Por Carlos Dzul

Durante una temporada por causas no tan agradables nos vimos en la necesidad de vivir juntos. Desayunábamos poco por ser pobres y después cada quien a su chamba. Por las noches ella me contaba unas anécdotas nada divertidas acerca de cosas que le habían sucedido y que yo aparentaba escuchar. Lo cierto es que no les prestaba casi atención porque eran anécdotas más bien dolorosas cual bombas de tiempo que después te explotaban, digamos, en el pecho, cuando ibas por la calle y te hacían derramar unas lágrimas discretas, lágrimas que yo me secaba rápido con las mangas de la camisa.

Pero anécdotas que ella soltaba de todas maneras, como si fuera su deber hacerlo.

Teníamos una tele pequeña, blanco y negro, donde a veces veíamos las noticias.

No encendíamos la tele mucho por no gastar luz.

Ella era mayor por veinte años, comía poco y usaba dentadura postiza. Tiempo después, por otras cosas de la vida tampoco demasiado alegres, porque nuestras vidas han sido de todo menos alegres, nos apartamos, cada quien jaló por su lado y empezamos a escribirnos cartas. En el año recibía de cinco a nueve cartas suyas que me esforzaba en responder de la mejor manera. Ponía las cosas que uno pone. Le deseaba salud y preguntaba cómo estaba el clima por allá. Así comenzaban. Y terminaban diciendo que se cuidara y que le fuera bien. Ocurría con frecuencia que a media carta me detenía porque las manos me temblaban de un modo espantoso. Entonces lo que hacía era abandonar un rato la mesita y salir a buscar una cantina para medio emborracharme (no podía emborracharme del todo por aquello del dinero), y tropezando por las calles, regresaba otra vez a la carta y ya con mano suelta, irreflexiva, escribía de un plumazo todo aquello de te cuidas, mucha suerte, etc. Otras veces pensaba y repensaba y al final me rendía, soltaba la pluma y no lloraba pero casi.

Años después nos volvimos a ver en alguna ciudad populosa y contaminada. Ni ella ni yo estábamos más jóvenes. Ella había montado un puesto de jugos en la calle y rentaba un pequeño cuarto en la tercera planta de un edificio donde al parecer sólo vivían familias desgreñadas y gritonas. Tenía un radio de pilas en donde escuchaba música mientras esperaba que alguien llegara y le pidiera un jugo. Se amarraba el pelo y pintaba los labios para dar una buena impresión. Yo pasaba el día junto a ella porque supuestamente era su ayudante. En toda la jornada vendíamos de cinco a nueve litros, es decir, muy poco. Había días en que íbamos de casa en casa ofreciendo los jugos; pasábamos hambre. Ella se culpaba a sí misma por el mal paso del negocio, a lo mejor es que me falta carisma, decía, y se ponía a leer unos libros (fotocopias) donde te daban recetas para ser carismático y todo eso. Yo no le decía que estaba loca pero lo pensaba.

Un día la llegó a visitar un señor. Traía el bigote negro y el pelo blanco y una carpeta bajo el brazo y usaba botas. Mi presencia lo desconcertó, al principio, luego empezó a discurrir en voz muy alta, como supuse que lo hacía normalmente. Contó algunos chistes y eructó. Eructar se le daba bien. Ella, solícita, le preguntaba a cada rato si no quería que yo fuera por algo de comer o por una cerveza. Él negaba displicentemente y haciendo un aparte comenzó a cuestionarla no quise saber por qué, por asuntos que no me atañían. Su sonrisa era maliciosa y tierna al mismo tiempo; detestable. La sonrisa de ella prefiero no describirla. De repente parecían amigos, de repente parecían enemigos, de repente el señor, carcajeándose, le pegaba en la cabeza, le daba un manazo en la frente, un manazo en la nuca. Yo sentía que debía defenderla y sin embargo no hacía nada. Ella no perdió en ningún momento la sonrisa. Al fin, muy satisfecho, el señor agarró y se despidió, al hacerlo eructó nuevamente. Un amigo, dijo ella, cuando nos quedamos solos. Vi que se metió en el baño y que tardó allí media hora, cuando salió prendió el radio. Estaban dando una rola tropical. Permanecimos así un rato, en la sala, sentados, hasta que la rola se acabó de forma abrupta y los dos casi diría que pegamos un brinco. El silencio que inundó entonces la habitación o que irrumpió en la habitación fue como un desfile de almas en pena.

Lo traigo todavía clavado aquí en el corazón ese silencio.

Poco después me volví a marchar y en cartas posteriores me contó que el puesto de jugos había bailado (había desaparecido) y me habló de otros negocios que había intentado sacar adelante. Ropa, café, maquillaje. Lo peor de todo fue que en las cartas incluyera citas que sacaba de sus libros de autoayuda. No supe si odiarla o qué.

Fueron cartas que ya no pude contestar. Las arrugaba y las tiraba a la basura.

Yo era joven entonces. Iba de un lugar a otro como cualquier hombre joven tratando de morir de la manera más heroica pero sólo conseguía vivir encerrado en pequeñas habitaciones mirando el horizonte (aunque éste no fuera más que una pared) a través de ventanas inmundas. No encontré el amor, no me ufano de ello, no es que espere recibir una medalla, pero así fue, lo busqué y no lo encontré.

La última vez que nos vimos ella seguía viviendo en la misma ciudad, en otro edificio idéntico. Pesaba quince kilos menos y aún conservaba el ¿deseo, valor, la inocencia? de sonreír. Estuve sólo dos días (durante los cuales ninguno de los dos probó bocado) escuchando sus ineludibles anécdotas que ahora versaban sobre la infancia, la vida en el campo, los arroyos y las vacas.

Me largué de madrugada. No le dije adiós.