Por José Agustín Solórzano

Hace años tenía un amigo –escritor y joven veinteañero- que leía en su mayoría a autores vivos y, mejor, que fueran mexicanos o vivieran en el país. ¿Por qué?, le pregunté alguna vez. Me dijo que a ellos tenía oportunidad de conocerlos y tal vez hablar sobre su libro, comentarles sus opiniones, demostrarles que los había leído. Me quedaba claro que, como diría Emilio Renzi, lo que él quería no era escribir sino ser escritor. Ahora, gracias a la maravilla de las redes sociales, tenía la oportunidad de hacerse amigo de algunos de ellos y comenzar una especie de correspondencia. Cosa que no dejó de hacer. Desde que lo conocí y hasta que lo dejé de frecuentar se dedicó a buscar establecer relaciones públicas que lo ayudaran a crecer en lo que él consideraba una profesión en la que si no tienes en la bolsa un par de contactos importantes no eres nadie.

Estoy seguro que tenía razón. De lo que no estoy tan seguro es que haya hecho bien su labor publirrelacionista. No dudo que le gustara leer; incluso, no dudo que algunos de los libros que leía con más emoción por conocer al autor que por la lectura misma, realmente le hubieran gustado, pero la función principal de su lectura no era la del mero placer, la de establecer una conexión íntima entre él y el texto; sino la de buscar establecer la relación entre él y el escritor, como personaje público. Y más interesante aún: la de buscar establecer una conexión entre su incipiente obra y el medio literario al que intentaba pertenecer.

Leía buscando las claves no para escribir mejor, sino para ser escritor, es decir: para pertenecer a la fauna del espectáculo literario. Le quedaba claro que la principal actividad de un escritor profesional no es la de escribir si no la de tener amigos escritores; lo que buscaba era hacer bien ambas cosas; sabía que una sin la otra no iba a granjearle su ascenso a las grandes ligas.

Pero no es de él de quien quiero hablar, sino de la forma en la que leía. Y es que ¿para qué lee alguien que quiere ser escritor? Otra vez recurro a Piglia, quien dice en voz de Renzi que la escritura no es más que una consecuencia de la lectura, y no al revés. “¿Por qué nos dedicamos a escribir después de todo? Bien, porque antes hemos leído… No importa, desde luego la causa, importan las consecuencias”. Es claro que todos aprendimos a leer y hasta después escribimos (al menos de la manera en la que aquí nos referimos), pero cuando nos autodesignamos como escritores –porque un escritor siempre se autodesigna, también lo dice Renzi-, entonces nuestra forma de leer cambia, y si cambiamos nuestra forma de leer cambiamos también nuestras consecuencias. Volvemos la causa una consecuencia y al contrario.

La lectura, en el caso del escritor veinteañero, ya no era sólo la causa que lo impulsaba a escribir, ahora también se volvía la consecuencia de su autodesignación como escritor. “Debo leer a mis contemporáneos porque en ellos, en la lectura de ellos y de su contexto –no de su obra- está la clave para ser escritor”.

Cuando alguien elige señalarse como escritor, se coloca en el medio de una tormenta que poco tiene que ver con la lectura o la escritura, y mucho sí con las relaciones personales, los intereses, los vicios del ego y las habladurías malintencionadas. Para bogar en ella es necesario mucha paciencia, terquedad e, incluso, un tanto de malicia. Es diferente leer a cualquier sujeto muerto que adentrarse en la obra de tus contemporáneos. Dejando de lado si los autores muertos son clásicos o genios olvidados, la distancia nos permite leerlos mejor, observarlos desde lejos y enfocarnos en su obra, o mejor dicho en cómo percibimos su obra desde este ahora libre de los prejuicios del que fue el ahora de su tiempo. Pensemos en nuestra madre, en nuestro padre o en el compañero de juegos de la infancia; no podemos opinar de nuestra madre como mujer, o de nuestro padre como hombre a secas, ni podemos dar una opinión objetiva del hombre que es hoy nuestro viejo compañero de la infancia; nos falta la distancia para focalizarlos como otra cosa; están o estuvieron demasiado cerca nuestro y, sobre todo, tuvieron la oportunidad de afectar nuestra vida de tal manera que ahora no podemos verlos como seres extraños y juzgarlos sólo por sus actos –por sus obras-, nos estorba nuestra historia compartida.

Lo mismo pasa con nuestros contemporáneos, juzgarlos a ellos es como juzgarnos a nosotros; hablar del que vive en mi casa es hablar de lo que soy; ponerme en peligro. Es en este contexto en el que podemos entender que en un medio como el artístico cualquier compañero es también un enemigo potencial. Hay pocos lugares en el Olimpo de la genialidad y no cabemos todas las supuestas naturalezas divinas que habitamos los cafés y las vitrinas de las librerías.

Dice Hazlitt: “Nadie puede anticipar las sanciones de la posteridad. Todo hombre al juzgarse a sí es su contemporáneo. Puede disfrutar de una tormenta de popularidad pero no puede saber cuánto durará. La opinión que tiene de sí mismo carece de distancia, tiempo y proporción para distinguirla y confirmarla. Debe ser indiferente ante sus méritos antes de confiar en ellos”.

Ay, si leyéramos más a Hazlitt que a nuestros contemporáneos. Si la mitad de los que escribimos fuéramos más indiferentes ante nuestros hipertrofiados méritos; si recordáramos que las personalidades geniales requieren de distancia, tiempo y proporción, entonces tal vez estaríamos haciendo literatura y no relaciones públicas.

