Por Juan Mendoza

Me encontré andando sin rumbo, sobrio y demasiado temprano en un día que yo planeaba fuera de amor correspondido y francachela. Encendí un Delicados sin filtro y llegué a la esquina de la Escuela. Me senté un rato en una jardinera cerca de la entrada y, aunque en realidad quería estar solo, no tardé en encontrarme a la vieja pandilla del bachillerato. Aparecieron Jorge, El Thor, el Tripa, El Cholo, El Ratón, La Brunilda, banda que no veía desde que salimos de la Voca porque ya estudiábamos en diferentes turnos. El Kena y el Chemotizo se conmovieron tanto por nuestro encuentro que propusieron irnos a alcoholizar valiéndoles madre sus últimas clases. Me llevaron a una miscelánea que visitaban seguido y en la que los dejaban empinar el codo en la trastienda. Descubrimos que estaba cerrada. Así que compramos unas caguamas en la tienda de regreso a la escuela y nos las tumbamos mero enfrente de la HH Institución. Apenas le habíamos dado dos deliciosos tragos cuando pasó una patrulla, descubrió al Chemotizo besando su botella con parsimonia y nos subieron a todos.

Nos dieron dos vueltas a lo wey en lo que descubrían cuánto dinero podían sacarnos y si valía la pena la gasolina gastada. El Tripa les pidió el paro, pero el oficial al volante le dijo que tenía que ser de a un quinientón porque ya había avisado a la Base.

—Bueno, pues entonces llévenos, gracias.

Dijo el Tripa con aire de perdonavidas, esperando la negociación. Pero por esos extraños caminos del señor o quizá porque notaron que dónde nos recogieron a nosotros resultaba ser un hervidero de faltas administrativas y perdían horas/mordida en darnos vueltas para negociar menos de un quinientón, nos llevaron a dónde nos tenían que llevar.

Nos mantuvieron confinados en los separos de la 14ava Agencia del Ministerio Público. Tiempo después llegó un oficial a elegir a uno de nosotros al azar (yo) para llevarlo frente a un juez huevoso que dictó sentencia: “por estar tomando en vía pública debe cumplir 24 horas de arresto en el Centro de Sanciones Administrativas y de Integración Social ó una multa de 556 pesos… ¿tienes el dinero? (todavía el imberbe de mí toqueteaba mis bolsillos esperanzado a que un billete apareciera por arte de magia) ¿No?, bueno, oficial, por favor condúzcalo al Torito”…

… y hacia allá me llevaron.

Mis amigos me gritaban desde la celda que no me preocupara, que irían por mí en chinga, que no pasaba nada, que no me asustara, que tuviera huevos. Yo me dejé conducir dócilmente de regreso a otra patrulla. Me fui platicando con los oficiales intentando indagar qué carajos era el Torito y cuál era la mejor manera de comportarme una vez dentro.

Llegando al Centro de Sanciones Administrativas y de Integración Social me condujeron a un patio donde, con otras veinte personas, nos pusieron en una hilera. Hicieron que guardáramos nuestras pertenencias (cinturones y agujetas incluidas) en una bolsa de plástico. Nos llevaron a que oficiales administrativos tomaran nuestros datos. Nos conducían de una oficina a otra, ora con el Doctor, ora con otro administrativo, ora con una secretaria. Todos me decían que en realidad no venía tan ebrio, sin embargo tenía que poner en el parte que sí, que estaba borracho y escandaloso, para justificar mi estancia, pero que no me preocupara, que si me portaba bien, allá adentro no me pasaría gran cosa.

Pasé el último filtro donde una secretaria muy amable y muy fea que miraba interesada Duro y Directo me sugirió hacer una llamada a mis padres para que vinieran a sacarme. Esperanzado lancé una señal telepática que indagaba: “¿ónde tú?” Me señaló un teléfono público de paga y le confesé que había dejado mi tarjeta en la bolsa con mis pertenencias. “Ni modo, Rey, toca desayunar frijoles”.

