy yo quien lanza esos bufidos, repentinos y repetitivos, de aire a este turbio lugar que es mi cubil, mi habitación, mi lugar seguro, mi fortaleza y mi hueco para ataúd. Aún más: odio la certeza, terrible, que, en momentos inesperados me lleva a darme cuenta de no tener sensación alguna, mínima, de lo que hay debajo de mi cabeza. ¿Tengo pies, manos, estómago? Qué mierda, no lo sé. De repente, y me sucede seguido, al ver la empolvada ventana y los pies y pies que la cruzan, las ideas menos confusas que deambulan por la maraña que es mi cabeza, me veo volando por los aires y golpeando la dureza del asfalto, seguido de un sonoro romper de huesos; y después la oscuridad.

Así que, heme aquí, consternado, odiando, servido por máquinas y manos de extraños, con algo de conciencia a gotas, esperando que, irremediablemente, esa oscuridad, la que me sumió en este letargo que mata y no mata, me engulla para finalmente ser, realmente, libre del encierro que un temible crac me absorbió.