Por Manuel Noctis

Una ocasión un músico, ya de grandes ligas y muy querido en el ámbito del rock, me dijo que los escenarios le dan pavor. Me platicó que cuando sabe que tiene que tocar ante cientos de sus fans (aunque en realidad lo hace para miles) la sangre le revolotea y que, por lo tanto, cada vez que debe salir al escenario, tiene que tomarse 8 cervezas. No más ni menos. Sino 8 cervezas, las cuales le ayudan siempre a estabilizar sus emociones y a perfilarse con ánimos de cordura para ofrecer un show de calidad. Como lo ha venido haciendo desde hace más de 30 años con su banda.

Después de esa anécdota, me encontré con la noticia de que “El Chicharito”, afamado futbolista mexicano, estaba en un dilema porque en el país donde juagaría su equipo son de una religión distinta al catolicismo férreo que muestra este jugador. La cuestión fue que, Javier Hernández, nombre de pila del futbolista, cada que sale a la cancha realiza una oración hincado en medio del campo. Aquella ocasión se mencionó que esa acción podría considerarse una ofensa para la afición rival. Pero el Chicharito respondió al hecho de que solamente se trataba de una especie de ritual, el cual realiza siempre antes de comenzar un partido, por lo que nada tenía que ver con las creencias de los demás.

Estas dos situaciones, y otras tantas que quedan en el tintero, me llevaron a pensar que cada una de las personas, o la mayoría de ellas, antes de realizar su trabajo practican una especie de ritual que cumplen cabalmente, no como rutina, sino como una forma de exorcizar sus demonios internos. No porque ello signifique hacer las cosas mejor, sino más bien por el hecho de acomodarse, acoplarse y encaminar lo que posteriormente van a desarrollar.

Pero, si así lo hacen algunos músicos y los futbolistas, pensé entonces ¿cómo lo hacen los escritores, sean literatos o enfocados al periodismo? ¿Cuál es el ritual que ellos siguen antes de comenzar a escribir? ¿Hay algo especial que cada uno de ellos realice antes de sentarse y enfrentar la máquina donde plasmarán su escritura? Esta y otras curiosidades que me llegaron a la mente me las respondieron algunos personajes que se dedican a la reporteada, la crónica o la escritura de ficción y esto fue lo que me dijeron:

Arturo J. Flores               

Periodista, escritor y standupero. Editor en jefe de la revista Playboy México. Autor de libros como Fuck me Nancy, Provocaré un diluvio, Cuentos de hadas para no dormir y Como una sombra vil: macabras fantasías de muy altos decibeles.

La pregunta me remitió al nombre de un disco de Jane’s Adiction: Ritual de lo Habitual. Cuando trabajas para un periódico o una revista, sabes que no hay tiempo para ponerse místico. Todo urge. Siempre es “para ayer”. La única cábala que admite la vertiginosa exigencia de un medio es la de persignarse –aún siendo ateo– antes de dar el primer teclazo, para no cagarla.

Sin embargo, después de casi 20 años de pergeñar textos en medio del griterío de mis editores, el incesante repicar de los teléfonos, el asfixiante humo del cigarrillo (en este ínter, yo dejé de fumar y prohibieron hacerlo dentro de los edificios), el aroma del café reciclado y las risotadas de viejos lobos del periodismo con los que me tocó crecer… me percaté de que todo ese caos representa mi ritual para redactar.

Una vez intenté escribir una crónica en casa. En silencio, con una taza de té. Desconecté el teléfono. Puse música clásica. Organicé mis transcripciones, mis mapas mentales y mis notas en la mesa. Fue terrible. No conseguía concentrarme. Fue incapaz de escribir una sola línea. Ahí entendí que un reportero necesita de la presión para crear. La paz sólo llegará cuando muera.

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Hilario Peña

Escritor y guionista. Ganador del Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero 2016, con la novela Cornelio Callahan. Autor de libros como Págale al Diablo, Juan Tres Dieciséis, Chinola Kid y Malasuerte en Tijuana.

Por más que le di vueltas al asunto, no se me ocurrió nada interesante, excepto que me bebo tres jarras de café bien cargado y sin azúcar por la mañana, mientras chambeo, acompañado de un chocolate milky way, y ya luego cierro mi changarro por completo a las once y media de la mañana.

Solía escribir de madrugada, todos los días, antes de irme a chambear a las maquilas. Si tengo que entregar algo que es muy urgente le pego un poco por la tarde, con un six o un trago. Nunca de noche. Ni antes ni ahora.

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Magali Tercero

Cronista urbana y cultural. Es autora de Cuando llegaron los bárbaros… Vida cotidiana y narcotráfico, San Judas Tadeo, santería y narcotráfico y Cien freeways: D.F. y alrededores. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez FIL 2010 con “Culiacán, el lugar equivocado”, publicado en Letras Libres.

Desde octubre pasado (2016) cambié mis ritos de escritura debido a un bloqueo momentáneo. Abandoné el escritorio y adopté un lugar muy grato, con vista a La Alameda del centro de la Ciudad de México, música rica y, sobre todo, meseros que respetan la concentración del comensal. Hoy 6 de enero iba a ponerme los audífonos para retomar una crónica sobre Oaxaca, tan convulsa, cuando dos de 18, a quienes gané “mi” mesa sin darme cuenta, se pusieron a hablar de comida. Nada me gusta más que comer y hablar de platillos, sobre todo cuando estoy en el proceso de confeccionar un texto.