Chinga tu recontraputa madre…

…me condujeron al área de celdas; pasé a recoger un colchón pringoso y maloliente. Un carcelero abrió el bloque donde me tocaba pagar mis 24 horas de arresto. Hice mancuerna con un señor treintón que llevaron conmigo desde la 14ava. “Mira chavo, allá adentro vamos a permanecer juntos, el pedo es que no nos vean llegar solos porque empiezan a chingar. Tú me cuidas, yo te cuido.” Tengo que aclarar que en ese entonces El Torito distaba mucho de ser lo que se convirtió años después con la entrada del alcohólimetro y poco tenía que ver con el lugar dónde se hospedarían personajes de la farándula como León Larregui, El Conejo Pérez o Fabiruchis. Entonces estaba mucho más culero. Con mi nuevo amigo llamado Juan, de oficio zapatero, nos metimos mero hasta el fondo del pasillo, afuera de las celdas, y nos sentamos en nuestros piojosos colchones. Personajes siniestros nos preguntaban por qué habíamos caído. “Yo, por nada” contestaba. “¿Qué? ¿Nomás de barbas?”, preguntaban sorprendidos. “Beber en vía pública, pues, pero eso y nada es lo mismo porque nomás le dí dos tragos a la guama y ni estoy pedo”. “Chales, eso sí.”

Recargamos la espalda en la pared. No me habían cateado muy bien que digamos y mantenía conmigo la cajetilla de Delicados por la que me salí de la fiesta hace unas horas. Juan había metido también de contrabando unos cerillos. Así que aguantamos el frío fumando. Un par de reos se acercaron a pedir cigarros. Hice el pecado de regalarlos sin siquiera ocurrirme que los podía vender muy caros. Me paré a echar una miadita, el baño en el complejo era sólo una celda más, con dos agujeros: una para las miadas y otra para las cacas. Mientras orinaba un gordo malviviente de aspecto terrorífico se puso a mi lado y sin más se bajó el pantalón y se puso a cagar. Me miraba retador y yo puse mi mejor cara de póker. Acabé, me la sacudí, mascullé un “compermiso” entre dientes y regrese a mi colchón. No entendí cómo era que en unas poquísimas horas había pasado de negar un caldo con Tarántula a estar encerrado en una maloliente celda. Ahí aprendí que nunca debes decirle “no” a una mujer. Nunca.

Aceptando mi destino de estar ahí las siguientes 22 horas me puse a platicar con Juan el Zapatero. Le conté la historia del Tío Kalifa, un cuento de Jorge Caballero que había leído hacía poco en una revista Generación. Después de cagarse de la risa me contó que él sí traía para pagar la multa, pero que de hacerlo, su esposa e hijos se quedarían sin echar papa en la siguiente semana, confesó que nos había estado escuchando en la celda de la 14ava y que le dio un chingo de risa por las pendejadas que estábamos diciendo. Me contó también que la chamba escasea cada vez más y que a veces no saca la raya, que ese día un compa se había disparado un aguardiente León y se lo estaban chingando con Boing de guayaba, pero que les dio ganas de mear y ahí mero los agarró la trulla, que su compa se alcanzó a pelar, pero que él no porque le dieron un macanazo en las canillas (que, de hecho, llamó chamorros y me dieron ganas de renombrar mi novela: El Amor es Ese Madrazo que te Acomoda la Julia en las Canillas). También le preocupaba su hijo, porque andaba en malos pasos, juntándose con gente malviviente y dándole a las drogas; cada día estaba más violento y no respetaba ni a su madre. “Chales, acepté con pena, la neta es que tú tienes un montón de broncas bien cabronas y mi única preocupación es que una vieja culera no me pela y no puedo escribir una novela acerca de eso”. “No hay pedo, morro, cada quién tiene su pedos internos, y las broncas que te carcomen y te vuelven pinche loco son cabronas. No importa si te estás muriendo de hambre o de amor por una vieja… cáptalo, morro, porque es neta”. Fumamos en silencio. Regalé otro cigarro, ahora a un travesti todo mal maquillado que salió de la celda de enfrente y nos anunció que le quedaban dos horas, pero que no podía aguantar un minuto más sin fumar y que nadie desde las seis de la mañana se le había ocurrido meter cigarros. Me preguntó el precio. Cortesía del Torito, le dije, sólo recuerda que le debes una chupada gratis a alguien…. en un futuro, cuando salgas de aquí, que conste. Aclaré nervioso, para que no se entendiera que le estaba intercambiando un cigarro por un mameluco.

