Por Oscar M. Mora

En el lago del Ombligo de la Luna casi siempre hay una respuesta,

solo hay que saber

cuál es la pregunta correcta.

Jorge Reyes

Cuando la empleada del Primera Plus me preguntó que “¿a dónde?” tardé en responder. “Morelia” tendría que haber sido la elección natural; pero no sabía si quería volver. ¿Tiene salidas a Cuernavaca? o Querétaro–  hubieran sido unas buenas respuestas.

También me detuve unos segundos y contemplé la idea de llegar directamente a Uruapan. Así podría ahorrarme un trasbordo, aunque en dinero era lo mismo. Paralizado aún. Por la multitud, por la duda y el desconcierto dije “Mo-re-lia di-rec-to”. Pagué, esperé y en menos de veinte minutos ya estaba instalado en mi asiento.

Elegí el número 19 sin saber que me tocaría regresar de nuevo entre ronquidos de un anciano y entretenerme viendo una película de coches, mujeres y narcotraficantes. Quise echarme a dormir, pero solo lograba revivirlo todo. Me di por vencido y miré por la ventana. Quería entender el relato de la cinta, o darle un codazo al anciano roncando. Pero los acontecimientos de la última semana me habían orillado reconstruirlo todo y me sumí en mi memoria. Del otro lado de la ventana las líneas de los cables a lo largo de la carretera me acompañaban.

***

Aunque salí de mi casa en la madrugada; desvelado y sin audífonos, me consolaba la aventurera idea de viajar a un lugar desconocido. Tras dormitar en el transporte, y contemplar la mirada derrotada de quienes deben ir a trabajar por la mañana, llegué a la terminal. Antes de que el reloj marcara las seis de la mañana compré mi boleto directo. “México-Norte 6:40”. Solo había empacado lo necesario: ropa, un libro y preservativos.

Durante el trayecto, que duró casi las 4 horas, las pantallas del autobús transmitieron una película de Vin Diesel sobre coches tuneados, narcos y policías corruptos en Río de Janeiro. También dediqué una hora a leer y el resto a otra película. Pero como era de Adam Sandler, la ignoré y me puse a escuchar a un matrimonio que peleaba. Cuando al fin entendía los enredos del drama y en la película casi matan a los malos, llegué a la primera parada.

Cuando arribé la Central del Norte, y entré a la sala de espera, encontré a mi amiga. A pesar de la multitud, arroba Madamsazzu me reconoció de inmediato. La identifiqué por sus lentes anticuados y su efusivo saludo. Me pellizco el brazo y se soltó en llanto que disimuló con un abrazo.  “Neta hasta que no te vi, no me la creí que vinieras”– me dijo mientras abordamos el primer camión hacía su casa.

A ella la había contactado a través de Twitter apenas medio año antes. Hicimos amistad y conversábamos hasta la madrugada por Skype y otros medios. A mediados de noviembre finalmente acepté su invitación de hospedaje gratuito y ese fue el pretexto con el que viajé para conocerla y conocer el DF.

En el trayecto, entre guardar el equilibrio, cuidar mis maletas de los brincos y de los arrimones, le pregunté por toda la gente que estaba en la sala de espera. Era muchísima para mis estándares de moreliano. Ella respondió que era normal ver a tanta gente pues faltaban 6 días para la Navidad. Aquello le parecía natural pero para mí fue abrumador. –Deja que conozcas el metro– dijo,  entre la advertencia y la consolación. Así que tomé su palabra en aquel camión viejo y me fui acostumbrando a los empujones, los vendedores y la posibilidad de ser asaltado en cualquier momento.

El primer día en su departamento (que era modesto, hogareño y no más grande que el que yo rento) fue de calma y reconocimiento. Ella se disculpó pues no estábamos precisamente en la Ciudad de México. Y aunque Tlalnepantla y Tenayuca no son muy distintos, comprendí que hay una sutil diferencia entre el Estado de México y al Distrito. Pero ignoré sus disculpas y de alguna forma puse más atención cuando me habló más de su vida. Decidió usar la historia de aquella unidad habitacional para explicarme quién era. Más allá de @madamsazzu descubrí su vida en el vecindario. A sus amistades, lugares cercanos y a ella revelándose como una persona responsable que nunca hacía este tipo de cosas. Yo era un completo desconocido que a pesar de todo, era invitado a su casa. Para ella, la retribución a este hospedaje llegaría a su modo. Y así el día se tornó noche, y entre la asimilación del contexto y el reconocimiento, concebí uno de los peores fríos que he sentido.

