Por Robert Walser

Traducción de E.J. Valdés

 

Recuerdo una ocasión en la que tuve un dolor de muelas. Para mitigar el dolor, corrí al campo y rugí como el Rey Lear. En casa, embestí la pared, y en mi ira destrocé algunas sillas del periodo Biedermeier. Esto de ninguna manera detuvo el malestar, y conforme se iba el tiempo el problema empeoró. Por la noche, las escenas de horror que monté despertaron a todos. Fue un escándalo. Los constantes tragos del mejor coñac no ayudaban gran cosa. Comencé a golpearme la cara como Sancho Panza cuando perdió a su burro. Llegó un punto en el que me hice una herida con un cuchillo, la cual por fortuna no fue fatal, pero esto en nada mejoró mi condición. Por el contrario: incrementó la tortura. Al fin acudí con el dentista, o más bien —dada mi frugalidad— a una clínica dental. Allí me presté, gustoso, como objeto de estudio. La mano de una joven aprendiz examinó mi boca, diligente, y comenzó el procedimiento. Puedo afirmar con cierta autoridad que soporté y acepté, plácido y con considerable compostura, toda suerte de cosas.

Sufrí con paciencia, pero de cuando en cuando me pareció apto proferir un grito. Lo hacía a propósito, pues sabía que con ello atraería la intervención del maestro, cuya ayuda experta me trajo no poco alivio. En esos momentos, por supuesto, la aprendiz se molestaba conmigo; consideraba muy travieso de mi parte la emisión de esos estruendosos sonidos. Me permití señalar que estaba dispuesto a gritar con mucha más frecuencia si me infligía dolor innecesario. Ella respondió que no era cortés de mi parte hablarle así. Al poco rato llegué a entablar una encantadora charla con ella. En un punto se le ocurrió preguntarme a qué me dedicaba. Le dije con modestia que era una especie de escritor. “¡Tengo a un escritor aquí!”, gritó al dentista, y de inmediato las damas y los caballeros presentes, entre ellos el maestro, corrieron a examinar al paciente tan peculiar. Fui sujeto de una inspección de lo más precisa. “Si eres un escritor”, dijo el instructor, “debes ser de los más pobres, de esos que no tienen éxito en toda su vida, cualquiera puede verlo”. Me reí al escuchar esta refinada observación y respondí: “Es verdad que soy pobre y que jamás me han faltado fracasos, pero la vida sin triunfos también puede ser hermosa. Si acaso me recupero y llego a tener dientes bellos —lo cual deseo con fervor—, saltaré por allí como un cervatillo y seré más dichoso que aquellos a quienes se considera afortunados”.

(1917)