Por Francisco Velázquez

Mis padres no quisieron regalarme un juguete de los Thundercats el día del niño, porque decían que esas caricaturas no me dejaban algo de provecho. Yo lo quería porque casi terminaba la primaria y en la secundaria ya no celebran esa fecha.

Como mis papás siempre pedían que fuera a la tienda, se me ocurrió quedarme con una parte del cambio de los mandados que hacía, para comprar un Thundercat por mi cuenta.

La primera vez que lo hice, salí por un queso, un refresco y unos bolillos. De la feria que me regresaron, una moneda de diez, otra de cinco, y tres de a peso, guardé para mí las de menor valor.

Así lo hice dos semanas, pero hubo ocasiones en que era imposible. El cambio que me sobraba era poco y debía entregar algo de feria para que no me descubrieran.

Un día que mis papás salieron de casa, entré en mi cuarto y conté el dinero que había juntado: más de cincuenta pesos en morralla.

El juguete de los Thundercats que yo quería, lo vendían en el mercadito de la colonia. Cómo ya tenía el dinero, salí a comprarlo. Pensaba presumírselos a mis amigos de la escuela.

Sin embargo, cuando iba caminando cerca de una cantina, observé que la puerta de la casa de al lado estaba abierta.

Ahí vivían unas morritas que a veces encontraba en la calle cuando salía a la tienda a comprar algo.

Me acerqué para leer el anuncio de la cartulina que había pegada: “Chitara, la felina cósmica, conózcala sólo hoy”.

Mis padres decían que nunca entrara en esa casa, pero ese día entré aunque sabía que los Thundercats no existían.