Por Carlos Dzul

Esther no hace mucho que cumplió los 17 y vive sola. Antes vivía con su abuela pero acaba de morir, la viejita, y los parientes, los hijos, los nietos, todo eso, aprovecharon para repartirse el mobiliario de la casa y luego desaparecieron. Dejaron nada más una cama y un ropero. Dejaron a Esther. A ella no se la llevaron porque estaba loca, de manera que acabó viviendo sola en aquella casa vacía, polvorienta y telarañienta.

Por loca queremos decir errática y rebelde. Desde chica fue así. Se escapaba para andar de vagabunda y cuando su abuela le preguntaba qué andaba haciendo, ella respondía que cotorreando con sus amigochos en los parques. ¿Pero cuáles parques, cuáles amigochos? Hay quienes afirman que la vieron deambulando sola y su alma junto a las vías del tren, aventándole con aire risueño piedras a las flores.

Entraba a casi todos los bailes, por mirar, aunque no bailara.

También había tenido un perro y un hermano. Los dos murieron. Al perro se lo envenenaron los vecinos por envidia, porque estaba muy bonito. Según. El hermano se ahogó, podríamos decir que dos veces, porque primero lo hizo de borracho y después de verdad, es decir para siempre: se metió a nadar al río y no volvió a salir, o sea, sí salió, pero ya muerto. Y también en el periódico. Esther guardaba el recorte.

Decían los parientes de Esther que entre ella (loca) y su hermano (borracho) enfermaron a la pobre abuela, de puras angustias. A la pobre abuela, cada que Esther agarraba la calle, le daban tremendos ataques de nervios juntados con rabia: no era raro que saliera en su pos, machete en mano. Era una viejita muy asustadiza, como suelen ser las viejitas, que no sabía sonreír pero sí regañar y cómo. Por dormir, por comer, por salir, por llorar. Por todo te regañaba, hasta que se murió. Esther la quería, sin embargo, y si la hubieran sacado en las noticias, la muerte de su abuela, ella hubiera guardado el recorte, pero no salió.

Una tarde, a eso de las cuatro, mientras que por divertirse masticaba las uñas de sus manos y escuchaba el sonsonete de la lluvia, el tableteo de una lluvia que había sido intensa contra el techo, que era de lámina, Esther, la huérfana, vio con asombro, pero un asombro inmóvil, blanco, la figura de un muchacho en la ventana.

Este wey se llamaba Ítalo. Güero de rancho, igual que ella, de dientes parejos; fornido.

Invítame a pasar, le dijo.

Ella, sonriendo, respondió que no, por el sólo placer de negarse.

Ándale, dijo el wey.

-Te dejo que entres pero invítame comida-, dijo ella, no en broma.

Porque Esther siempre andaba con hambre, vivía con hambre. Apenas dicho lo anterior le chilló la barriga, como si sus propias tripas apoyaran la moción. Está reloca, Ítalo se dijo.

Y regresó, al día siguiente, trayendo consigo una orden de tacos.

Ya dentro del cuarto (se metió por la ventana, que era nomás un marco de madera con miriñaque, fácil de poner y de quitar) lo primero que hizo, por instinto, fue voltear a ver al techo de lámina, antes que otra cosa, antes que mirar a Esther, incluso, y lo que descubrió allí fueron telarañas, lagartijas y goteras. Luego volteó a ver el piso, donde había pequeños charcos y unas cucarachas chiquititas recién nacidas.

A lo último se fijó en Esther, que estaba medio acostada en el camastro, con la cabeza encima de la palma de una mano, envuelta entre las colchas mortecinas, olorosas a orín. Lo miraba.

Ítalo le dio los tacos, ella se los despachó en un tris y luego él se recargó contra la pared y se desrecargó y dio algunas vueltas y vio que había cero muebles en la casa, excepto por la cama y por un ropero viejo sin puertas, en el interior del cual guindaban tres lánguidos, polvosos vestidos, que habían sido de la abuela muerta. Esther no los usaba pero los olía mucho y observaba. ¡De qué podían platicar estos dos animales! De nada, y sin embargo, platicaron, platicaron largamente, de música ( sic) y de razas de perros. Esther a cada rato jijiji jejeje, y su risa continua al ingenuo de Ítalo le provocó emoción pues creyó deducir que ya la estaba conquistando, pero al poco rato comprendió que más bien Esther se carcajeaba por cualquier cosa, por un recuerdo, por una palabra, hasta por una inflexión de voz y en ese momento se asustó, pero fue un susto fugaz.

