Por Carlos Dzul

He intentado decirlo (para mí frente al espejo): eres gay. Pero no es verdad, me encantan las viejas, mientras más nalgonas mejor. Es común que si voy por la calle me tropiece o me vaya de frente contra un poste por no ver el camino por andar viendo culos.

Tras una encarnizada lucha interna decidí anunciárselo a mis padres, no en la mejor ocasión. Era el Día Mundial de la Putería: estaban los dos en brazos de sus respectivos amantes, en la sala, bebiendo cervezas. La novia de mi madre era una gorda pelirroja, La Vikinga, de apodo. La pareja de mi padre: un negro rapado, de bigotito, con muchas cadenas de oro guindándole y titilándole del cuello. Al escuchar mi noticia trataron de mostrarse comprensivos pero fue palpable su desilusión.

Mis amigos, todos ellos de golpe, los trece o catorce que tenía, se volvieron así, de la noche a la mañana. Según que “salieron del closet”. Yo digo que en realidad no salieron de ningún lado sino que fingen que han “salido” por moda, porque eso es lo de hoy, y porque no los juzguen. Ahora se dedican a criticarme, los desgraciados, por no adorar lo que ellos adoran, y me tildan de ranchero por no permitirles meterme la mano.

Queridos lectores, créanme, ya lo intenté, ser como ellos (hasta besé a un señor en la boca), pero soy un macho sin remedio.

Mi padre, ese sí es puto de nacimiento, yo no lo sabía, me enteré hace un año. Lo caché mirando videos de un reconocido actor de tele en tanga. Miraba los videos y se masturbaba: le pedí una explicación. Enjugando su frente, guardándose aquello, dijo: desde niño me fascina la malanga (así lo llama él, malanga, chorizo, mondongo) mas por ser de pueblo (¡mas por ser de pueblo qué!): pues me obligaron a pasar por macho. No podía mariconear ni siquiera de broma. Por eso embaracé a tu madre, para no desentonar, y por no desentonar, ella, que es un hombre con cuerpo de vieja, te tuvo. Pero ya somos grandes, ya no estamos en el rancho, así que… -mi padre hizo aquí un bailecito cachondo.

En aquel momento él pensaba que yo también era.

La noche del día mundial de los putos, cuando le confesé mi inclinación por las mujeres, vino seriesísimo a mi cuarto: -¿de verdad que no te gusta la chistorra?

-No, papá, lo siento, me gustan las viejas, mientras más puercas mejor.

-Eso es lo que crees, me dijo, porque estás muy chavo y no conoces nada, ven, relájate, respira hondo- decirme esto y sacar de su bolsillo una revista con fotografías de Gonzalo Perro (el famoso actor de telenovelas) fue todo uno.

Y mientras yo iba pasando las fotos, mi pinche padre me aplicaba en los hombros un masaje lúbrico: – mira qué bíceps, qué nalgas de toro- susurraba  en mi oído- ¿a poco no te gusta?

Esa fue la primera vez que lo prendí a patadas.

La segunda fue cuando trató de conseguirme novio; durante un mes entero me estuvo trayendo maricones a la casa para convencerme de que los besara. La tercera vez que lo madrié fue porque me dio de regalo una verga de hule.

Mi madre, ella por lo menos, en lugar de estar de chingativa, se limitaba a llorar y a maldecir su suerte: ¿Qué les miras a las viejas?, me decía, con sus ojos grises de madre,¡qué les miras!

Padecían los dos por mi culpa, lo cual a su vez me lastimaba. Por eso y por verme de repente sin amigos fue que yo durante una época traté de ser cuchiflais o muerdealmohada o como le digan a esa onda.

Señoras y señores, lo último que intenté fue tomar unas terapias que anunciaban en la tele, que dizque te ayudaban a desatorar tu jotería interior. Un boxeador famoso daba testimonio de su efectividad. Un torero también. Pero yo me río: jajaja. Con odio. Porque cómo eran las terapias, ¡cómo eran!

Para empezar, el edificio donde te las daban era negro y con forma cilíndrica, es decir, un pene. El recepcionista, igual que el terapeuta, iba en traje de carnaval: truzas de lentejuelas y penachos emplumados; el papel tapiz tenía estampado de chorizos.  Además, cuando te entrevistaban, las preguntas que te hacían eran así del tipo: ¿cómo culo es que te llamas?¿qué vergota opinas con respecto a…? De música ambiental te ponían a Madona y al final, por si te daba sed, te daban agua pero de pepino.

¡De Pepino!

Recuerdo que salí corriendo de aquel edificio infernal, con los ojos bañados, y en la calle, a la primera mujer que vi, que ni estaba tan buena, le grité ¡mamacita!, importándome una chingada todo.