Antes de dormir aquella noche Luz quería platicar más. Me explicó que sus papás se dedicaban a vender tacos y que para “pagar” mi hospedaje y mi comida debía ayudarlos. Mi tarea era que durante la jornada nocturna debía servir y lavar platos. A veces me tocaría cobrar los refrescos, y cuando fuera necesario, atender a los clientes. Gracias a eso probé por primera vez el suadero, el cual se convirtió, en mi taco favorito.

A la mañana siguiente acompañé a mi amiga y sus padres por la carne, que es en esencia, lo indispensable para su negocio. Nos levantamos temprano y mientras ellos pedían el taxi, derribe el mito de las guajolotas. “Es un pinche tamal con bolillo” – le recriminé. Ella solo rio y me dijo que en diez minutos ya estaríamos en la estación del metrobús. También me explicó que debíamos dejar el taxi, porque si la unidad se metía al DF nos cobraría una tarifa elevada.

Al llegar a la estación, tomamos el metrobús para ir a la Ciudad de México. Durante el trayecto, vi las avenidas infestadas de coches, cientos de fábricas invisibles por su propio humo, edificios diluidos entre el smog y las caras de cansancio de los miles de capitalinos. Vi rostros cansados de la jornada que apenas comenzaba. Expresiones de estoicismo burocrático, y de vez en cuando la rebelión; punks perdidos, chacas con sus cabellos llenos de gel y hasta jipis disfrazados de adultos. La parada me sacó de del breve trance reflexivo y bajamos después de una hora. Estaba de camino en algún lugar desconocido para mí, por lo que caminé junto a Luz -sin separarme mucho-, hasta llegar a un mercado. Entonces comprendí que no todo era brillo en el negocio de los tacos.

Tras recorrer unas cuantas calles, llegamos a la primera destazadora pública que he visto. Un mercado, en donde las vacas muertas cuelgan y son rebanadas por cientos de personas se abrió ante mi vista. Allí, los vendedores de comida, tacos, cena, etcétera etcétera, compran la carne a costos rebajados. Caminamos entre cáscaras de fruta, pedazos de carne, sesos y vísceras buscando la carne de mejor calidad a precio de oferta. A veces pisaba materia blanda que no podía diferenciar entre su origen vegetal o animal. Las panzas de res –negras todavía de materia fecal y grasa- me recibieron. Había una cantidad incuantificable de lomos rojos, tripas extendidas en mesas, muchas pirámides de cráneos de res, chivo y cerdo (todavía con algo de carne, sesos, un nervio óptico desorbitado o pelos) y el olor inconfundible de la sangre, lavaba con jabón y agua. El cuadro lo completaban los muchos ojos, lenguas, orejas y animales desmembrados. Tal fue el espectáculo sensitivo que aprecié por más de 2 horas. Para consolarme pensaba en lo que visitaría del DF y lograba avanzar entre la orgía carnicera en la que me había introducido.

Salimos del mercado de carnes, aunque yo preferiría decir que huimos, cuando los padres de Luz obtuvieron buenos precios. Para mi sorpresa buscamos en dónde desayunar, y en un puesto frente al mercado, encontramos y pedimos quesadillas con queso. Comer después de aquel espectáculo gore era un verdadero reto y lo cumplí sin quejarme. Para eso entonces mis sentidos ya se habían acostumbrado a la irritación del aire y la pesadez de la multitud. Tantos coches y escuchar el sonido aplastante de la ciudad, comenzaba a ser parte de lo cotidiano. Acompañé mi quesadilla de chicharrón en salsa verde con el aroma de las coladeras sabor precipitación cosmopolita y me quedé sin hambre.

Aunque viajar en pesero no fue tan agradable como lo imaginaba, conocer el centro me quitó la primera impresión nacida de visitar el mercado de carnes.

