Por Javier Armendáriz

Desde hace una década estamos enterados de que Alan Moore estaba preparando una novela. En diferentes entrevistas durante ese lapso de tiempo, el barbón de Northampton aludía a ese trabajo, soltando por aquí y por allá pequeñas piedras de información: que si era un homenaje a “The Boroughs”, el barrio que lo vio nacer y en el que ha pasado gran parte de su vida; que si era su trabajo más ambicioso, con una longitud superior a la de la Biblia; que si diversos capítulos estaban escritos con estilos radicalmente diferentes. No éramos pocos los que nos preguntábamos de qué se podía tratar todo eso, a sabiendas de que, si algo es seguro con Alan Moore, es que su trabajo no deja espacio a la indiferencia, como lo confirman las legiones de seguidores y detractores que se ha ganado a lo largo de su carrera. Una década después, Jerusalem por fin ha visto la luz, y con ello lo hace también el momento de averiguar si tanta espera y especulación ha valido la pena.

Es difícil tratar de describir de qué va Jerusalem. ¿Cómo resumir una obra de más de mil doscientas páginas en unas cuantas líneas? Uno puede tratar de dar detalles y siempre se va a quedar con la sensación de que no se ha explicado lo suficiente, que algo se ha quedado fuera. Por otro lado, uno puede rendirse y decir que la novela se trata de… bueno, de todo. De absolutamente todo. Y luego de decir eso, llega la sensación de que se está haciendo demasiado vago.

A grandes rasgos —o al menos como marco narrativo—, Jerusalem nos presenta a Alma y Mike Warren, versiones ficticias del propio Moore y su hermano, respectivamente. Este último, luego de un accidente laboral, se ve acosado por recuerdos de una experiencia fatal previa durante su infancia. Una conversación con su hermana al respecto inspirará a esta, quien es artista, realizar una serie de pinturas relativas a lo que le ha narrado su hermano. Esta será la raíz para una de las muchísimas líneas narrativas que se desarrollan a lo largo del libro, las cuales en un principio parecen ser independientes unas de otras, hasta que comienzan a entrecruzarse y alimentarse mutuamente conforme las páginas se consumen.

A partir de esta conversación, Moore procederá a realizar un titánico recorrido en la que una multitud de personajes y situaciones nos presentarán un gigantesco caleidoscopio de Northampton a lo largo de la Historia e incluso más allá de esta. Observaremos una pelea entre ángeles (o “ángulos”, como en ocasiones son aludidos) gigantescos ocasionada por una partida de billar que de alguna manera es de importancia vital para el mundo, niños muertos viajando a través del tiempo en una especie de purgatorio, poetas fracasados, acontecimientos históricos, una travesía a lo largo del camino que lleva hasta la entropía en el límite del tiempo, conversaciones entre locos y difuntos, vuelos a través de la cuarta dimensión en las manos de un demonio y un enorme etcétera de situaciones.

Este enorme elenco de personajes y sus acciones sirven como una excusa para que Moore se explaye en temas de su interés con los que cualquier lector suyo ya estará más que familiarizado: política, la concepción eternalista del tiempo, literatura, el propósito del arte, la evolución de la cultura y, cómo no, sus constantes críticas a la industria del cómic norteamericana.

Es necesario señalar que no estamos ante un libro perfecto ni ante la mejor obra de Moore (ese título lo tiene From Hell, desde un punto de vista personal). Resulta evidente que el autor tiene una experiencia arraigada muy fuertemente en el cómic, y eso adolece en varios pasajes  su uso de la prosa. Moore abusa de los adjetivos y de un estilo excesivamente descriptivo con mucha frecuencia. La lectura se puede sentir, no como si fuera una novela, sino como un guión de cómic dirigido a Kevin O’Neill, donde se describe a detalle todas las referencias que deben estar presentes en cada una de las viñetas a realizar el dibujante.

De la misma manera, resulta curioso cómo la novela funciona mucho mejor cuando está estructurada como una serie de relatos auto conclusivos. La segunda sección del libro (Jerusalem está conformada por tres grandes secciones), que es la que guarda más similitudes con una novela en el sentido tradicional de la palabra, es la parte menos interesante de la obra. Esta sección pretende servir como un homenaje a la literatura infantil y de aventuras y, a pesar de contar con buenos momentos, se puede volver tediosa debido a la repetición de acontecimientos presentados con el punto de vista de otro personaje.

Vale la pena detenerse un momento a hablar de un capítulo en específico de la tercera sección, titulado Round the Bend, protagonizado por Lucia, hija de James Joyce, y que está redactado imitando el estilo con que este escribió Finnegans Wake. A primera instancia, la lectura del capítulo se antoja imposible y más de un lector va a gritar una mentada de madre y aventar la novela al otro de la habitación. Una reacción perfectamente justificada. Habrá más de uno que tachará a este capítulo de una pretensión inusitada; sin embargo, ejemplifica muy bien cuál es la intención de Jerusalem: no pretende ser una obra complaciente en ningún momento. Busca ser compleja, proponer un reto al lector. Y como todo reto, tiene sus recompensas si es afrontado. Luego de unas cuantas páginas, el cerebro se acostumbra a los constantes juegos de lenguaje y se vuelve al menos un poco legible. Avanzar lenta y penosamente por sus páginas e identificar una broma de significado por allá y una alusión por aquí provocan pequeñas pero agradables alegrías en su lectura.

A grandes rasgos, y como ya se mencionó, no estamos ante la mejor obra de Moore. Pero sí es su trabajo más personal y ambicioso. Sus dimensiones permiten que encontremos en gran cantidad los vicios y virtudes del creador de John Constantine que todos conocemos. Lo cierto es que no es un libro para todos, y habrá quien al leerlo llegue a encontrarlo incluso decepcionante. En lo particular, no fue el caso. Cualquiera que se quiera sumergir en este libro, debe hacerlo de principio a fin, pues probablemente es imposible comprenderlo antes de llegar a la última página.

El bardo de Northampton se propone realizar algo verdaderamente enorme en este libro, algo que quizá va más allá de sus habilidades como autor. Eso provoca que contenga fallas, pero eso no quiere decir que el libro no contenga victorias en mayor cantidad. Alan Moore es, en cierta manera, un autor similar al Doctor Manhattan de su Watchmen: como todos, es una marioneta en el teatro del mundo. Solo que es una marioneta que puede ver las cuerdas. En Jerusalem nos lleva de paseo y nos las muestra.