Por Carlos Dzul

Leticia (una compañera de la facultad) me pidió, con una voz que no parecía la suya, que la acompañara a casa de “un pariente”. Ella era huérfana y de niña este “pariente” había sido como su padre, es todo lo que yo sabía. Íbamos en mi carro, ella manejaba.

Pasamos la zona industrial y llegamos a una colonia pobre con calles de tierra. Leticia estacionó el carro frente a una casa en donde no parecía que viviera nadie; las ventanas, a falta de vidrios, estaban forradas con bolsas de nailon y el monte del patio de enfrente nos llegaba hasta casi la cintura. Las casas vecinas lucían más o menos igual. Había dejado de llover apenas y el cielo estaba en partes gris, en partes azul.

Tocamos la puerta.

Un niñito, completamente desnudo, salió de repente, echando a correr por la calle.

Hijoputa, gritó alguien desde adentro.

Y de la penumbra emergió un señor barbón, en truza, gordo.

¿Tío?, dijo Leticia.

Me retiró la mano que hasta ese momento yo le tomaba con fuerza. El señor gordo sonrió (tenía los dientes amarillos) y nos preguntó si queríamos una cerveza; yo dije que no, Leticia, ante mi asombro, dijo ok.

Fuimos a sentarnos a la mesa de lo que parecía ser la cocina. Nos iluminaba la poca luz que todavía soltaba la tarde. En el interior el tufo era como de caldo de pollo mezclado con orines mezclados con yogurt. El tipo gordo comentó que ya venían las cheves, que no fuéramos impacientes (aunque nosotros no habíamos hecho ningún gesto de impaciencia), mientras rascoteaba su gigante panza; luego, para disculparse por la penumbra, dijo que le habían cortado la luz y luego me dirigió un par de miradas oblicuas; en realidad no se fijaba en mí, Leticia tampoco. Leticia tamborileaba sobre la mesa.

Tocaron. El gordo se levantó, fue a abrir y el niño que habíamos visto salir corriendo, entró en la cocina, siempre desnudo, cargando en brazos, con palpable esfuerzo, una bolsa negra de cuyo interior el gordo extrajo un sixpack. Yo sentí escalofríos. El gordo depositó el six en la mesa (metálica de patas flacas) y después colocó su enorme y sucio pie sobre la espalda del niño y lo empujó como si tal cosa, como si de un cacharro se tratara: salió trastabillando, el infeliz, ¡volando!, con dirección a la sala donde, a juzgar por el porrazo que se oyó, fue a estrellarse contra un mueble.

¡Hijoputaaa!

Abrió  tres latas y las repartió. Dirigiéndose a mí, lo cual fue muy extraño, empezó a rememorar la infancia de Leticia. Ella estaba por soltar una pregunta cuando el gordo (¿neta era su tío?) con su voz ronca, llena de flemas, dijo, señalándola:

-Esta chamaca de niña qué terca era, uy tú no la viste, ¡un demonio!, se trepaba por los árboles, ladraba como que fuera un perrito, cazaba ratas con un tiraul, ¡tremenda!, cuando uno le agarraba las chichitas respingaba, si la espiabas cuando se bañaba uuu la cara que ponía…

Leticia se llevó la cerveza a la boca y le dio cinco tragos.

El gordo, enseriado, se limpió la baba: -Como la notaban curiosita, varios amigos míos me la pidieron para que fuera su mujer, pero ella no que no que no. Yo quiero estudiá, decía, quiero estudiá. Pinche chiquita. Hasta media noche se estaba con la luz prendida, leyendo sus pinches libros, yo la regañaba mucho, para qué más que la verdad, le hacía mucha burla. Ahorita mírala.

Lo hice: derecha en el asiento, se ajustó los lentes.

Dijo: -Vine por el niño.

-¿Cuál niño? ah, el niño- se rascó la panza el gordo.

-¿De dónde lo sacó?

-¿De dónde lo… ? ¡pos es mi hijo! –eructó el gordo; yo iba a darle un trago a mi cerveza pero cuando escuché lo de “pos es mi hijo” me detuve.

-No es verdad- repuso ella-. Alguien me contó que…

-¿Alguien?, ¿quién alguien?

-¿Dónde está mi tía?

-¡Se fue, la muy puta!

-¿Mis primos?

-No sé, me imagino que…, no sé.

-El niño…

-Ah, chingadamadre, ya vinistes a joder.

Leticia dio el último trago a su cerveza, la mía estaba intacta. El gordo había bebido la suya y las otras tres que quedaban. Eructó de nuevo y sin hacer ningún ademán, hasta con voz amable, dijo: -Mira, pendejita, no eres quién para pedirme explicaciones pero te las voy a dar, si eso es lo que quieres. El niño ése me lo vendió la vecina porque le estorbaba. ¡Le estorbaba! ¿lo oyes? Porque es una zorra que anda cambiando de macho a cada rato. Y el nuevo que se buscó, un doctor, le dijo: yo así con ese chamaco no te puedo llevar al Caribe, ¡al Caribe! así que ella vino y me lo vendió, ¿entiendes?

-¿En cuánto se lo vendió?- preguntó Leticia, le castañeaban los dientes.

-Veinte pesos- dijo el gordo y eructó de nuevo-: fue bonito porque, mira, hicimos el trato a las dos de la tarde, a las tres me trajo al niño, así desnudo, y a las cinco, seis, el pinche doctor vino a buscarla. En un buen coche, para qué más que la verdad. Era mi vecina de aquí enfrente. Ya van cinco meses de eso. Pero el niño ni creas que lo pasa mal, si todo el día está jugando, se parece a ti.

