Por Manuel Ayala / Fotos: Joebeth Terríquez

Sin filtros, sin edición, sin palabras bonitas mas que el puro sentimiento de aquella noche es lo que quiero expresar. Porque no hay manera más digna de decirlo más que con la sensación pura de como pude expresarlo en palabras. Solo por eso, acá mi testimonio de lo que sucedió el pasado sábado 7 de enero de 2017 en la ciudad de Playas de Rosarito, Baja California.

La sangre quedó plasmada en gran parte del bulevar Benito Juárez en Playas de Rosarito, uno de los cinco municipios del Estado de Baja California. Los cartuchos quemados “antimotín” quedaron regados por toda la calle, incluso las caretas de algunos celulares que fueron destruidos en el momento. Piedras, palos y algunas prendas de vestir también fueron parte de aquel abanico de cosas que uno podía encontrarse al paso mientras asimilábamos toda la situación. Por un lado todavía quedaban algunos curiosos que a lo lejos observaban a los policías quienes, de pie, reían y platicaban como si hubiera sido un simple trabajo más que tenían que cumplir. La oscuridad y la noche eran pasmosas. El temor y la adrenalina corrían tomadas de la mano por todo mi cuerpo. No sabía qué más podía pasar, estaba incomunicado y lo único que nos quedaba a todos los reporteros era buscarnos, encontrarnos y mantenernos siempre juntos. La amenaza era latente y yo estuve a punto de renunciar. ¿Pero cómo, si todos los accesos estaban resguardados por los policías? Los callejones eran peligrosos a esa hora y con esa tensión.

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Ese día parecía ser un sábado cualquiera (7 de enero de 2017). Aunque no hay días cualesquiera ni todos los días pasa lo mismo, me desperté pensando que cumpliría mi jornada laboral como cualquier otra. Pero la alerta comenzó cuando me llegó la orden de que teníamos que ir a Rosarito porque las cosas se estaban saliendo de control y no había nadie allá de nuestro medio. Se trataba de una manifestación pacífica por parte de un grupo de manifestantes en contra de la alza a la gasolina y tenían tomada la planta de Pemex que abastece a gran parte de la región. Era un desalojo. Era algo común que en mi tierra, Michoacán, se vive a cada momento y no me tomó por sorpresa pensar que “las cosas se estabas saliendo de control”. Tomé mis cosas y una chamarra para protegerme del frío si así lo requería y abordé un taxi directo a Rosarito. Mi amigo y compañero fotoreportero Joebeth Terríquez ya iba en camino con anticipación. Las dos o tres veces que había pasado por esa ciudad habían sido como simple turista y, a pesar de lo que se veía venir, no esperaba un ambiente distinto.

Durante el trayecto la gente hablaba por celular, todos parecían estarse reportando con sus familiares para decirles que estaban bien, que el taxi tomaría una ruta distinta a donde se encontraba el conflicto. Pensar que yo iba ahí, al conflicto, me erizó la piel y comencé a sentir esa sensación de nervios que pasa cuando no sabes a lo que te vas a enfrentar, pero que sabes bien será algo muy diferente al espacio de confort en el que te habías encontrado. Una persona me explicó dónde me tenía que bajar y que ruta tomar para llegar al lugar. Había que cruzar por un puente peatonal y cruzar unas cuantas calles para llegar a mi destino. “¿Pero a qué vas? Allá se están agarrando a madrazos”, me dijo esa persona. “Soy reportero, y tengo que cubrir el evento”, le respondí, y bajé del taxi todavía con un poco de malestar por la noche anterior que salí con otros amigos reporteros.

