Por Jonás

La formulación simplista del horror que es la llegada de Donald Trump a la presidencia no puede seguir pasando desapercibida. Pensamos que la llegada de un empresario de extrema derecha a la presidencia de un país importante para el sistema-mundo moderno, cuya cabeza hasta hace algunas décadas era EE.UU., representa un horror mundial inédito, pero la realidad demuestra lo contrario. No porque Donald Trump no represente una amenaza en cuanto a las políticas que abandera, sino porque la simplicidad deja de reflexionar que históricamente este mundo ha estado siendo construido por personajes de la misma magnitud y que sin embargo siempre han estado bajo el cobijo de lo que en EE.UU. llaman el establishment. Y sin duda la pseudo izquierda central-liberal representada por Hillary Clinton y el institucionalismo tras ella son el voto de ese establishment.

Una fotografía con un cartel en el suelo se compartió en algunas redes sociales, el cartel amarillo decía: “no odias a Trump, odias al capitalismo”, ¿a qué otra reflexión nos evoca tal consigna? No hay más, es de carácter profundo, el problema no es Trump, pero eso no lo exenta de su responsabilidad antes como empresario mediático y ahora como presidente. Pero nos debe llevar a entender que la complejidad del sistema político-económico se encuentra atravesada por diversos acontecimientos que la vuelven compleja. No difícil de entender, pero sí de una reflexión más profunda.

Partamos de lo inmediato, Donald Trump no puede ser Adolf Hitler, y no porque yo lo diga o porque no esté persiguiendo judíos, sino porque limitarlo a una figura que engloba una serie de características nos remite a centrar una diversidad de problemáticas en dicha figura. Es decir, resumir a que Donald Trump y Adolf Hitler han sido las figuras más impresionantes –en ningún sentido positivo– de su época, nos posiciona frente a un discurso que no lo entiende como construcciones históricas sino como patologías individuales.

El odio de Trump hacia lo diferente, su discurso nacionalista y las medidas pseudo-proteccionistas no son sino el síntoma de una larga y compleja serie de situaciones que han estado nutriendo el espíritu estadunidense por muchos años.

Por eso hay que aplaudir cuando Slavoj Žižek dice que “por supuesto que Trump es casi, pero no lo bastante, un fenómeno proto-fascista”.

El odio expresado públicamente por esta figura representativa no es propio de la persona, y sus votantes lo demuestran, aunque no sean mayoría por el carácter de las boletas no quiere decir que no reflejen el que un grueso de la población vea como principal amenaza a lo diferente. Pero eso no es un problema actual, es decir, la xenofobia estadunidense no nació con Donald Trump, en el sur o en la clandestinidad de la administración Obama, sino que es el resultado de una visión política de EE.UU. que les dice a sus ciudadanos que aquellos que no los apoyan son una amenaza, en su tiempo lo fueron los negros, las mujeres, los musulmanes, los homosexuales, y un largo etcétera.

La llegada de Obama a la presidencia, y eso es algo sumamente estudiado, no significó gran cosa para la lógica discursiva de odio racial a los negros, es decir, un negro-blanco (como llamaron algunos negros a Obama) llegaba a la Casa Blanca pero no con una agenda afirmativa, sino con un discurso que parecía crear una especie de zona en donde el racismo ya no se daba.

El gran problema de nuestra era es que ahora ya no ahondamos en la radicalidad de los problemas porque nos suena peligroso o temeroso, pero es algo que debemos abordar. El racismo es un tema complejo que implica no sólo medidas de reconocimiento, la performatividad de las acciones políticas, como el caso de Obama tomando protesta, carecieron de un contenido político claro que reflejara la radicalidad de las demandas que deben ser abordadas en el tema de los negros en los EE.UU. y el mundo.

Pero volviendo al tema central. No podemos dejar que Donald Trump sea visto por el grueso de la población mundial como una amenaza externa de la complejidad social o como un elemento ahistórico.

No en balde hay un resurgimiento de las llamadas derechas en el mundo, como un reflejo de lo que no hemos podido resolver, un elemento que nos debe hacer chocar con el espejo de las pretendidas zonas del ser y no-ser en las cuales nos podemos encontrar. El mundo de la diversidad institucional, de los discursos políticamente correctos, de la economía igualitaria depositada en una zona del ser, que teme nombrar a los “enemigos del mundo” tal como deberían ser llamados. Mientras en el otro lado del “muro” hay una zona del no-ser donde el racismo se ejerce día con día, las diferencias no han sido “resueltas” y la desigualdad es el “pan de cada día”.

La idea de Trump como problema ahístórico o desligado de la complejidad que representa el contexto de su llegada es decirnos que si lo quitamos las cosas serán distintas, cuando en realidad no serán así. La caída de Hitler no representó sino la institucionalización de algunas de sus medidas y utilización de sus prácticas, que fueron escondidas bajo la supuesta socialdemocracia gobernante. En este caso el problema es más complejo, ya no podemos huir de nuestro lado oscuro, está ahí, tocando la puerta, los medios le han puesto el nombre de “derecha”, pero no es sino el resultado de lo que no hemos podido resolver al seguir mirando los problemas como político, económico o cultural, cada uno como condicionamientos cerrados y carentes de un discurso con contenido y sujetos politizados. Sin duda una tarea más compleja que quitar o remover a Donald Trump y su burocracia.