El chico más fornido, el que sonrió amable cuando me disculpé por gandalla, prometió al de cabello rizado enseñarle a hacer arroz. Me dieron ganas de contarles que en 1o de secundaria mi madre me puso, durante las vacaciones, a cocinarles a mis cinco hermanitos menores. Inventé toda clase de platillos: arroz al ajo con un shingo de ajos en recaudo con cebolla y medio cuadrito de Knorr Suiza y picadillo al clavo, por ejemplo. Qué buenos recuerdos. Mucho tiempo después mi papá, viudo desde tres años antes, quiso festejar sus 50 con mi arroz al ajo. Qué orgullo porque su carne a la tártara y su bull shot (coctel con vodka, consomé de ternera, sal, pimienta negra molida y salsa Tabasco), eran bocatto di cardinale.

Pero hablaba de escribir. Siempre he asociado la escritura a la Olivetti Lettera 22, la maquinita compacta donde mi padre cocinaba sus editoriales todos los domingos. En ese tiempo me inventé arroces al apio y a la espinaca, inclusos a la sardina. Me gusta cocinar, es cierto. Sobre todo cuando invento algo. Nunca sigo una receta, lo cual es absurdo. Con la escritura es distinto. “La técnica otorga libertad para crear”, me dijo Mario Lavista, cuando lo entrevisté sobre la enseñanza de la música en México. No sabría decir si supe seguir este gran consejo. Sólo sé que cocinar y escribir son dos tareas equiparables en mi imaginario.”

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Alejandro Almazán

Periodista, guinista y cronista. Ganador del Premio García Márquez de Periodismo 2013, en la categoría de Crónica y Reportaje, por su trabajo Carta desde la Laguna publicado en la revista Gatopardo. Autor de libros como El más buscado, Gumaro de Dios, el caníbal y Chicas Kalashnikov y otras crónicas.

Nunca sigo una rutina a la hora de teclear. A veces, cuando regreso de un lugar en donde la muerte tiene prisa y la impunidad y la corrupción son una costumbre, duermo casi todo un día para que las emociones (el miedo, el asombro, la tristeza, la rabia, la incertidumbre) se asienten y agarren su cauce en la hoja en blanco. En otras ocasiones es tanta la violencia que veo/escucho/siento que necesito escribirlo de inmediato para liberarme de ese demonio. En ambos casos suelo elaborar una especie de storyboard o esquema que me guíe, y a teclear.

Antes, cuando fumaba, colocaba las dos cajetillas a un lado de la computadora y comenzaba a teclear. Hoy tengo una jarra de agua a un lado y zanahorias o jicama (!cómo han pasado los años!). El resto es casi siempre lo mismo: escribir-borrar-escribir-borrar. En algún momento del día me salgo a caminar con mi perro y voy hablando solo, repasando el texto o alguna frase que no me ha llenado del todo.

Cuando termino el texto, lo dejó ahí algunas horas o algunos días (depende el deadline) para que respire y vuelvo a él con ojos de editor: lo rayo, lo cuestiono. Lo corrijo en papel con plumón rojo y sólo hasta entonces bailo imitando a Bruce Willis en la película El último boy scout: baila torpemente en las tribunas del estadio. Toco a Pink Floyd (Coming back to life, Marooned o Learning to fly) o a los Rolling (Beast of burden) o a los Kings of Leon (Arizona o Last Mile Home), o a U2 (Beautiful day).

La parte deprimente del texto también viene al final: la historia está escrita, será efímera, y hay que ir a contar otra.

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Roberto Castillo Udiarte

Narrador y poeta. Primer lugar del Concurso Nacional de Poesía 1984 otorgado por la Fundación de la ciudad de Tijuana en su 95 aniversario por Blues cola de lagarto. Autor de libros como La esquina del Johnny Tecate, Gancho al corazón, la saga del Maromero Páez y Nuestras vidas son otras. Primer traductor de Charles Bukowski en Latinoamérica.

Después de horas, días, a veces semanas de revolotear por mi cabeza un tema a desarrollar (casi siempre motivado por alguna situación o acontecimiento que sucede en la realidad social) y de revisar notas previas escritas en un cuadernillo (o recurrir a otros textos literarios que hablan sobre lo mismo), me instalo frente a la compu, regularmente por la tarde/noche, acompañado siempre por diccionarios (etimológicos, de antónimos y sinónimos), y después de seleccionar musiquita y abrir una botella de merlot o un tempranillo, y una cajetilla de cigarrillos, comienzo la escritura y el entramado verbal que me llevará, comúnmente, dos o tres horas construirlo.

Los días y noches subsecuentes van apareciendo imágenes, metáforas para acomodar dentro del texto y, al mismo tiempo, arreglar algunas frases o eliminarlas, según, para que cumplan el propósito general de lo escrito y soltarlo para que los lectores (por feisbuc o lecturas en voz alta) me digan si les funciona o no.