Bajamos en Bellas Artes y recorrimos algunas manzanas  para poder reconocer lugares, entrar en uno que otro lobby de hotel, mirar la vista panorámica desde el Sanborns y caminar muchos metros por los alrededores. Visité librerías, de viejo y las nuevas, avancé entre más multitudes, espectáculos urbanos, puestos improvisados que se desarman cuando un policía está cerca y volví a comer en un puesto callejero. Me tomé la clásica foto de visitante y acabé agotado entre los rituales del caos y el zócalo.

***

Mi primer fracaso sucedió esa noche, después de horas de vagabundear y transitar las calles del primer cuadro (aunque para mí, era más un polígono de muchos lados). Para terminar el día habíamos pactado una cita para beber algo de alcohol. Esa noche vimos a una amiga en común –arroba MissPaprika- obviamente conocida también a través de Twitter. Fracasé por dos cosas: más invitados inesperados a la reunión y mi cansancio. Jamás pensé que caminar entre Reforma, la Alameda y Eje Central fuera tan pesado. (Añadiría una tercera causa, pero el aliento a tacos poco importa cuando te quiere agarrar a besos y fajes con una desconocida).

Regresamos a Tlalnepantla con sueño y el peso de tanta gente. Los trasbordos me mataron y llegamos directamente a trabajar en el puesto de tacos. Adicionalmente yo cargaba la frustración y las ganas de tocarle las tetas a la amiga de Luz. Al finalizar la jornada, entre los ronquidos de mi anfitriona y de sus padres, planeé como no dejar perder la posibilidad de mejorar los beneficios de aquella nueva amistad.

El día siguiente, y motivo principal de mi visita, pasó entre mis deseos y mis recuerdos. Mi viaje tenía dos propósitos: conocer la capital (que estaba parcialmente cumplido) y asistir a la fiesta de Luz (por cumplirse aquel día). La tarde se fue en preparar el lugar donde habríamos de festejar, limpiar el patio de polvo, cortar hierbas enraizadas, tirar jeringas, recoger cacas de perro y deshacernos de mucha basura. Era sábado y nuestra necesidad de alcohol lo sabía.

Era sábado y mi pene buscaba ser enterrado en la cavidad de alguna mujer. Era sábado y afuera del conjunto habitacional, a unas cuantas calles, se instalaba un sonidero popular. Era sábado, la fiesta estaba por comenzar, y nadie hubiera podido adivinar el giro que tomarían las cosas.

Apenas estaba listo, y por listo me refiero a ropa limpia y un intento de peinarme, cuando llegaron dos hombres y una muchachita. Era arroba Noconoce, a la que ya conocía de vista también por Twitter. Nos saludamos y le lancé una mirada de estúpido. Funcionó y contestó con la mirada de complicidad. La fiesta, que comenzó pocos minutos después, disipó la barrera de principios.

Aunque nuestro sonido era un tanto improvisado, funcionaba para la fiesta. Una notebook rosa, mi memoria USB con un playlist sonando, unas bocinas y el ánimo de los asistentes, que poco a poco iban llenando el patio de la unidad, estaban logrando que la celebración fuera amena. Por su puesto, del alcohol no había que preocuparnos, ya que habíamos logrado hacernos de una buena dotación. La fiesta tenía lo necesario para hacerse grande. La hazaña se había logrado de la forma más sencilla: un señor, amigo de la familia de la anfitriona y festejada, le había regalado botellas de whisky, vodka y tequila como cumpleaños. De todas ellas recuerdo bien dos botellas: las de vodka. La primera -de mandarina- se terminó entre cumbias, huaracha, rock, baile y frituras. A la segunda botella la recordaremos más por la sangre, los gritos y cristales desparramados.

***

El segundo seudo-éxito, aunque parecería más un fracaso, ocurrió detrás de un aljibe. La noche y las sombras fueron mis testigos.

Mientras metía mis dedos en la vagina de la recién conocida (arroba Noconoce), ella besaba con violencia mis labios. Metía su lengua y se enredaba con la mía. Unas horas antes, y gracias al vodka de mandarina, solo éramos dos desconocidos bailando. Bastó el efecto desinhibidor del alcohol para que sus manos buscaran mi pene, y mi pene busca a las suyas. En medio de tanta excitación tal vez alguien nos vio y eso no le importó nada. Pero de algún modo aquello no podía llevarse a cabo entre el estacionamiento y la fiesta en pleno apogeo del otro lado. Decidimos ponerle pausa y se abrochó los botones. De saber lo que vendría, hubiese preferido enfrentarlo sin una erección a medio despachar.

