Por Carlos Dzul

…eran felices. Que no hacían más que mirar la tele y rechazar pretendientes por teléfono. Que podían comer papas fritas toda la vida sin perder la línea ni enfermarse. Pensé que sus padres desde niñas las consentirían sin regañarlas jamás y que luego, al crecer, ya de muchachas, encontrarían con facilidad trabajo de modelos en revistas o se volverían esposas de hombres con poder y andarían de un lado para otro en limosina.

Pensaba todo esto por ser joven porque de joven no se tiene la menor idea de nada y porque, en La Realidad, yo no había conocido ninguna muchacha bonita. Me conformaba con mirarlas de lejos, en revistas,  en la calle. Unas bien vestidas, pintaditas. Otras malvestidas, despeinadas, pero todas bonitas-felices. Pensaba.

Entonces tenía 20 años y el pelo corto y no leía libros ni por accidente. Una noche que me sentía solo y deprimido (había intentado suicidarme) fui al teatro. Exagero. Es verdad que estuve llorando varias horas y que traté de cortarme las venas con un cuchillito pero apenas vi la sangre me detuve.

El punto es que al llegar al teatro me topé con la muchacha más bonita de la ciudad allí parada en el vestíbulo con su boleto en la mano y sorprendentemente le saqué plática. Yo creo que si no hubiera estado deprimido no me atrevo ni a saludarla, pero como andaba en plan fatalista, en plan “la vida no vale nada”, eso me dio valor.

Pasamos todo el rato platicando; la dichosa obra (un rollo sobre la lucha de clases) ni la vimos. La gente nos mandó callar, sshhh ssshh ssshhh, pero nosotros platique y platique. Saliendo del teatro nos hicimos novios.

Lo juro.

Cuando me di cuenta estábamos en plena calle dándonos un beso y no de cualquier tipo, un beso de animales. Para colmo le agarré una nalga, no lo pude resistir; ella también me agarró una nalga y yo empecé a creer que todas las muchachas bonitas estaban locas.

-¿Me quieres?

-No.

-¿Cuántos novios has tenido?

-Uno.

-Fíjate que no te creo, dime, ¿te regaña mucho tu papá?

-¿…?

-¿Te consiente?

Su papá estaba muerto. Su papá estaba loco. Ella de niña lo veía salir a la calle en trusa: un señor alto de ojos negros hundidos y dientón. Salía en trusa por las noches o por las mañanas, tempranísimo; de repente se metía en alguna casa pero no le faltaba el respeto a nadie, sólo hacía preguntas muy sencillas del tipo: ¿qué hora es?¿cómo están? Mucha gente ya lo conocía, cuando lo veían lo saludaban, incluso le daban comida; un loquito buena onda. Pero otras personas exageradas luego sí le pegaban con escobas o desarmadores y entonces él volvía corriendo a su casa o no regresaba de plano y tenían que salir, ella y su madre, a buscarlo hasta que por fin lo encontraban caminando desnudo en la calle, o bien, tirado en la banqueta con la boca rota.

Cuando su padre no quería volver o no quería bañarse o rechazaba la comida, cuando se ponía difícil, Julián aparecía para echarles una mano. ¿Quién era Julián? Un wey que estaba enamorado, enculado (mejor dicho) con ella, y que todo el tiempo le estaba cantando canciones (corridos), contándole chistes y que la invitaba mucho al cine, a la playa, a donde fuera, pero al cual ella siempre le decía que no “porque yo no estaba de humor para nada”.

Después a su papá tuvieron que internarlo, sí, en el manicomio. El problema es que costaba, la pendejada esa, como si fuera un hotel cinco estrellas. Había que pagar una mensualidad y si querían comprarse, por decir algo, un vestido, no podían, por culpa de su padre loco; por culpa de su padre loco había días en que ella y su madre no tenían ni para comer. Así que ella, la muchacha más bonita de la ciudad, se acostumbró a llevar encima unos trapos muy simples, unas prendas inverosímiles por no decir horribles que le regalaban sus parientes. Faldas viejas de gitana. Overoles de pintor de brocha gorda.

Una tarde salió con Julián a pasear en carro, para distraerse, porque estaba harta de todo (de Julián, de sí misma, de todo); bebió tres tragos de una lata de refresco y BAM cayó dormida y cuando despertó Julián estaba encima suyo, en el asiento de atrás. Ya nada se movía, ni ella ni él ni nada, fue un instante de inmovilidad suprema. Julián se levantó, regresó frente al volante, esperó a que ella se pusiera la ropa interior y la fue a dejar a su casa. En el trayecto ni uno ni otro dijo nada.

