Por Juan Mendoza

Detengo mis pasos y todo es borroso. (Daños Colaterales II)*

La Pingüica cursó los dos primeros semestres de la vocacional en el mismo salón que Jaime. Era una chava más bien fea, muy flaca, nalgausente, pocachichi, chaparra, morena y no es que resultara fea por ser morena, sino que el moreno de la Pingüica era un tanto cenizo y tenía manchas blancas en la piel. Usaba unos gruesos lentes más grandes que su cara y era buena estudiante. Se llevaba bien con Jaime. No sabía fumar, pero siempre le disparaba los cigarros y muy seguido le pasaba las tareas, a veces hasta se las hacía. Las malas y cábulas lenguas decían que la Pingüica quería con Jaime. Pero nunca a nadie le constó, sólo se llevaban bien de vez en cuando y era todo.

La Pingüica comenzó a juntarse con  malas compañías (como dirían los abuelos), le empezó a gustar el alcohol y, cómo en su casa no la dejaban ir a fiestas, empezó a beber mucho, primero en el parque de la Ciudadela y después dentro de la escuela. Y ya que todo el mundo sabe que tomar dentro de la H. Institución es obligadamente tomar con los porros, sabrás ya que amistades comenzó a frecuentar.

Más de una vez Jaime se la encontraba bien peda cuando salía de clases. Se saludaban, preguntaba qué onda con las materias, que hay después entraría y chido carnalitoahílavez. Algunas veces Jaime también llegó a faltar por irse con el Pocho a chingarse unas caguamas en el parque. Una vez, la Pingüica lo fue a buscar porque la maestra de Química II advirtó que quien tuviera más de cinco faltas no tendría derecho a presentar el examen final. La Pingüica y Jaime llevaban cinco acumuladas, así que entraron a la clase bien pedos nomás a decir “presente” y después se salieron a seguir bebiendo cada quien por su lado. Eran las 9 de la mañana y nunca se enteraron si la maestra notó su estado dipsómano, pero lo más seguro era que sí.

Un día la Pingüica no se presentó a la escuela, y no volvió más.

El Pantera tiene una versión que jura es la verdadera y que cualquiera que se haya quedado la última tarde en que se vio a la Pingüica por los alrededores de Ciudadela puede dar fe y legalidad de los hechos.

La historia fue así: tras robarse unos cartones de cervezas en una correría de ruta 100, los porros andaban echando desmadre en el patio de la escuela. A esas alturas ya había dos que tres chavos de la generación de Jaime que se juntaban con ellos, unos de los cuáles eran el Pantera y el Cuquin. La Pingüica, que andaba ya bien peda, le dijo al Satanás que le gustaba el Cuquin como para llevárselo al Panúco (el hotel que está en la esquina frente a la escuela). El Satanás aceptó convencer al Cuquin sí y sólo si la Pingüica le mamaba la verga. Fueron al baño a cerrar el trato y el Satanás cumplió con su palabra: después de un rápido talón sacó el dinero para el cuarto (N. del A.“el talón” es como se conoce a la acción porril de ir a pedir de a peso obligado a los alumnos), empedó al Cuquin y lo mandó a dormir al Pánuco. Lo que no sabía el Cuquin era que la Pingüica estaba ya esperándolo desnuda. Y lo que no sabía la Pingüica era que el Satanás se había quedado caliente con los chivos y que juntó a toda la Honorable Porra Oficial ahí presente para que todos entraran a la habitación e hicieran uso y goce de la peda Pingüica.

“Ora sí te chingaste, por cachonda” dice el Pantera que fueron las palabras con las que el Satanás sentenció la violación masiva de la Pingüica. Eran cerca de 9 chavos, varios repitieron, hicieron combinaciones, se dieron gusto durante mucho, mucho tiempo. Después, el Satanás la mandó a bañar y se largaron todos del hotel a seguir bebiendo. El Cuquín sólo se trepó un ratito al guayabo. De tan briago ni se la chingó.

Ella ya no volvió a la escuela. Dicen que alguien la vio una o dos veces en la noche rondando la vocacional en busca de venganza. Una versión más sensata cuenta que pretendía cortarse las venas porque estaba encinta.

Por lo que a Jaime respecta, nunca más la volvió a ver.

Ya puedes olvidarla.


*Fragmento de Ya puedes olvidarlo… (Generación Ediciones, 2014) del escritor Juan Mendoza, que publicamos como adelanto gracias a las facilidades del autor y la misma editorial.