Los sonideros del Valle de México son famosos por tres cosas: el baile al alcance de los más vulnerables, el coito disfrazado de cumbia, bachata-huaracha-rumba y su tendencia caótica dentro de un orden organizado. Baile, emparejamiento, embriaguez y violencia; todo en un paquete. Y aunque los sonideros arrastren mala fama, siguen reuniendo a sus fieles. El llamado de los saludos, las luces y el humo sustituyen a las campanas de la iglesia. Aquella noche cometimos el error de hacer una fiesta dentro de otra más grande. Fuimos víctimas de la dimensión destructiva de aquel ritual. Nos alcanzó la vibración, y aunque no estuvimos invitados, padecimos la resaca.

Si bien las cosas sucedieron muy rápido, dentro de esa voracidad del tiempo puedo recordar instantes que se imprimieron en mi cabeza -tal vez para siempre-. Recuerdo que mi pene seguía inyectado de sangre. Que mi pareja improvisada esperaba allá al fondo tambaleándose de ebria. Que el novio de mi otra amiga, la del día anterior (arrobaMissPaprika), amenazaba con golpearme. También tengo la memoria del baile que se ejecutaba alrededor. A la voz de Pedrito Fernández cantando La Bala y mi confuso deseo de coger o seguir bebiendo.

***

Para cumplir cualquiera de estos, caminé hacia la cubeta donde habíamos puesto el hielo y las botellas. Cuando llegue a la mesa una mano tomó, antes que yo, la otra botella de vodka. Luego la misma mano la empuñó y dirigió la botella, ahora de cabeza, hacia la cabeza del individuo más cercano. Este cayó fulminado por el impacto. Los vidrios y la sangre salpicaron la botana. Percibí el olor del vodka de cereza mezclándose con sangre, sudor y tierra. El miedo se propagó como nube de gas tóxico. Luego escuché otro botellazo detrás de mí y más vidrios salieron volaron. Logré ver la cara del primer tipo e identificar que eran por lo menos tres los que colapsaron nuestra fiesta.

Cuando Pedrito Fernández dejó de cantar, comprendí que aquello era un asalto.

El mismo tipo que me ganó la botella desconectaba la notebook y corría con ella. Yo lo seguí, preocupado porque iba conectada la USB en donde tenía guardados mis avances de tesis, y traté de alcanzarlo. Cuando me disponía a soltar la patada fulminante, fui derribado por dos personas. Me incorporé y salí de la unidad  corriendo a menos de medio metro tras de ellos. Mi heroica persecución fue frenada porque un vecino me alcanzó el en trayecto “Ni te metas al sonidero chavo, que ahí te tumban y hasta te pican” –advirtió, y me resigné a regresar derrotado.

En lo que quedaba de la fiesta había gente con miedo, ebrios saliendo de sus escondites y mucho estado de shock en el aire. La mesa donde estaba la computadora y botanas había quedado salpicada de sangre y los vidrios se esparcían por todos lados. Mi pareja improvisada temblaba de incertidumbre, pasmada por no saber qué había pasado. La miré y le pedí que subiera con todos al departamento de mi amiga. Recogimos las cosas que pudimos y buscamos refugio seguro.

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La primera hipótesis surgió mientras nos enteramos de quiénes habían sido las dos las víctimas. Al primero, y al que yo vi, le cortaron parte de una oreja. Al otro, que solo observé ya derrumbado, le abrieron la cabeza. Había resultado ser el novio de arroba MissPaprika, que horas antes, quería golpearme por intentar besarme con ella en el Zócalo. Doble suerte para mí, pensé medio en broma y como consolación.

Mientras el primer receptor del botellazo iba camino al hospital en el departamento se debatían los motivos, los detalles que no captamos y las circunstancias del asalto. Otro grupo en cambio seguía bailando y haciendo chistes de humor muy muy negro. Parecía una pésima broma que un numeroso grupo de gente fuera atemorizada por tres míseros ladrones.