En el puente peatonal había varias personas observando desde arriba. A lo lejos el mar de Rosarito resplandecía claro y puro. Arriba de nosotros sobrevolaba un helicóptero de la Policía Federal y entre el mar y el puente peatonal se observaba un tumulto de personas alardeando cosas que a la distancia eran incomprensibles. Bajé del puente y caminé pensando infinidad de cosas; no había desayunado, no traía agua, no traía nada para cubrirme del sol. Mientras caminaba hacia el lugar me enteré que a mi amiga la periodista Laura Sánchez Ley (en ese entonces reportera de El Universal) y su esposo también periodista freelance Luis Alonso Pérez (colaborador de Animal Político), habían sido brutalmente golpeados y que al amigo fotoreportero Jesús Bustamante (del periódico Frontera) también lo habían agredido con gas pimienta. Eso me hizo pensar entonces que la situación era mucho más grave de lo que suponía y en cuanto llegué fui a buscar a mi amigo Joebeth. Lo primero que vi fue una valla enorme de Policías Federales muy bien formados, además de elementos de las policías municipales de Rosarito, Tijuana, la Estatal y algunos Ministeriales. En ese momento la situación era tranquila, alguna consigna por aquí y otra por allá por parte de los manifestantes, pero sobre todo mucho diálogo entre ellos.

Había señoras, niños, personas de la tercera edad, jóvenes, señores, maestros, cholos, gente de pueblo reclamando el alza al precio de la gasolina que, días atrás, se había unido para bloquear la planta de Pemex que se encuentra en el lugar, lo cual estaba provocando cierto desabasto de combustible en la región de Tijuana y Tecate. Ahí me enteré que por la mañana los habían desalojado violentamente de las instalaciones y que en ese operativo, tanto Laura, Luis y Jesús habían sido agredidos. La gente se había reagrupado pero ya en el bulevar Benito Juárez, a unos metros de donde se encontraban en un principio.

Era medio día y el sol resplandecía. No había comido nada, la ausencia de alimentos y el clima me estaban haciendo estragos, cosa que no me preocupó porque sabía que antes de las 4 de la tarde tenía que regresar a la oficina para hacer la guardia subiendo notas al portal de la Agencia Fronteriza de Noticias (AFN), medio en el que trabajaba en ese entonces. Así pasaron las horas, sin mayor percance más que mi preocupación por llegar a la oficina, ya que yo había tenido que cubrir a un compañero y no tenía por qué haber estado ahí ese día. Decidimos entonces retirarnos del lugar y me comuniqué a la oficina para avisar que ya estaba en camino. Me dijeron que no, que necesitaban a alguien ahí Rosarito, por lo que pudiera pasar, y que ya otra persona me cubriría en la oficina, así que regresamos al lugar. Fuimos a buscar algo que comer pero estaba todo cerrado. Solamente una pizzería estaba abierta pero, antes de meternos al local, observamos a lo lejos que había mucho movimiento entre las personas y la policía.

“Les acaban de advertir (la Policía Federal) que tienen 10 minutos para dispersarse a los manifestantes”, me dijo otro amigo reportero Daniel Ángel (colaborador en Síntesis TV y Newsweek en Español Baja California). Me preparé entonces con mi celular para hacer una transmisión en directo a través de la página de Facebook de la agencia, tenía poca pila, pero pensé que aguantaría para cubrir lo que todos entendimos que vendría tras la amenaza. Saqué mi gafete de prensa y me lo coloqué en el cuello, acomodé mi chamarra y mis cosas en la mochila, y me quedé atento a lo que pudiera pasar. Minutos después, la orden se escuchó y los elementos de seguridad que hacían la valla comenzaron a marchar lentamente hacía los manifestantes. “Es una manifestación pacífica”, “Tranquilos, no estamos haciendo nada”, “Ustedes también son pueblo”, gritaba la gente mientras los policías seguían avanzando.

En cuanto los elementos toparon con algunos manifestantes, sacaron macanas para dispersar a la gente. Muchos comenzaron a correr y lo que era una valla de policías “bien estructurada”, se convirtió en una jauría de perros que comenzó a correr tras los manifestantes. Yo traía mi celular en mano documentando lo que sucedía y corrí junto con los manifestantes. Era la primera vez que me encontraba en una situación así y lo que mi impulso me dictó fue tratar de cubrirme de las piedras que los manifestantes ya lanzaban y que los policías también devolvían. Comencé a ver patadas, a escuchar gritos y balas antimotines (de goma). Por un lado vi golpes, lágrimas, sangre, mucha sangre y más que aterrorizado estaba desorientado sin saber hacia dónde dirigirme. Erróneamente corrí hacia donde iban los manifestantes y vi como venían los policías tras de ellos, con piedras, con pistolas lanzando balas de goma, algunas de ellas me pegaron a la distancia y entonces me resguardé atrás de un muro. Dos piedras de dos ministeriales llegaron a mí sin lograr impactarme y me salí de ahí en dirección contraria, como los salmones. Corrí hacia donde estaban los policías porque ahí estaban otros de mis compañeros periodistas. “Vamos, vamos, a chingarlos a todos”, gritó un policía que estaba a mi lado y avanzaron todos como si fuera una horda llena de rabia.

