Por Alfredo Padilla

Llegué temprano al mundo de los gitanos, apenas a los ocho; corría el año de 1987, en aquellos días tenía muy pocas preocupaciones y muchas ganas de ver por de bajo las faldas de las romaníes que se instalaban acompañadas de sus consortes en un solar baldío detrás de mi casa.

Cuando vi desfilar por primera vez aquellas hembras frente a nuestro domicilio, sentí que la mitad de mi cuerpo se endurecía, comenzaba a sentir todo tipo de malestares que para un mozalbete resultaban insólitos: espasmos, escalofríos, vértigos y erecciones. Era los más cercano a estar frente a la efigie de la mujer barbiluenga, algo que te producía repulsión, pero que de alguna manera no podías dejar de ver, pagabas por ella. Lo recuerdo con claridad, las más jóvenes escondían unas generosas nalgas de ensueño bajo esas faldas de telas rayadas que hocicaban el suelo, las más timoratas solo manifestaban sus tobillos, otras se descubrían las pantorrillas, esas eran las que me gustaban a mí.

Cuando merodeaban por mi fraccionamiento con la intención de leerle la buena fortuna a algún vecino incauto, dejaban en el aire una estela con fragancia a sexo, no sabía exactamente lo que figuraba ese hedor, pero lo descubrí años después en la casa rodante de una trapecista de circo en la misma alquería en donde se asentaban los zíngaros hace más de 20 años. Los hombres se ataviaban diferente, quiero pensar que no es una invención mía o la derivación del cine de Guy Ritchie; los gitanos usaban el corte de un traje llamado sayo, una especie de terno con falda que era usado por los más jóvenes; llevaban el cuello levantado y cerrado con lazos. Uno de los accesorios que podía servir para identificar a un gitano era un tocado compuesto por una copa y un rollo al cual iba plegada una toca larga y estrecha; pero lo que más me fascinaba eran esos sombreros negros de ala ancha estilo cordobés, iguales a los que usan los picadores en las corridas de toros. No puedo sacar esa estética de mi cabeza, es el referente de la basura que se encuentra en mi armario. Los bohemios tenían ese aire de mafioso mediterráneo con facciones rudas y por más que lo intente, no recuerdo que ninguno de ellos se pareciera a Brad Pitt en ‘Cerdos y Diamantes’. Las mujeres se proponían a vagar todo el día por la calle, lo hacían siempre propagando ese tufo-genital por los rosetones de las casas lumpen, invitaban a la gente a las proyecciones de cine que ofrecían en sus carpas —los gitanos son los pioneros del cine ambulante— mientras que los varones se dedicaban al comercio de telas, automóviles, furgones y alhajas. A nosotros nunca nos ofrecieron ningún centavo por nuestro auto, era un Chevrolet Nova 68 considerablemente deteriorado. Lo que sí sucedió fue que una vez una zíngara de nombre Yumara se duchó en mi domicilio; eso lo urdían muy a menudo las adolescentes, pedían permiso a las amas de casa para usar las regaderas y como pago a esa consideración ellas les echarían las cartas. Aquella noche, al llegar a mi estancia, reconocí rápidamente el perfume rabioso que arribaba desde nuestra regadera, como si aquella gitana hubiera cogido con una decena de hombres a la vez, un tufo de lujuria y esperma, de una lubricidad obscena que se proscribía bajo su falda larga. Puesto que mi habitación se situaba a un lado del sanitario, corrí apresuradamente a la litera y me desnudé, me apreté el camarón y desfilé hacía la puerta en donde miré por el cerrojo, oprimiendo siempre el molusco hediondo en mi bragadura, observé y jalé por algunos minutos; la gitana, que veía mi sombra por debajo de la puerta, separaba las piernas para deslizarse la pastilla de jabón por su vagina de espeso vello negro como imitando el gesto de una película porno convencional. En ese instante mi madre rompió la faena con sus acostumbradas palabras de asombro y reprimenda. La bohemia salió apenada de la ducha, dirigiéndome una especie de maleficio en idioma Romaní. Por causa de aquel incidente, andaba por la vida con las manos plegadas a la entrepierna, pensaba que por el encantamiento de la gitana el pito se me iba a caer.

De regreso al potaje gitano

Alguna revista me pidió una reseña sobre un reality show sobre “húngaros contemporáneos”, el editor me explicó que estaban dando un programa en cable sobre el estilo de vida de la comunidad gitana en Norteamérica. Se trataba de ‘Gypsy Sisters’, y aunque la serie rescataba algunas de las costumbres o valores primordiales de los gitanos como el “prestigio”, “la disipación”, el “honor” y la “legitimidad del poder”, su contenido no albergaba absolutamente nada que refiera a la idiosincrasia del pueblo gitano. Los tiempos están cambiando y si bien las gitanas que sembraron vida a mi niñez corrían con las nalgas envueltas en sexo, se ocupaban de valores más o menos axiomáticos, como lamer solo la golosina de sus hombres, ese tipo de lealtad. En este reality un grupo de seis hermanas ondulaban su cuerpo frente a las cámaras de TLC dirigidas por Discovery Communications en el oeste de Virginia. Las chicas compraban vestidos ostentosos con filigranas y lentejuelas como para iluminar el uniforme de un pelotón entero y usaban sus atuendos de la peor manera posible en los eventos más serviles, mientras se atascaban de alcohol y fama. ‘Gypsy Sisters’ es la serie en la que estas chicas le enseñan al mundo cómo un culo prepotente y bien formado puede realizar el mejor twerk de la televisión. Aunque me causa excitación ver a una mujer en minifalda dándose de golpes en lo que es “la madre de las peleas”, no puedo dejar de sentir nostalgia por el pasado, y no por esa receta infalible de la televisión, libídine disfrazado de ilustración o postre vetusto enmascarado de potaje gitano. No más casas rodantes, no más nomadismo, no más bohemia, la única carpa que concurre mientras veo el programa se encuentra en mi entrepierna. Cabe mencionar que en mis fantasías, Yumara ahora se llama Mellie Stanley York y el encantamiento aún sigue vigente.

Ante la lujuria y el detrimento que me causa el reality, hundo mis ojos en la filmografía de Kusturica, el único director que supo retratar fielmente la naturaleza gitana y a quien sí llegué demasiado tarde. Opto por ‘El Tiempo de los Gitanos’ (Dom Za Vesanje) en donde Perham, ese adolescente alter ego u otredad de mi generación, vive tranquilamente en una pequeña aldea yugoslava con su familia gitana, y a quien trasladan posteriormente envuelto en engañaos hasta Italia para que trabaje como delincuente. Durante años encarné la viva imagen de Perham, deambulaba pálido y borracho de cantina en burdel y de un coño a otra nalga con un desasosiego inacabable por la deshonra de una casta, de un linaje. Un film que te embute la cabeza en una escafandra bohemia de pesares y glorias imprecisas, rituales e imágenes poéticas del folklore yugoslavo, pero sobre todo de música, mucha música balcánica; metales, fanfara y viento, una fiesta de armonía excéntrica en donde la polka, Goran Bregovic y la orquesta de bodas y funerales son los todopoderosos.

Ya no soy Perham, ni mucho menos un gitano, sólo uso sombreros ridículos que odian las mujeres; la nostalgia ya no es lo que era, se asfixió junto a mi perro bajo las llantas de un auto estático.