Por Javier Ibarra

En mi antiguo hogar, una colonia privada que encasillaba en la clase media, contaba con personajes que creían pertenecer a los gremios más altos de Santa Catarina, Nuevo León. Todo dependía de la cantidad de billetes que se reflejara en sus autos, en las inmensas chichis de las señoras que se negaban a envejecer o en los banales caprichos del hipotético wanna be gringo regiomontano. Esto hacía que esos especímenes que tenía como vecinos desearan unos besitos en los pies. Sus comportamientos eran demasiado mamones. Eran unos engreídos que sí te veían salir a pie, parecía que una enorme y apestosa caca les cubría el rostro. Intentar convivir con ellos era estúpido, ni siquiera merecían un sincero saludo.

Por dicho ambiente, todos los días, y cuando caía la noche, terminaba en el estacionamiento del supermercado que está a dos calles. Compraba un ICEE de cereza y me ponía a escuchar en mi discman las primeras canciones de Song of Zarathustra que descargué en Soulseek. Es curioso, en esos días también me sumergía en las páginas de Nietzsche. Y observando a los skates que de igual forma iban ahí a practicar sus trucos, solía llegar a estacionarse una Hummer HX o un BMW Z4 Roadster, ambos de color negro y tocando a todo lo que daban sus estéreos canciones de Chalino Sánchez. Bajaba un chico enano y prieto más o menos de mi edad, vestido como ranger, junto a una chica con un culo hermoso. Treinta minutos después se iban con cartones de cerveza, botana, carbón y carne para asar. Nunca pude saber si mi frecuencia al estacionamiento era por la chica y su culo hermoso, o por otra cosa que a diario me hacía estar ahí.

Regresando de las vacaciones que solía pasar en la Ciudad de México, me enteré que el culo hermoso era la hija de los señores a los que mi mamá les compraba tortillas de harina. Sabía que, quienes la conocían o la veían caminar, la perseguían con un deseo revocado. Sus nalgas eran toda una fantasía de esa parte llamada Rincón de la Huasteca; y pese a eso, le pertenecían a El Potrero, el conductor de la camioneta o el automóvil.

Pensaba que El Potrero debía de tener todo el dinero del mundo para ser su novio y así palpar lo que tantos deseábamos. Incluso en la secundaria se especulaba que le daba fajos de billetes, los cuales solía usar de tampones o papel higiénico.

Los skates se convirtieron en mis nuevas amistades. Me platicaron que El Potrero era uno de los hijos de Don Potranco, un famoso narcotraficante del municipio. No había imaginado que su historia pudiera ser algo así. Me sorprendí tanto que comencé a ir al estacionamiento sólo dos veces por semana. Tenía miedo que El Potrero hiciera algo en contra para que dejáramos de contemplar el movimiento inexplicable que su amada concebía. El culo hermoso estoy seguro que sabía que lo veíamos subir y bajar. Inteligentemente, cuando notaba que dejábamos de hablar al momento exacto de su arribo, tomaba de la cintura a su novio e introducía su mano al bolsillo trasero del pantalón. En verdad parecía tener poderes absolutos, era imposible dejarlo de ver, dejar de hablar de su redondez.

Llegó el día en que finalmente la vimos caminar sola. Pasó por el mismo sitio donde acostumbraban estacionarse y fue demasiado extraño. Al salir del supermercado comprobamos que no se meneaba como antes, ni siquiera cargaba bolsas. Su apariencia era triste, lo decía cada uno de sus pasos. Desde esa tarde y hasta que dejamos de frecuentar el estacionamiento fue así. Especulamos que a El Potrero algo le había pasado, incluso algunos decían que se había ido de la ciudad al terminar su relación con el culo hermoso.

En ese entonces las noticias de baleados, decapitados, colgados y secuestros aún no sonaban tanto. Fue cuando en el noticiero matutino, un día sábado, informaron que un tal Gerardo Balderas García de 15 años apareció muerto y desnudo en una Hummer HX, a espaldas del supermercado, donde existían unas canchas de fútbol siete. Decían que por lo menos tenía cincuenta balazos en todo el cuerpo. La gente que lo vio en la madrugada asegura que eran más de cien heridas y que la verga de su papá la tenía incrustada en su boca. Supuestamente, era lo que estaba escrito en una cartulina pegada al travesaño de una de las porterías.

Su asesinato sonó demasiado en la ciudad, pero en Santa Catarina, los skates y yo debatíamos si esa cosa tan sucia había sido un acto de venganza o una broma de muy mal gusto para desaparecer. Don Potranco no dio la cara en los noticieros, en varias ocasiones ya había salido ayudando al municipio, donando cobijas y juguetes en las épocas de Navidad. Del funeral no logramos saber mucho, sólo que fue un sepelio pequeño a complacencia de su mamá. Y en lo único que estuvimos de acuerdo fue en que El Potrero siempre dependió del negocio y la fama de su papá para convertirse en la envidia de todos. Sin embargo, una semana después a Don Potranco lo encontraron en el mismo sitio, con el tiro de gracia, vestido y sin ninguna verga en la boca. La noticia no sonó tanto como la de su hijo. Nadie se preguntaba si el señor conservaba su miembro entre los calzones. La que le incrustaron en la boca a El Potero era un misterio sin resolver. ¿De quién sería? El culo hermoso lo debía saber.