“¿En qué momento va a parar todo esto?”, me pregunté. Estaba asustado, pero la adrenalina me llevaba a estar en el momento tratando de documentar todo lo que sucedía. Vi varias personas siendo sometidas con golpes, patadas, macanazos, incluso cuando ya estaban en el suelo. No les bastaba con agarrarlos, había que ponerles en su madre como para saber que así estaban cumpliendo con su encomienda. En los callejones golpeaban más personas, los policías pateaban las puertas de las casas. Por momentos solamente escuchaba “soy prensa” y corría siempre cuidando mi gafete. Avanzamos varios kilómetros hasta que la gente se dispersó, los rondines llegaron incluso hasta la carretera Escénica que va rumbo a Ensenada, donde las policías seguían deteniendo a quien se cruzaba en su camino.

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Todos los reporteros que estábamos cubriendo el evento nos reencontramos en el punto donde comenzó todo el conflicto, en la salida de la planta de Pemex. Parecía que había vuelto la calma. Ya eran más de las 5 de la tarde y parecía que ya estaba todo “bajo control”. Algunos compañeros todavía andaban dispersos y tratábamos de comunicarnos con ellos para saber que estaban bien. Por fortuna todos estaban sanos y salvos. Ante la situación ya tranquila, algunos compañeros se retiraron y otros más llegaron luego de que se corrió la información de lo que estaba sucediendo. Había que reportar todavía el momento en que salieran las pipas de Pemex para abastecer las gasolineras de las distintas ciudades. Fue entonces que mi compañero Joebeth y yo decidimos retirarnos ya del lugar para regresar a Tijuana. La pila de nuestros celulares se estaba terminando y había que mandar las notas y fotos de todo lo acontecido.

La noche estaba llegando y la oscuridad se hacía presente. Estábamos por marcharnos del lugar cuando comenzamos a escuchar consignas y a lo lejos un grupo de personas se aproximaba nuevamente al mismo sitio. Todos nos quedamos con cara de “no mames, esto va a continuar”, mientras una bandera de México ondeaba en uno de los semáforos. Era un grupo más pequeño que el anterior, quienes decían venir “en son de paz”. La mayoría de ellos eran jóvenes y muchos venían de Tijuana para apoyar la manifestación. Incluso uno de ellos les regresó un escudo a los policías y otro les obsequió un pañuelo blanco para demostrar que todo era de manera pacífica. La valla de policías se integró nuevamente y los manifestantes comenzaron a lanzar consignas de inconformidad ante el incremento de la gasolina.

Tras la experiencia anterior y pensando que los “nuevos” manifestantes no hacían nada más que expresar su sentir, me relajé un poco de la tensión que me había provocado el enfrentamiento anterior. La pila de mi celular ya no me daba para grabar más, ni siquiera para una foto, así que lo guardé y solo esperé a que se resolviera el conflicto o continuara la noche. Entonces salió nuevamente el entonces Comisario General de la Policía Federal en Baja California, Pedro Hernández Hernández, para advertir a la gente que se retirara del lugar porque querían dejar salir las pipas para abastecer de gasolina a las ciudades. Los manifestantes se resistieron bajo la consigna de que se trataba de una manifestación pacífica y continuaron en el lugar.