Pero bien me sirve la intervención de Wiliam para hablar de lo que ahora, a finales de año, se pone tan de moda en el mundillo literario: las listas de los mejores libros. La mayoría están llenas de libros actuales y me pregunto si quien hizo la lista tuvo que haber leído al menos, no sé, treinta novedades para de esa muestra elegir las mejores diez, ¿qué diablos leyó todo el año? Supongamos que leyó un libro a la semana, entonces leyó cincuenta y dos al año, por tanto desperdició treinta de esas semanas leyendo libros que en su mayoría van a ir a parar al basurero de la historia. Cosa que no está mal, claro. Debe haber quien se sacrifique (críticos, editores, periodistas culturales) leyendo todo lo que se produce y fungiendo como filtro para recomendarnos esa breve cantidad de material selecto en la que sí vale la pena que gastemos nuestro tiempo. Lamentablemente en la mayoría de los casos no es así.

Más de alguno ha dicho que la crítica literaria en México no existe. Tal vez tengan razón. Lo que existe es un mercadillo literario que es tan pequeño que necesita sobrevivir de alguna manera; si no sobrevive de las ventas, pues entonces tal vez pueda sobrevivir de las habladurías, de los chismes, del mini-espectáculo. Los agarrones entre escritores son tan poco interesantes que sólo le interesan a los mismos escritores, cosa que se extiende a las publicaciones literarias. Los suplementos culturales están llenos de reseñas que inflan libros malos, o con secciones de ¿por qué es bueno leer? No quiero ni recordar la terrible sección “El buzón de la prima Ignacia”, del suplemento Informe Sexto Piso. No nos interesa leer, ni siquiera nos interesa escribir: nos interesa ser escritores.

Los tops 10 de finales o principios de año siempre responden a las relaciones públicas. No se trata de los mejores libros, si no de los mejores libros que yo leí en el año. Y es obvio que entre esos libros estén los de los amigos o de los que queremos que sean los próximos amigos. Así las listas de libros se vuelven una lista de agradecimientos y de buenos deseos. Haga un top 10 y sea el Santa Clos de la literatura.

Pero también es aberrante que alguien se queje de no aparecer en esas listas. ¿Por qué debería hacerlo? Lo más probable es que la causa no sea lo terrible de su escritura, sino la ausencia de conocidos en el medio. Pero claro, si hay una profesión en la que se esté más necesitado de aprobación y legitimación ésa es la de escritor. Incluso los que afirman no verse lastimados por la ausencia de su obra legitiman la misma con el hecho de no estar, de no pertenecer a los enlistados. “No estoy en el ranking de los más comprados, de los más leídos. Algo debo estar haciendo bien”, he leído en redes sociales al respecto. Estar o no estar no es el punto, siempre pasa que cuando vendes eres un bestseller facilón para las masas, y cuando no estás te consuelas diciendo que eres único y especial, una especie de Joyce de los mileniales. Leemos al otro y el contexto desde nuestros propios prejuicios, legitimamos nuestras fallas en función de los aciertos de los demás.

Ésta, sin duda, es una de las deformaciones más perversas del acto de leer, cuando se lee no para comunicarse, si no precisamente por una incapacidad de hacerlo. Leer así significa comprarme, reconocerme, no a mi obra, sino a mí, creador, demiurgo, persona necesitada de aplausos y afectos. No nos interesa el libro, la obra, ni siquiera la lectura; nos interesa la persona que vendemos, la autodesignación que asumimos y que los otros autodesignados deben aprobar. Hay quienes escriben para satisfacer un mercado, pero también están los que escriben para satisfacer a un público reducido, a una especie de élite cultural que no les llena los bolsillos de dinero sino de piedritas brillantes que sólo entre ellos deslumbran.

Zaid, en su ensayo Organizados para no leer, dice que se puede hacer vida social en el mundo literario sin leer; publicar noticias sobre los autores, consagrarlos, sin leerlos; incluso se puede publicar sin leer. Leer, de verdad leer, es en muchos casos no sólo prescindible, sino un estorbo para nuestro ascenso en la pirámide social de lo literario.

Los modos de lo social no deben afectar la lectura, pues ésta es un acto privado. “¿En dónde acontece la vida literaria sino en la página leída? De ese acontecimiento casi no hay nada en las páginas culturales. No es noticia, no es chisme, no es imagen fotografiable. Además, toma tiempo. Es más rápido entrevistar a un escritor que leer su libro” (Zaid). Lo vertiginoso de nuestro presente hace que ni si quiera los escritores nos interesemos por la obra; nos interesan los autores, no lo que escriben; ¿para qué voy a leer a Mengano?, mejor beber con él, hacerme su amigo y esperar que sea un tipo que sepa pagar favores.

El joven escritor que mencioné al principio sabía esto, por eso su forma de leer era una forma de hacer relaciones públicas. Los espacios destinados a la lectura también fungen como salones de negocios, mezclar una necesidad, una acción vital como la escritura con una función social como hacer dinero, normalmente conlleva perversiones que socavan el trabajo creativo. Las presentaciones de libros, las lecturas públicas, los encuentros de escritores y las ferias del libro poco tienen que ver con la literatura y mucho con los negocios; pero no se trata de satanizar a las unas para quedar bien con la otra; se trata de saber diferenciar el mundo público de los hombres y el mundo privado del ser humano.

Pero ni estoy libre de pecado, ni escribo esto para moralizar a nadie. Al juzgar estoy juzgándome yo mismo, soy mi contemporáneo, ya lo dijo Hazlitt, “nuestras virtudes serían respetables si nuestros vicios no las opacaran, y nuestros vicios perderían la esperanza si nuestras virtudes no las animaran”. Escribo por una necesidad de estar solo, y leo porque a veces me canso de estar acompañado.