Por Manuel Noctis

Después de muchos años, por fin leí la novela De a perrito del escritor defeño Fernando Nachón. Anteriormente ya había leído su otra novela titulada Los niños bien y al terminar de leer De a perrito comprendí entonces el espíritu despotricado, sustancioso y esquizofrénico que envuelve a la obra de Nachón, de quien se ha generado todo un mito sobre su persona. Sin pretender una reseña o crítica, esta novela de Nachón claramente rompe los esquemas y paradigmas que por los años ochenta mediaban dentro del panorama de la literatura en México.

La novela, que se sitúa en la Ciudad de México, está escrita en primera persona y tiene la cualidad de que la lectura narrativa se va dando como si se fuera escribiendo inmediatamente en que están ocurriendo los hechos, lo cual es destacable en sí misma. De principio a fin, Nachón impregna un sentido del humor desmedidamente ácido y crítico con su entorno. Aun en las situaciones más adversas dentro de la historia, el personaje principal (el mismo Nachón) recurre al humor y el sarcasmo, pero un humor acompañado de “reflexión” y “análisis” de lo que sucede.

Pero no todo es desmadre dentro de la historia, el amor y los celos desmedidos, además del sexo, son elementos recurrentes que llegan incluso a impregnarse en nuestra carne cuando leemos por ejemplo los capítulos “De a teléfono”, “Ah Vergá?”, “Noche”, “Hotel” y “Caníbal”, en los que se sitúa toda la tensión de la trama y, donde además, el plano de la expresión del ser humano se baja hasta las fauces de ultratumba y se deja ver el sentido de humillación y el quebranto de la dignidad humana a la que puede someterse una persona.

Llama la atención que Nachón recurre también en sus personajes a personas reales y que los sitúa en espacios físicos que de verdad existieron, lo cual hace de la novela también una especie de crónica narrativa de lo que fueron los años ochenta dentro del mundillo cultural. Ejemplo de ello es la alusión directa que hace a lugares míticos como El Nueve, o personas como Rogelio Villarreal, Mongo, Vicente Quirarte y otros más.

Pero para no abrumarlos más con este choro, a continuación dejo una serie de frases extraídas del libro, las cuales puedes utilizar para sentirte más chingón cuando te reúnas con tus amiguitos:

—¡Carajo! No tuve más que publicar un libro y ya creen que soy escritor.

—El mundo está lleno de libros, está lleno de libros que dicen que el mundo está lleno de libros.

—Hasta ahora no conozco alguien que se atreva a tirar un libro directamente a la basura. Sería demasiada piedad hacia el escritor.

—Pobre hombre, nació pobre y naco en uno de los países más racistas.

—Una mujer fea entre velas o incienso es una de las más deliciosas perversiones. Si a eso le añades un poco de mota, a toda madre.

—Sabía que para pasar al plano sexual había que sacar alcohol, según había estudiado en psicoanálisis, el alcohol aplana el súper yo.

—Odio el trabajo, la decencia. Que viva el placer, la cogedera y el rock and roll, chinguen a su madre los pinches institutos de mierda, comenzando por la familia.

—¿Cómo puede amar una mujer que deja a un poeta como yo entre tanto alcohol y felicidad feroz?

—Crudo e inservible me levanté por un poco de ginebra, la serví sola, con hielos. Solo, un trago solo, una ginebra sola, una imbécil, transparente y etílica forma de poder convivir conmigo mismo.

—No conozco un placer más grande que autodestruirse borracho.

—Cuando te alzan bien pedo entre varios mamados, importándote una chingada todo, nada más ves girar el mundo y el tiempo.

—No sé si es peor la tortura del alcohol o decidir entre beber y no beber.

—En mi delirio alcohólico recuerdo qué lejanos estamos los borrachos de la gente sobria. Yo mismo, cuando estoy sobrio, no puedo entender a un borracho.

—¿Y si no brotan las palabras escritas? Pensar es bien fácil. Pero escribir es otro rollo, de pronto no pueden salir y te quedas machacándote los huevos.

—Cada cruda es igual y cada cruda es distinta. La cruda: la resaca, el regresar a ver los niños muertos en el noticiero. Todo es horrible, hasta el más ortodoxo de los marxistas cree en Dios en la cruda.

—En realidad no sabía si odiaba al ser humano en general o estaba, como me decían los intelectuales, “muy traumadito”. Pero el caso es que las exposiciones y las galerías me daban mucha hueva. Asistía a ellas con la esperanza pendeja de encontrar alguna nena. Pero no, siempre la misma cara de todos los mismos güeyes.

—Quizá sólo deseaba que me amaran y confundía el amor con las ganas de ir al baño. ¡Qué asco!

—Pero en verdad me deprimen, toda mi generación me deprime. Siempre esperé otra cosa. Siempre espero cosas distintas de lo que sucede.

—¡Qué terrible vivir en este infierno donde hay que encontrarse todos los días con la gente que nos caga los huevos!

—La vida entre orgasmo y orgasmo es marasmo, sólo el verdadero espumearse a chorros sobre el cuello uterino de una mujer puede ser interesante.

—Cuando una mujer quiere dañar no importa que pasen años entre el deseo y la ejecución.

—De niño odiaba a los niños. Me encabronaba tener que salir a huevo con ellos a jugar basket o fut, me encabronaba que dijeran que era raro porque querían estar escuchando lo que decían los adultos. Me encantaba imitarlos… Ya de grande veo que ser adulto no tiene chiste.

—En los ochentas las mujeres estaban contentas porque querían todo y casi lo tenían. Como no había hombre al que no le ensartaran el aguijón no tenían ningún problema, todos estaban a su disposición; sólo era cosa de que los agarraran en alguna calle y levantaran la falda y enseñasen los pelos olorosos a baba lubricante.