Al día siguiente volvió con más tacos. Al siguiente fue un paquete de donas glaseadas. Al siguiente una torta. Después un yogurt, un panecillo. Como forma de agradecimiento, Esther le mordía el hombro, los dedos de una mano, la oreja. Lo mordía.

Y en lo que ella ñam ñam ñam regaba las migajas por doquier, lanzando eructos, no curándose de la impresión que Ítalo pudiera formarse, éste le hacía la plática; le preguntaba si había soñado alguna cosa, cómo se llamaba su mamá…

-¿No quieres ir al cine?

-Sí, desde chiquita quiero.

-¿Nunca fuiste?

-Una vez pero no me gustó la película, era de borrachos, puag, y de ladrones.

-Cuando digas vamos, hay una de risa.

-Pos orita digo.

-Bueno, ahorita ahorita no se puede porque no cargo lana.

-Ok- dijo Esther y le pegó en el hombro; su hermano, El Dos Veces Ahogado, hacía mucho eso de pegar en el hombro.

-Mientras…

-Mientras qué…

-Nos desnudamos.

-¿Para qué?

-Para hacer el amor. ¿No quieres hacer el amor?

-¿El amor?

-El amor- dijo el muchacho, tomando entre sus dedos el mentón de ella. Con la otra mano le bajó una tira del vestido.

-Mañana.

-Mañana mañana. Si me odias dímelo. Ya no regreso.

-No.

-No qué.

-No.

Los parientes de Esther, los tíos y tías, los hermanos de su madre (a quien por cierto ella nunca conoció) la visitaban de cuando en cuando para ver cómo se hallaba y para cerciorarse de que no hubiera cometido ninguna brutalidad, como suicidarse, por ejemplo, lo que hubiera sido muy embarazoso para todos ellos. No se estaban mucho; una hora, cuarenta minutos, algo así. Estacionaban frente a la casita sus vehículos blancos o rojos, de los cuales iban saliendo todos olorosos a perfume, a jabón, y durante el rato que estaban de visita se las arreglaban para regañar a Esther por hasta el más minúsculo detalle: porque no barría ni trapeaba, por ejemplo, porque tenía una mancha en su vestido, porque le olía la boca, por una lagaña. ¡Ya estás grande!, era una de las frases más repetidas. Y “Cerrrda”, era otra, aunque “cerda” es más bien una palabra.

Una de sus tías (Roxana), por poner el caso, una mañana descubrió junto a la puerta un charquito de orín:

-Qué cerda eres, QUÉ CERRRRDA.

Oinc oinc hizo Esther. De premio recibió una bofetada.

De cuando en cuando, la verdad sea dicha, los parientes también le llevaban comida, panuchos o medios pollos que Esther devoraba en un tris o si no, le ponían en la mano billetes de cien, cincuenta pesos.

Ítalo y Esther hicieron el amor una mañana de domingo, nublada y con llovizna, entre las colchas orinadas. Esther tenía el pelo castaño, corto hasta los hombros, los ojos grises, los dientes algo disparejos; delgada.

Fue un sexo torpe, en parte porque ninguno sabía muy bien qué rayos estaban haciendo, en parte porque Ítalo quería nada más imitar escenas de películas que había visto. Le daba de nalgadas, le decía fucking bitch, la jalaba de las greñas. Lo peor es que las tablas de la cama, con su rechinar, parecían burlarse, abuchear todo aquello.

-¿Qué quiere decir foquin…?

-Cállate, perra.

-¡Guau guau!

-Que te calles.

Cuando acabó, por fin, después de media hora, sin esperar un segundo, Ítalo volvió a vestirse, a las volandísimas, que hasta parecía concurso de “quién se viste más rápido”. Había eyaculado como veinte veces, unas dentro y otras fuera, y ya vestido, sentado al borde de la cama, se calmó y se puso a mirar una cucaracha que vagabundeaba por allí, alrededor de un trozo de garnacha.

-¿Estás bien?

-Sí, sí, sí, dijo Esther, arrebujada entre las colchas.

Ítalo, sin más, brincó por la ventana, desapareció.

Esther, a media noche, despertó sola y sorprendida, ¿por qué sorprendida? Porque estaba llorando, ella que nunca lloraba; sintió unas cosas tibias en su rostro y las desbarató con los dedos, pensando que aplastaba medusitas o lombrices.

Después, otra tarde, cuando se limpiaba las orejas con un dedo sucio, Ítalo volvió.

