Por Alfredo Padilla

“Pablo flota. Remueve la piel y cadenas. Simplifica. Mete la cabeza y aguanta la respiración en el mar lácteo de la abstracción. Sostiene los dedos índice y pulgar a manera de marco y nos escolta junto a pálidos fantasmas deodorizados, a través de los pasajes reflejados en el humo, los espejismos formados por el color en la carretera, el aire caliente de la palabra proferida”, escribe Luis Augusto Durango sobre ‘Ofrenda para termitas, la búsqueda de algo mejor’, exposición que se pudo observar en la Galería de la estación Juárez del Tren Eléctrico Urbano en Guadalajara, una muestra individual del artista Pablo H. Cobian compuesta por ocho grandes formatos, dibujos e instalación. Una exposición que yo mismo definiría como la añoranza de hurgar en la basura.

Pablo me recuerda a artistas como Tom Deininger, HA Schult, Derek Gores, Jane Perkins o Francisco de Pájaro en España, artífices que hacen de la basura su materia prima; en sus obras la mugre es el medio, como diría Marshall McLuhan en ‘Galaxia Gutenberg’, pero también es la encomienda, la asquerosidad a manera conciencia artística, como catalizador de las ideas y desarrollo o retroceso del oficio. El arte es un desperdicio, claro está, por eso hay que devolverlo a su estado natural: la inmundicia.

La obra de Pablo H. Cobian se encuentra ahí, en las calles, en los diarios andares matutinos por la ciudad recogiendo desechos que se convertirán en provocadoras instalaciones artísticas, juguetes, recipientes, vasijas, tarjetas, libros, objetos inanimados que cobran significado cuando son afianzados por las manos de Pablo, bazofia lisérgica, la nada envuelta en concepto, concepción usurpada por la megalomanía y exclusión del arte, excremento compuesto por lavativas de egolatría y reducción; la metástasis de la industria. Pablo trata de proporcionarle a la crítica un poco de suciedad, darle al espectador algo de inapetencia.

El artista tiene una historia especial del por qué comenzó a recolectar en las avenidas, a los seis años él tenía un bote pajizo donde almacenaba todos sus juguetes, pero sus padres conservaban uno igual para colocar la basura; un día su abuela lo mandó a tirar los deshechos y Cobian se confundió, tiró sus juguetes en el recipiente equivocado. Pablo se dio cuenta de lo que había hecho y se deprimió a conciencia, durmió durante todo un día; añoraba ponderadamente sus juguetes, entre los que recuerda una nave de Playmobil parecida a la que se exhibió en ‘Ofrenda para termitas, la búsqueda de algo mejor’, es por eso ahora que sale a pepenar deshechos, buscando localizar los juguetes botados en la niñez.

Pablo H. Cobian vive en la Zona Industrial de Guadalajara en donde convergen basureros enormes, es ahí en donde encuentra sus reflectores artísticos, fierros, formas, naturalezas, muñecos que va recolectando con un carrito de mandado. Mucho de lo que recoge regresa también al basurero, es sólo el gusto de acumular, de almacenar, de padecer el Síndrome de Diógenes. No todo se expone, porque hay objetos íntimos que Pablo atesora, que ambiciona para él exclusivamente, marionetas que conviven con otros objetos ya expuestos, se renueva la significación y se moderniza la manera de exteriorizar la podredumbre.

Pablo H. Cobian se presenta a sus exposiciones con una máscara de conejo, le gustan los antifaces y los tapujos —otra obsesión resguardada desde la infancia—. Cuando salió de la universidad, el primer trabajo que obtuvo fue el de profesor, como le daba mucho miedo enfrentarse a la gente, comenzó a dar clases con una nariz de payaso; a Pablo le gustó esa experiencia, la obsesión enfermiza de taparse la cara, y así surgieron los primeros antifaces del tipo de Llanero Solitario pero con nariz escarlata. Un día, mientras Pablo caminaba por la calle, se tropezó con una nariz de conejo, como a él le gustaban los conejos y mantenía acercamiento con Joseph Beuys y el concepto de la liebre, se apropió de la idea y fabricó una máscara de conejo con el gorro de su abuela, la usó durante muchos años pero la extravió en un accidente; de ahí germina el personaje encubierto de Pablo H. Cobian, de la representación del profesor medroso, de Beuys y de la liebre.

Es así que la obra de Pablo converge en la angustia de la puericia, la añoranza por los objetos perdidos, la temeridad del pedagogo y la obra sicalíptica de un Beuys obsesionado con la timidez y la fama. Pablo H. Cobian viene a las galerías para decirnos que el arte huye, a veces, de los cuadros para anidar extramuros, en la calzada, en la afonía, en los sueños, en la membrana de la mujer, en los escombros, incluso en la basura, donde todo vuelve a ser puro.