Pasamos la noche todos, entre bromas crueles, anécdotas y repaso de los daños.

Yo no pude dormir, aunque fingía hacerlo. Entonces pensé en los fracasos, que ya era dobles. Sin embargo no me importaban. Dos personas pudieron haber muerto pero una estaba en el hospital recibiendo puntadas, y la otra en el departamento convertido en el héroe superviviente.

El Pato, como le apodaban, relataba cómo pudo haber evitado el asalto. Que ya casi le quitaba la botella a uno de los ladrones mientras su novia lo miraba con ternura, admiración y respeto. Él, con la cabeza vendada, recordó ya entrado en el tema de los madrazos. Presumió cómo había sobrevivido al 1ero de Diciembre. “Cuando el puto de Peña Nieto mandó a los granaderos, nos dispersamos. Yo vi como casi madrean a un periodista pero tumbamos al puerco. Luego le quitamos el escudo al culero y lo pateamos. Alguien le quitó la macana y el hijo de la chingada salió corriendo. Nel, si esto –y se señalaba la cabeza- no es nada. Machín cuando Atenco….”Y renuncié a escucharlo. El botellazo había reconciliado a los novios.

***

Los siguientes días fueron tranquilos hasta la Navidad en donde cenamos, bebimos y olvidamos la fiesta. Digiriendo romeritos y bacalao, pensé que no era solamente “el invitado” sino que estaba siendo parte de algo. De una familia en apuros. Del shock póstumo a la fiesta de cumpleaños. Parte de un mundo ajeno al mío. Lo que me resultó una experiencia rara e insólita, era el día a día de todas las familias de aquel lugar. La violencia común, el caos, la agitación y la multitud, en donde se pierde la identidad, no era algo para lo que me sintiera preparado. Aún no era tiempo. Entonces comprendí que debía volver o elegir y arriesgarme a ser una parte definitiva de aquel mundo.

Antes de marcharme, volví a ir a la ciudad. Esta vez solo para visitar lugares y pensar mi siguiente parada. Me reencontré con una amiga y pasamos una tarde tranquila mientras recorrimos el centro y algunas tiendas. Nos despedimos esa misma tarde acordando un encuentro que jamás ha sucedido. Durante el regreso tiré la tarjeta recargable, y en la taquilla del metro, solo pedí un boleto. Tampoco compré algún recuerdo.

Cuando regresé a casa de Luz (con una terrible hambre) pensé que mi viaje había sido un total fracaso. La fiesta había sido arruinada por la delincuencia. No pude besarme o tener sexo con ninguna de las recién conocidas y la nostalgia comenzaba a afectarme. Para mí, era hora de volver.

***

Un viernes, después de otros días quietos y llenos de cotidianidad, estaba en la terminal comprando un viaje a Morelia. Luz me llevó hasta la taquilla y esperó conmigo en la sala. Nos dimos un largo abrazo, nos tomamos la foto del recuerdo y me regaló fruta que me quitaron al abordar el autobús. Cinco, casi seis horas después, llegamos a la capital de Michoacán. Casualmente, la misma película que vi de ida, se transmitió de regreso. Otra vez la cinta de narcos, coches robados, Vin Diesel y Río de Janeiro.

De nuevo me tocó dormitar entre pasajeros roncando e interminables líneas de cerros y carretera. Llegué a Morelia entrada la noche y tomé un taxi a mi casa. Llegando me masturbé y eyaculé como si no lo hubiera hecho en semanas; lo que era principalmente cierto y sano.

El sábado desperté y miré a través de la ventana. Pensar en el regreso me puso nervioso. Recordé que no llevaba ningún recuerdo a mis padres a los que iría a visitar por la tarde. Saqué mi ropa de la maleta y encontré una postal que había metido Luz -seguramente- a escondidas.

Volteé hacía la cama y me tiré boca arriba. La leí en silencio. Miré un rato hacia arriba y noté que hacía falta pintar mi cuarto. La ventana estaba opaca y las cortina sucias. Todo estaba tal y como lo había dejado. Todo, salvo yo mismo.


Diciembre, 2012.


*Esta crónica forma parte del libro Cinéma Vérité (En prensa, 2016).