Suponía que lo más cabrón del Torito era que te dieran violín, que te pusieran una madriza para quitarte tus tenis sin agujetas o una cajetilla de Delicados (ahora a la mitad). Pero lo más perro a lo que me enfrenté fue al tedio. A pensar que en este momento podía estar cogiendo con Aurora (en lugar de Víctor) o metiendo un dedo a la deliciosa vagina de Tarántula en un rincón oscuro, o poniéndome una pedota con Óscar y mis amigos en la fiesta cerca de la escuela, o en mi casa escribiendo el inicio de Una Novela Revolucionaria. Pero no tenía ni mujeres, ni alcohol, ni literatura y entendí que los pocos cigarros que me quedaban incluso eran un riesgo para mi integridad.

Pasaron dos horas antes que un guardia anunciara mi nombre. Y me cae que gritó: “Futuuuuroooooo Escritoooooor Galardonaaaadoooooo…. aaaaaaaaa laaaaaa rejaaaaa”. Lo juro. Intuí que me llevarían a realizar más trámites derivados de mi sanción administrativa. Cuando me acerqué, el carcelero peleaba con una generosa cantidad de llaves, que no entraban en la cerradura. A la tercera intentona dijo: “ya te vas a ir, morro, pero si no encuentro la llave te quedas”. “Ja ja ja” contesté yo. Pero la siguiente sí abrió. “Aguánteme un segundo, por favor”, solicité a riesgo de que cerrara la reja y me dejara ahí encerrado. Regresé al fondo del bloque, le di la mano a Juan el Zapatero y bajita la mano le dejé los cigarros. Dije por lo bajo: “no dejes que te los vean y diles a éstos weyes que eran míos y me los llevé”. “Yastás morro. Gracias. Buena vida”.

En una oficina me anunciaron que se habían presentado a pagar mi multa, me hicieron buscar mis pertenencias en todas las bolsas acomodadas a lo pendejo en una caja de cartón y mientras me acomodaba las agujetas me despedí de los pinches cerdos administrativos. “Bueno, pues hasta luego… ¡miento!, ¡Nada de “hasta luego”! ¡espero no volverlos ver!”.

A los veinte minutos que me llevaron al Torito soltaron a mis amigos “para que vayan a recoger a su cuate” y luego, luego fueron a conseguir para la fianza. Después me enteré que encontrar dinero en realidad fue rápido, pero que se tardaron como dos horas porque el primo de Jorge los entretuvo: aflojó la lana con la condición que Jorge entrara a terminar el último tiempo de un partido de fut en las canchas del barrio. El wey metió el gol del gane y el equipo se disparó las caguamas para celebrar el triunfo de la final local, con la que aseguraban jugar por el campeonato en Prados Ecatepec. Cuando se estaba haciendo la vaquita para la tercera ronda de guamas el Chemotizo recordó que yo andaba en el Torito. Le prometieron al Club Deportivo AzulGrana de San Judas que nomás iban a sacarme y regresaban a seguir cheleando.

Como ya habían pasado dos horas y cacho, la fianza había bajado. Nos sobraba tiempo  y dinero para llegar a pie a la cancha de futbol y comprar unas caguamas de camino. De qué sucedió el resto de la noche, ni me acuerdo.


*Fragmento de la novela Mi Reflejo en una Montaña Cubierta de Nieve, publicada por la editorial  NITRO/PRESS (2017), agradecemos al autor por las facilidades para su publicación.