No solo. Acompañado de seis o siete amigos. Ni se podía saber cuántos eran con exactitud porque se confundían entre ellos, de tan iguales que eran: verga verga verga, decían al unísono, como una sola voz con varias bocas. Verga verga verga. No sabían decir otra palabra. Usaban gorras y cadenas. Pantalones guangos y gafas de sol. Ítalo era güero de rancho pero sus amigos no, sus amigos eran muy morenos o de plano negros. Más de veinte años no debían tener y cuando Esther les vio las caras, y vio los torsos apretujados contra la ventana, desde luego, se asustó (¡pensó en serpientes!), pero ya recuperada les dijo: no entren aquí, oigan. Vamos a pasar, dijo Ítalo, como si él mismo no pudiera evitar eso; entretanto sus amigos echaron a reír y dijeron verga verga verga. No, gimió Esther, no entren. ¡Que sí, verga!, dijeron aquellos. Uno pateó la ventana, que se fue al suelo, descalabrada, y fum entraron igual que la brisa. Pero Esther corrió también como la brisa. Corrió por las calles de tierra, amarillas en parte, en parte rojas, en parte empedradas; descalza, ya que no tenía zapatos (¡ni de haberlos tenido los hubiera usado!) corrió hasta llegar a una cancha de fut, un muladar, donde se estuvo un largo rato mirando a unos niños. Luego echó a caminar sobre las vías del tren, arrancando por aquí, por allá, unas florecitas insignificantes, blancas, que fue dejando caer después como si quisiera marcar un camino de vuelta. Cuando vio que estaba por soltarse de nuevo la lluvia, regresó a la casa. La encontró vacía. Levantó el miriñaque, porque estaba tirado en el piso, lo volvió a colocar, se acostó y se durmió. Con hambre.

Ítalo y los Vergaverga, llamémoslos así, la habían esperado impacientes, con ardor, pensando en cuántas cochinadas no le harían y frotándose las… ya se sabe. Mientras la esperaban, por divertirse, mataron cucarachas; había montones. Cuando aplastaban alguna gritaban: verga. Y seguían zapateándole encima hasta que la hacían polvo. Juar juar juar. El jueguito acabó porque distinguieron una pila de cacas junto a la puerta de la calle, en lo que antes fue la sala. Verga verga verga. Varias cacas viejas encimadas.

Qué espantados estaban. Correteaban de aquí para allá, tropezándose unos contra otros.

Ítalo trató de detenerlos: ¡Páguenme, coño!

¡Ni verga!

Le pegaron, sí. Le rompieron un poco la boca, le zafaron un poco la rodilla, antes de largarse. Ítalo, a los pocos minutos, hizo lo propio, sólo que antes hubo de levantarse trabajosamente del piso y  mirar su cara rota en el espejo del ropero (también roto).

Esther al regresar vio las gotitas de sangre, las admiró durante horas (como si de un programa de televisión buenísimo se tratara), ella misma estaba empapada de gotitas de llovizna y por la noche, mientras diluviaba, tuvo la famosa pesadilla (famosa para ella, que nunca la olvidó). Soñó que vivía sola, en un palacio en ruinas que además olía feo. Soñó que se volvía loca, pero de una locura gélida, que tenía la forma de un grito que nadie escuchaba, de unas escaleras que ella intentaba subir pero que nunca nunca terminaban.

Cuando despertó…

¿Esther?

Una de sus tías, la de nombre Silvia, llegó a visitarla. Puede que fuera domingo.

¿Esther?

Les preguntó a los vecinos pero nadie supo. Algunos ni creían que en esa casa abandonada hubiera vivido una muchacha igualmente abandonada y huérfana. Doña Silvia volvió a su coche, penúltimo modelo, y tornó a dar vueltas y vueltas por la colonia y tras haber dado varias, la vino a encontrar, allá por las vías del tren: desnuda, comiendo un mango.

¡Esther!

No reaccionó. Tía Silvia (qué espectáculo, por-di-os) la subió al carro a punta de empellones y en el camino (la Casa fue rematada al poco tiempo) Esther sólo dijo dos frases que no por verdaderas dejaron de causar escándalo.

“Voy a ser mamá”, Cállate, cállate.

“Mi hijo será un gato”: Hija del de-mo-ni-o.

Aquí hay un fundido a negro.

Luego hay una reunión de parientes.

No podemos pasar por alto el hecho de que el niño nació normal, con sus brazos y sus pies y una mente que funcionaba como un reloj, y que fue adoptado por Alicia, otra de las tías, quien por cierto era profesora de literatura. Por cierto.

Marcos, lo llamó, por Mark Twain.

Tenía los ojos claros de su padre. ¿Quién era su padre? Nadie se ocupó de preguntar.

Y luego vienen los días que pasó Esther en el manicomio, antes de morir, que deberán ser contados en otra ocasión.