Minutos después se volvió a escuchar una nueva orden de dispersión y los policías avanzaron, pero ya no de forma “coordinada”, sino contra quien se encontraba en su camino. Yo ya no tenía con qué documentar y ante la incertidumbre lo que pensé fue en replegarme con los compañeros para no estar solo. Los policías madreaban a todos los que detenían, incluso cuando todavía por un megáfono algunas personas pedían la calma. Ya estaba totalmente oscuro y a los policías no les importó que fueran niños, señoras o personas de la tercera edad, o que fuéramos prensa. Todos los elementos de seguridad empezaron a soltar golpes a diestra y siniestra. Fue cuando me percaté que a mi amigo el reportero Iván Molina (del periódico Frontera), lo estaban sometiendo entre tres policías. Él les decía que era prensa, que lo soltaran, pero no cedían. “Tu gafete wey”, le grité. No sé si me escuchó pero como pudo sacó su acreditación que traía sobre el cuello y se lo puso en la frente para que observaran que era de prensa, fue así como lo soltaron y le pedí que se viniera conmigo, pero él seguía documentando y se movió hacia otro lado.

La tensión creció y yo no sabía qué hacer, pensaba que en cualquier momento recibiría un golpe o sería uno de los detenidos, así que corrí hacia donde observé que varios policías tenían sometida a una persona en el suelo mientras con sus botas le restregaban la cara en el suelo. A lo lejos me pareció ver que se trataba del reportero Daniel Ángel y me acerqué para cerciorarme. Efectivamente era el reportero de Síntesis TV a quien tenían en el suelo. “Es de prensa”, grité exaltado. Pero les valió madre y traté de buscar a alguien de los compañeros para que hiciéramos paro. Vi entonces como al “Ville”, camarógrafo de Televisa, le estaban impidiendo grabar la escena aventándolo con sus escudos, tratando de arrinconarlo contra la pared. Grité nuevamente “él es de prensa” y los oídos se hacían sordos. A la escena se acercó Armando, camarógrafo de Síntesis TV y le dije: “Wey, es el Daniel, no mames, lo tienen en el piso y lo están madreando”. Cuando observó los hechos comenzó a grabar pero los policías le impedían que grabara conteniéndolo con sus escudos y algunas lámparas incandescentes que obstruían las grabaciones. Se acercó también Jorge Nieto, camarógrafo de Imagen Televisión, para documentar los hechos.

En ese momento sentí un fuerte golpe en mi espalda baja, del costado izquierdo. Grité “no mames” y mi reacción fue voltear para ver de qué se trataba, cuando sentí otro madrazo pero del lado derecho. Entonces escuché que alguien dijo: “A este cabrón también llévenselo”, era un policía federal que estaba justo frente a mí. Le dije: “Soy prensa, soy prensa”, pero no le importó y uno de sus compañeros me tomó del brazo izquierdo para someterme, como queriendo ponerme el cincho. Volví a decirles que yo era prensa y el que estaba a mi derecha tomó mi gafete con su mano y comenzó a jalonearlo, como queriéndolo arrancar. Lo hizo varias veces sin éxito y les dije: “No mamen, soy de prensa, por qué me golpean”, mientras me metían varios madrazos en la espalda y en las piernas como para debilitarme y bajarme al piso. No era la primera vez que me madreaba un policía, ya dos veces antes lo habían hecho pero yo en calidad de civil. Pensé en las posibles repercusiones si me rompían mi gafete, el hecho de no poder identificarme les daría la pauta para que me madrearan bonito si lograban someterme y llevarme detenido. Pero me repuse y logré zafar mi mano derecha, con la cual agarré mi gafete y se lo puse en la jeta al policía que tenía frente a mí. “Soy de prensa”, grité con un montón de coraje y me soltaron otros madrazos en la cabeza. Me preguntó entonces mi nombre y se lo dije. “No mames, tú eres uno de esos pendejitos que andan aquí de revoltosos desde la mañana”, me contestó el policía. “Soy de prensa, no mames”, le dije nuevamente. “Ahora resulta que todos se creen prensa, que cabrones”, me contestó y pidió que me soltaran.

