Por Ivánn Herrera

La bala que nos pasa rozando provoca temblores. Por lo demás, estamos acostumbrados a que los disparos y los gritos de auxilio resuenen en un allá bastante lejano que difícilmente, si acaso, localizaríamos en el mapa con precisión. Y no es una referencia a conflictos de otros países. Dentro del vasto territorio mexicano -incluso en nuestra propia ciudad- existen lejanías muy extranjeras.

Hoy la bala regresó obediente como bumeran, al cuerpo de quien lo lanza. Se dice lo anterior en alusión a la ciudad y no a las víctimas directas, quienes estaban lejos de merecer un ataque así de violento. Es -somos- Nuevo León quien sigue jugando con el bumeran (social, político, económico, etcétera) como si nada sucediera.

Algunos cuestionarán la conmoción inaudita ante un hecho hasta ahora aislado, cuando las calles de Monterrey siguen a telón abierto ofreciendo el baile sádico de todos los días. ¿Qué crueldad prefiere el inconsciente para horrorizarse? Sobra un título universitario para intuir que dos tipos de maldades activan el razonamiento convenenciero: las injusticias distantes que por esa misma condición automáticamente nos exculpan. Y la posibilidad de que la tragedia se encuentre afuera tocando la puerta de nuestra casa.

Un niño saca una pistola y le dispara a su maestra y compañeros de clase en una zona urbana acomodada. Valdría la pena dejar la imagen ahí: un estudiante de secundaria privada dispara en el salón. El resto de la información ni siquiera hay que buscarla, llegará sola, como las malas noticias. ¿Qué hay detrás del fuego planeado?

Reaccionar para salvarnos el pellejo parece sano y natural. De forma curiosa, el lamento solidario y el impulso fraternal nunca se cruzan con las desgracias vecinas. Al contrario, da la impresión de que entre más cercana la adversidad, menos responsabilidad sentimos.

Para asomarnos a una posible verdad quizá debamos despegar la vista un rato de las páginas de un libro, donde la soberbia intelectual crece con cada párrafo. Quizá debamos voltear en otra dirección a la de la pantalla del celular, donde las imágenes son creadas a modo maquiavélico.

Habría que hacer uso de un objeto menos complejo y más barato. El espejo es democrático: escupe la mayor porción de verdad a todos por igual y sin escrúpulos. El espejo es leal por su incapacidad de editar o maquillar lo proyectado. Si somos presos de la desesperación debido a su réplica, la fragilidad del espejo permite romperlo de un golpe, sin dejar de recordarnos en cada vidrio roto que la agresión fue en contra de nuestro reflejo.

Se ocupa poca valentía y mucho cinismo para hablar de política -aunque no más que para ejercerla- como usualmente lo hacemos. Limitado por la ignorancia, en esa conversación solo podría parafrasear a un músico español: el primer acto político es el trato que tenemos con el otro. No hay mayor revelación social que la arrojada por la convivencia. Y en el trato con quien está a un lado de nosotros, quizá todos tengamos saldo en números rojos.

Más allá de una cuestión moral, el desafío pareciera recaer en, intentar al menos, distinguirnos un poco de la clase que ostenta el poder, cuyo cinismo es apocalíptico. Las similitudes entre ciudadano y gobernante abundan, mientras las diferencias residen solamente en el impacto de la bajeza y sus consecuencias. Ciudadano y gobernante suelen conducirse de forma parecida: mentimos, abusamos, despreciamos. La valiosa distinción es una pizca de remordimiento. Una persona -tal vez por su carácter de dominado- está dispuesta, de vez en cuando, a reconocer errores y pedir perdón. Por eso la petición de sustituir a unos políticos por otros, genera tanta duda. Cualquier político inocente lo es ante la ley por el sutil hecho de que no ha sido bien investigado ni procesado (al igual que un ciudadano es inocente hasta que esculcan sus cajones). Es fácil y odioso generalizar, pero, ¿quién negaría que un comportamiento diferente al descrito es una excepción casi divina?

Sabemos de los hallazgos macabros que hay en el poder; en sus maletines, sus bolsillos y sus culpas: esqueletos, sangre, saqueos, traiciones, adicciones, violaciones, por nombrar algunas cosas. Por eso la gente desea que el operativo “Mochila Segura” se extienda desde las aulas hasta el congreso. Porque concluye la gente -con disculpa a los infantes- que eso son nuestros políticos: niños con pistolas; y que tienen sus cañones apuntando hacia nosotros.

Acribillados por el desdén colectivo nos llegó el día en que la ciudad, atemorizada, tembló ante lo que podría llevar un niño en su mochila. Es comprensible sospechar del prójimo. El ritmo vertiginoso del mundo luce imposible de soportar (quizá nuestros nietos serán capaces de sobrellevarlo, aunque eso implicaría hablar de seres humanos transformados). Y en medio de tantas palizas emocionales, exigencias de victoria, y constantes humillaciones, a veces a mí también -a quién no- me atrae la idea de jalar el gatillo.