-¿Por qué no tiene ropa?

-Porque así me lo trajeron, ¿no te digo? Además creo que así le gusta andar, es bien rarito.

Leticia bostezó pero no creo que haya sido de sueño. Yo quería intervenir de alguna forma… sólo me troné los dedos y me rasqué la nariz.

-Nadie, dijo Leticia, nadie puede…, ni por veinte pesos ni por ninguna cantidad, no diga usted…

-Su mamá me lo vendió, te lo juro. ¿Además te digo algo? Le encanta pasarme la lengua por encima cuando estoy dormido, de repente me despierto y ¡toma!: ahí está, lamiéndome, como un animalito. A veces lo regaño, le doy unos coscorrones bien puestos, pero otras veces hago como que no me doy cuenta, nada más lo siento, al pendejo, ¿no me crees, no?- dijo el gordo, arrebatándome la cerveza que yo no había siquiera probado. Glu glu glu, se la chingó en un tris.

El niño, en la sala vacía (excepto por un par de sillones chuecos y rasgados), jugaba con algunas piedras y pedazos de block, moviéndolos de un lado para otro como si fueran carritos. Era casi noche y sólo se veían siluetas, manchas; Leticia era una mancha, yo era otra y el gordo otra. Y el tufo era más punzante a cada minuto.

Entonces, cuando el gordo paró de glu glu y tiró la lata vacía y retorcida al suelo, comenzó la discusión.

Conozco a Leticia desde hace tiempo y nunca la había visto ni la he vuelto a ver desbocarse de esa manera. Hubo entre ella y su ¿tío? un breve intercambio de palabras digamos que amables. Luego su tío lanzó un eructo, el rey de los eructos, bbbbbbuuuuuuuuurrrrrrrrp, y allí fue que ella perdió la templanza y se lanzó a gritar como una bestia, sin estructura ni lógica. El tono de su voz, de común frío, saltó en chispas. Algo inolvidable. Fue como escucharla relinchar. Fue bello. Se despeinó, no sé cómo ni para qué, y tiró al suelo las latas de cerveza vacías que descansaban en la mesa. La sintaxis, la gramaticalidad que siempre ha distinguido sus discursos, aquella tarde se desmoronaron. Fue como si un jarrón de porcelana hubiera caído al suelo, haciéndose pedazos. Bello. No entendí bien lo que dijo. Algo acerca del niño, la decencia, los derechos humanos. Algo acerca de un fenómeno meteorológico que sucedía dentro de su corazón (una cita de Bequer, quizá). Leticia nunca hablaba de su corazón. El gordo, admirado y divertido, sin entender un carajo, solamente la contemplaba.

Cuando se agotaron las palabras (las de ella, porque nadie más  había dicho ni mu) tornaron ahora sí a disputarse al niño por la fuerza.

-Putamadre, es mío, yo lo compré- adujo el gordo, con voz tan lastimera que daban ganas de no replicarle, pero Leticia fue hasta la sala en penumbras, tomó al niño de una oreja y lo arrastró, lo arrastró, lo arrastró sin mucho esfuerzo hasta la salida. El gordo alcanzó a tomar un pie, yo agarré un bracito y comenzamos a jalonearlo, cada quien para su lado. Cuando yo pensaba que lo partiríamos en cuatro cachos, el niño dio una voltereta y se nos escapó. Yo traté de capturarlo pero se me escabullía por entre los muebles, como un lechón, y no paraba de reír: oinc oinc oinc. Pensó que estábamos jugando, quizá. Era un niño esbelto, moreno y greñudo, que olía no sé a qué.

Su padre, el padrastro de Leticia, o su tío, o quien quiera que fuese aquel gordo, por fin lo pescó de la nuca y lo alzó en vilo; se puso a chillar el escuincle como una rata.

Leticia intentó negociar. Dijo: -¿Si le traemos otro six?

-¿…?

-¿Si le traemos varias botellas de lo que usted quiera?

-Jaja- rió el gordo y por una fracción de segundo creí percibir en sus ojos algo como unas lágrimas.

Metió, ante nuestras atónitas narices, al niño en una bolsa gigante de tela, a la cual hizo un nudo para después aventarla por ahí, contra la pared, como si fuera un envoltorio de basura; quedaba claro, por la naturalidad de sus movimientos, que esto lo hacía de forma regular. Se escuchó el porrazo corto y seco pero ningún llanto. Para mí fue un alivio que no tuviéramos que llevárnoslo. El gordo fue a meterse a la cocina y regresó con el machete. Tlin tlin, cantaba el filo contra los mosaicos rotos. No pienso que quisiera lastimarnos. Quería que nos fuéramos.

Eso hicimos.

Por encima del monte que rodeaba la casa flotaba una densa nube de mosquitos y por en medio de esa nube pasamos corriendo, yo arrastrando a Leticia de un brazo. Ella no paraba de maldecir.

Había caído la noche.

Nos metimos al carro, esta vez yo frente al volante, y desde mi ventana vi al gordo resguardando la puerta de su casa. Allí se había quedado, de pie, ya sin el machete, pero todavía en trusa y con la verga visiblemente parada; parecía el horrible vigilante de un castillo abandonado. Nos hizo adiós con la mano. Como soy un estúpido, le devolví el saludo.

Leticia sollozaba. La calle no, la calle parecía muerta. Arranqué.