Por Eduardo Carrillo

Un ronquido del motor. El sonido se penetra en los oídos como un pederasta. Parece la base alta del Blues de mis sueños. El Fender Jazz del Cóndor. Muy pronto, el avión está bailando con el aire que abunda en el cielo; entre nubes y la humedad de Dios hechas brisa, entre algunas plegarias que aún no alcanzan su destino, entre nada que aparenta serlo todo.

Él que viaja conmigo también tiembla; no le parece que Dios juegue a los dados con nuestras posibilidades. Yo estoy excitado. No buscamos lo mismo: él solvencia económica, yo literaria… o espiritual o económica, meh. Tiene un mote muy mexicano: Burrito, ñam ñam ñam. Ambos buscáremos en el mismo sitio, podría ser el incorrecto para alguno, tal vez para los dos. Papito nos sigue arrullando. Ya estamos muy lejos de México.

Las luces de una ciudad que no conocí, llamada Salt Lake City, se dan por sentado, todo lo que alcanza a verse es el negro del cielo. Después de un rato, el vuelo es un completo enfermo de Parkinson, o el clima le está dando una buena chupada. Podría ser sólo asunto del piloto y alguna azafata. La negra, que sonríe y es más amable que la blanca, que tiene mejores tetas pero una cara de susto. Un rollo algo así como el de Obama y Trump.

El clima cede. La cosa se calma. Seguimos volando encima de la bandera de rayas y estrellas. Las dos salen de la cabina, pasan por primera clase y llegan hasta donde vamos nosotros, la clase de normales y subnormales. Presumen los dientes en una sonrisa y pasean el carrito de aperitivos por las entrañas del avión.

“Kerouac no lloró, Burroughs menos cuando llegó la hora de tomar a Luzbel por los cuernos, a Dios del clitoris, a la vida a mano limpia, cuando tuvieron que estallar desde adentro a muy lejos de su cuerpo…” pienso y lloro de nuevo. He sido lágrimas estos últimos días. Soy peor marica que Burroughs… quizá mejor. Pero no mejor escritor ¿Quién mejor que el viejo Burroughs?

En la ventana mi reflejo se ríe del yo llorón: “anda nene, que el jardín de las ideas no se va a cultivar solo, hay que regarlo y para eso se necesitan autores, tiempo y esfuerzo, ideas y entrañas e ideas, revolucionarlas para ser más”, me digo y río y lloro tanto como puedo. Un bebé en otra fila me acompaña en el llanto, aunque se me da, no puedo superarlo, él está en su etapa profesional y yo ya he pasado mi edad de retiro. Casi medio lustro y sigo con mi lloriqueo. Hago puchero, fracaso en mi lectura y me echo a dormir. Unas punzadas de placer y adrenalina en el vientre y estoy despierto de nuevo. La ventana ya no sintoniza la oscuridad de antes, ahora se trata de un canal completamente blanco. Nuestro destino parece decirnos hola, la nieve en la pista lo confirma. Welcome to Buttwholeofthecold. Y apenas recuperado el equipaje, y puesto el atuendo bolchevique, salimos del aeropuerto y el agujero del culo del frío nos cubre con sus plastas heladas. Burrito anhela ser devorado. Ni la Bella Juana, ni nuestras mujeres en ella, nos han helado tanto los latidos.

Hay hielo en el piso y nieve cayendo y acumulándosele encima. El aeropuerto está congelado, también Burrito y yo. El ruido del viento no le da tregua al silencio, también se ha congelado. Quiero cubrirme el frío con lo que sea, con Burrito, una cobija, una gringa a la redonda, con el falso ¿por qué yo? guardado en mi cartera, una cobija, el amor de mi vida, la virgen María, una cobija, Dios o lo que sea.

Titiriteo como perro callejero y el alma se me sale entre bocanadas de vaho.

Enciendo un cigarrillo, una eternidad después se ha vuelto cenizas. Nuestro raite ha llegado: otro par de sudakas tijuanenses que saben de qué va la cosa, ¿cuál era? Ah sí: solvencia económica. Es probable que sea yo el que se equivocó de destino.

-Aquí se hace billete, vida después- dice el líder del cucarachero mexicano al que hemos llegado. Parece harto y satisfecho haciendo billete y viviendo después. Así lo hace la mayoría, sólo que no lo saben. Ríe de lo <<tétrico>> que suena la noche (las ráfagas de viento), se quita el sobrepeso de la ropa de invierno, y se frota las manos junto a una chimenea de gas en la sala, parece de pensión parisina en los veintes. Nos señala la habitación con la amabilidad de coterráneo: los mexicans somos solidarios entre nosotros fuera del país, dentro nos clavamos el diente.

Afuera el aire baila y canta como si estuviéramos en el mismísimo Finisterre.

-Mañana nos toca hacernos hombres en el campo, Fidel-dice burrito y se echa a dormir en una de las bolsas para dormir que nos han costado nuestro último dinero. ¿Es que acaso ya vivimos? Sí y lo seguimos haciendo, al menos yo, no lo dudo. Él que quiera vivir después del billullo, bueno, es asunto suyo.

“…no tomar enserio al hombre tan serio que somos cuando no somos artistas”. Solvencia literaria, pienso y descanso a Ortega y Gasset en mi pecho, ¿por qué me durmió en el avión? Apago la cerilla con la que me alumbraba el libro y todo es oscuridad. Los ronquidos de Burrito lo hacen parecer una bestia, pero “en la oscuridad todos somos bestias”, recuerdo.

Mañana seremos sudakas y eso nos volverá hombres, al menos nuestras billeteras serán las de uno. Solvencia económica. Aunque el falso ¿por qué yo? Me deja matices de uno. Enciendo una nueva cerilla y escribo en un cuaderno: porque el silencio tiene tu risa, te amo. Río y arranco la hoja. Vivi jamás lo creería. Enciendo otra: porque eres mi idea más profunda, ésa se quema con lo que resta de flama. Para ella soy sólo una comezón en la mente. Entonces lo <<tétrico>> de afuera lanza un grito de reclamo, como si se tratara de Esther, a la que amo, me ama, y me ha devorado gran parte del alma. Soy más suyo que mío ¡Ay, como las amo, a las dos, si no ahora no estaría tan lejos!

No tendré que decidir, ellas ya lo han hecho por mí…

Estamos cerca de la frontera con Canadá.

Estoy a poco de llegar y achinar con el BC bud. En no más de seis meses. Después Indio Solari.

Apesta a un tipo de solvencia (sudaka, bracero o chalán, como mejor se entienda).

Mañana seremos hombres, hoy ecv.