Por Jonás

Hay quien temerariamente emite un enunciado simple para oponerse a la violencia, y es que ésta sólo genera más violencia cuando se es atacada de la misma forma. La metáfora nos remite a que utilizar las mismas técnicas generan los mismos resultados ¿será la hora de ir haciendo las cosas de forma distinta? Por supuesto.

Pero el caso de la violencia no es el que nos trae, quizá no el primero, sino el del nacionalismo que ha crecido de forma importante en los últimos años, al menos desde la percepción de algunos sesudos analistas. Este nacionalismo viene a colación en nuestro país a partir de la llegada de Donald Trump, un personaje que sin duda ha cimbrado el escenario político de manotazo y que también ha significado el ingreso obsceno de ganancias para quienes se dedican a los medios de comunicación –él mismo se encuentra en ese terreno–, su figura es clave en el discurso mediático actual, no hay medio que no trate de titular sus notas en función del magnate político. Por ejemplo este domingo diversos medios presumieron la llegada de un presidente “anti-Trump” en Alemania, y aunque la figura del presidente en la política alemana no es más que una figura decorativa –un símil con fundamento legal de lo que es Enrique Peña Nieto– los medios no quisieron desaprovechar la ocasión para atraer miradas hacia el ahora presidente de EE.UU.

El punto álgido de la llegada de Trump cimbra las fibras más sensibles de esa jerarquía que durante años ha ostentado el poder político del mundo, el centrismo liberal. Su discurso transparente y directo respecto de lo que no le gusta al nacionalismo gringo hace que estas elites de cristal lo miren como grotesco, es como la imagen de quien come con las manos frente a un monarca, así es su discurso civilizatorio, su política correcta es la negación de su realidad. Porque la política es la zona de guerra en la imagen de Donald Trump, el escenario donde pugna por expresar sus ideales. Para el centrismo liberal es la zona de la mascara perfecta, no importan cuan maléfico pueda ser un magnate de Wall Street si dona para la causa ecologista o la política en Siria de Hillary Clinton si es una mujer empoderada con sustento del establishment, la estrategia es ocultar la realidad política y concentrarla en los cambios limitados por su forma de accionar.

En ese sentido, el marcado discurso de Trump contra los inmigrantes mexicanos y de Medio Oriente han marcado el discurso por el trabajo y la economía. Esto impulsó un brote del nacionalismo norteamericano que detesta lo diferente, ese que estaba escondido y siendo parte del sistema aún con Obama pero que se empeñaron en negar, creyendo que sus políticas “progresistas” eran el coto que se repartía en todos los rincones y conciencias.

El discurso tuvo los resultado obtenidos, la clase media-baja y los ciudadanos de menores ingresos pusieron el acento en la necesidad de remarcar ese discurso y las elites lo respaldaron, los gringos –sureños, rurales y de poca educación– le dieron el triunfo al discurso nacionalista.

Recientemente escuché que ese discurso podía llevar a que las recientes acciones le dieran menor peso a Trump, como en el caso de la llamada telefónica con Peña Nieto, pero es absolutamente contrario, ya que el que Trump remarque la necesidad de fuerzas armadas en México es símbolo de la potencia que los estadunidenses quieren que vuelva a ser su nación.

¿Cómo es que una potencia tan “democrática”, “igualitaria”, con instituciones “fuertes” y llena de “oportunidades para todos” pudo generar algo así? Eso ya lo veremos en el siguiente capítulo, pues la historia se pone mejor conforme pasan los días, aunque los medios traten de hacer que esto nos atiborre de información basura.