En cuanto me soltaron me dirigí nuevamente a ver dónde y cómo estaba Daniel, pero ya lo llevaban entre varios policías. Ahí me encontré a Alfonso Elenes, reportero y camarógrafo de Uniradio y Uno TV, quien estaba siendo amedrentado por varios policías federales y ministeriales. “Es por tu seguridad cabrón, retírate, es por tu seguridad”, le decían. Elenes no respondió a la intimidación y siguió grabando. Pero seguían jodiendo que dejara de grabar porque era por su seguridad y él les dijo que solamente estaba haciendo su trabajo. Fue entonces que uno de los elementos se le acercó y le dijo: “Ya deja de grabar cabrón, retírate”, mientras le jaloneaba su cámara logrando tirarla al suelo y otros de los policías tomaron el lente de la misma. A empujones nos sacaron de esa parte de la calle y yo me moví rápidamente para buscar un lugar donde no pudieran amedrentarme. Pero no sabía qué hacer. Mi inexperiencia en este tipo de casos y el temor a volver a ser agredido me contagiaron y lo único que pude hacer fue correr hacia el otro extremo de la calle.

Tenía miedo. Tenía también el antecedente de mis amigos Laura, Luis y Jesús y no quería ser una víctima más después de todos los madrazos que ya había recibido. Buscaba por todos lados a mi amigo Joebeth y no lo veía. Fue entonces que a la desesperada, y con la poquísima batería que tenía en mi celular, compartí un mensaje en Facebook para informar que los policías ya se habían metido con la prensa y que nos estaban golpeando, esperando que a alguien le llegara el mensaje. Parecía que habían esperado la noche para empezar como perros a cazar a sus presas. Parecía que la instrucción había sido ir contra todo aquel que se moviera esa noche. A cualquier lugar que me movía tenía que gritar “soy de prensa” para que no me hicieran nada. Era un caos total, ya no sabíamos si era un operativo para dispersar a la gente o para someter a todo aquel que estuviera presente en el lugar.

Conforme la situación se fue tranquilizando y la gente se fue alejando, nos comenzamos a replegar todos los reporteros. Sabíamos bien que algo andaba mal y era riesgoso estar dispersos e incomunicados. Estábamos encabronados, emputados porque todos habíamos sido víctimas y testigos de la golpiza que les dieron no solamente a las personas, sino a nosotros mismos. Queríamos respuestas inmediatas y nos dirigimos hacia el contingente de policías queriendo encontrar al coordinador de la Policía Federal. Estábamos tensos, buscando soluciones, hablando de todo lo sucedido y todos teníamos algo qué decir de lo acontecido. Estábamos encabronados. Se nos coartó la libre acción y el derecho de ejercer nuestra labor de informar. Nos golpearon, nos ultrajaron, nos sometieron y nos sobajaron. Había un descontento generalizado entre periodistas y un amargo sentimiento por todo lo que vivimos en esos momentos. ¿Cómo era posible que eso estuviera sucediendo? Más de 15 periodistas golpeados en un mismo lugar sin importarle el más mínimo respeto. Yo seguía teniendo miedo, estaba incomunicado y pensaba en la preocupación que podían tener en ese momento mi novia, familiares y amigos por ese mensaje que había compartido en Facebook. Estábamos sobre todo indignados por la situación.

***

Mi amigo Joebeth y yo nos subimos al carro de Armando para regresar a Tijuana. Estábamos decepcionados, contrariados, pensativos. Estábamos golpeados física y moralmente. Joebeth, Ivan, Laura, Luis, Jesús, Daniel, Elenes, Armando, Ville, Julieta, Gaby, Jordi, Nieto, Córdova, Mosso, entre otros, más de 15 reporteros agredidos. Más de 15 voces que quisieron callar en ese momento. Más de 15 comunicadores a quienes no nos rompieron el hocico simplemente porque no nos dejamos, si no, otro cantar y otro contar hubiera sido de aquella tarde-noche en Playas de Rosarito.

Al final de cuentas la autoridad ganó, lograron dispersar a los manifestantes y a la fecha ninguno de sus elementos fue sancionado a pesar de que interpusimos las respectivas quejas ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos, institución que en todo momento nos respaldó, y que Artículo 19 denunció puntualmente los hechos.

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