Su padre murió en el psiquiátrico, de neumonía, meses después. A la semana ellas también decidieron mudarse porque la casa donde hasta entonces habían vivido estaba “tocada”, según su madre, “echada a perder”. En la nueva colonia le salieron chorrocientos pretendientes; no les dirigió siquiera la mirada. Estaba por cumplir los 18 y más buena que nunca, eso no es difícil deducirlo. Iba y volvía de la prepa con la cabeza gacha y los hombros caídos. Alguien, un viejito, un día le preguntó por qué estaba tan triste si era tan bonita. Ella respondió que gracias. “Cada que alguien sale con que soy bonita digo gracias y me siento estúpida, ser bonita es de lo más estúpido”. Su madre le aconsejó que leyera la Biblia, que se alimentara bien. La Biblia le daba sueño y lo que es comer sí comía pero después lo vomitaba todo. Al final, ni ella misma sabe por qué, tuvo un novio. Su primer novio, según. Eduardo. Esquelético, fanático de la música electrónica, dueño de un pene también esquelético y largo como una chistorra, que ella tocaba y besaba con mucha curiosidad, con algo entre repugnancia y vehemencia. Su principal característica, de Eduardo, es que era muy infiel. Ni la había terminado de engañar con una y ya la estaba engañando con otra, pero no la engañaba, en realidad, porque luego iba y se lo platicaba: escucha, antier me acosté con fulana, ayer con sutana; ella sólo respondía: ok. Después a escondidas lloraba. Y vomitaba. Así pasaron dos años hasta que al fin terminaron, mejor dicho él se fue a vivir a otra ciudad.

Y fue cuando me conoció.

Luego luego nos pusimos a vivir juntos. Y nos dio la escribidera, esa enfermedad que hace que uno escriba sin parar a todas horas. Resulta que ella quería ser poeta, desde niña, o eso pensaba, o esa mentira me quiso contar, y yo le seguí la corriente. Hacíamos un poema diario y por las noches nos poníamos a leerlos, primero el suyo, luego el mío, luego nos besábamos.

Fuimos felices un rato pero no tardaron en surgir problemas. No problemas económicos: mi papá nos mantenía (sic). El problema fue que yo le pegaba (cachetadas, rodillazos) porque me daba coraje que ella hiciera o no hiciera ciertas cosas. Por ejemplo, que no fuera virgen… qué odio me daba. Que hablara con tanta frescura de los penes (dos) que había tocado y saboreado. Que quisiera tener amigos y encima traerlos a nuestra casa. Peleábamos diario. Yo después que le pegaba le hacía el amor. Ella odiaba eso.

Agarró su maleta y se fue, una mañana; ni siquiera tuvo el gesto de azotar la puerta. Sólo se largó, como un borrego.

Intenté suicidarme, claro está. No volví a escribir un verso nunca. Suicidarse no es tan fácil.

Pasó un tiempo.

Luego supe que se había ido a vivir a La Gran Ciudad, ni más ni menos, que ingresó en la Ilustre Escuela de Poetas; que volvía sólo en vacaciones.

Yo, cuando me entero de que anda por acá, le llamo por teléfono y la invito al cine. Lo peor del asunto es que acepta. Ella acepta. No me manda al diablo ni nada de eso. Cuando estamos en la sala, viendo la película, eso sí, no permite que le ponga un dedo encima ni que la bese.

Lo que hace con mucha calma es contarme su vida en La Gran Ciudad.

Que es así, más o menos:

No se ve la luna, por la contaminación.

Hay demasiados indigentes.

Me extraña (¡!).

Y vive con cierto poeta joven medio famoso.

Es todo.

No diré cuál es el género predilecto de música del poeta joven ni qué clase de pene es el suyo, tampoco voy a decir cómo se llama ni cómo la trata el poeta joven. Cualquiera, hasta un niño de pecho, lo podría imaginar.

El PUNTO es que ella cuando nos vemos abre un cuaderno verde de papel reciclado (lo primero que compró cuando llegó a la Gran Ciudad): allí escribe sus poemas. Te doy permiso de leer, me dice; yo le pido que mejor ella misma lo haga. “Me gusta tu voz”. Ella asiente, desliza una lengua de gato por los labios gruesos y lee un verso tras otro moviendo la manita como quien siguiera el ritmo de una música. El PUNTO es que mientras ella lee le miro los ojos (¡los ojos que nunca se callan la boca!) y me doy cuenta de que no es verdad eso que yo pensaba.