Por Rodrigo Velázquez

Lloró mucho sobre su cama, en brazos de algunos de ellos y sola.  Los culpó y los odió por no poder alcanzar un orgasmo que había escuchado era como una enérgica dilatación, como una tensión arraigada en el centro de una violenta mirada, o en las fauces amarillas, rojas y azules de las explosiones del sol. Cuando Andrea lograba abandonar la depresión que la enterraba en su cuarto solía ir a contemplar el hermoso Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México. Se quedaba sentada en una jardinera frente a el y se deleitaba contemplando la sutil y enorme arquitectura de aquel hermoso edificio que con acierto fue apodado como el Elefante de Mármol.

Andrea se sabía negada e incapaz de escurrirse suave, dócil y transparente como el agua de un pozo o de una cañada. Y a pesar de que comprendía que otras mujeres antes que ella habían sufrido la vergüenza y la incertidumbre de no poder tener entre sus piernas el coito anhelado, eso nunca fue consuelo que le ayudara a entender y aceptar el abandono de sus dos grandes amores que le reclamaron la razón de su impotencia hasta el hartazgo. Con su primer novio por ejemplo fingió durante nueve largos años ya que nunca se atrevió a confesárselo, y con el segundo, con el que idealizo como el elegido para derramarse lo intento durante cuatro años sin conseguir nada.

En sus jóvenes años Andrea sufrió mucho esos gritos de reclamo y comenzó a buscar en vacíos lugares y ordinarias personas el flujo anhelado. Empezó a desnudarse y a entregar  su cuerpo y su espíritu a cada rato, a dar señales por todos lados de que se había abandonado. Los hombres a su alrededor notaban que era fácil acercarse a ella, hacerla reír, llamar su atención, y que ella estaba dispuesta a recibirlos a todos sin demasiadas preguntas. Dejó de exigir y de exigirse, se obsesionó con una idea que a mí me pareció absurda cuando la noté. Su incapacidad física se convirtió en pretexto, le daba casi lo mismo unas manos duras que unos ojos serenos, era casi igual para ella la curiosidad de acostarse con una persona obesa o un cuerpo muy alto. Y así se pasó muchos años de su vida, entregándose sin cuidar su corazón, fingiendo tener orgasmos, agotando posibilidades, concluyendo poco a poco una idea falsa. Creyó encontrar una felicidad plena en presumir y alardear sus aventuras no amorosas, sino sexuales, no con orgasmos, sino con especulaciones. Se aprendió a vender a bajo costo y se comenzó a confortar sintiendo en su boca los orgasmos de los demás, se perdió en la absurda idea de realizar una estadística de tamaños, tiempos, sabores y pesos. Fue entonces cuando yo la conocí. Cuando reconocí en ella muchos de los hábitos que me llevaron a separarme de mi esposa y mi hijo de cuatro años.

Apunto en este diario lo que recuerdo.

–Tú fuiste la que se presentó así. Yo no te conocía. Me diste a elegir. Me dijiste con claridad, “esto soy, lo tomas o lo dejas”. Y decidí dejarlo, y tú también decidiste alejarte. ¿No te fuiste con alguien más? ¿Por qué vienes ahora a insinuarme que quieres tener una relación “decente” conmigo?

–Porque estoy cansada de ir de un lugar a otro, de estar sola, de buscar gente, de prostituirme por Internet y en mí trabajo. Creo que podemos tener algo honesto, estoy dispuesta a ello. Discúlpame, me pasé de pendeja, me creí muy lista, fui engreída, soberbia y vanidosa. Me acosté con muchos en mi pasado, es cierto. No me arrepiento. Te garantizo que hubo personas de una noche, de semanas, de meses… En fin, ni modo, así pasó. Contigo fui sincera, no soy una santa, pura, tierna. Contigo quería algo más, y quería empezar sin mentirte, diciéndote las cosas. Y más allá de eso me la jugué, te puse mi corazoncito para que lo tomaras, pero tampoco lo quisiste ¿recuerdas? Ofreciste ser mi amigonovio, y lo acepte porque yo se jugar todos los juegos.

–Cálmate, esto no es una competencia.

Vi su hermoso rostro guardar silencio por un segundo.

–Pero también es cierto que te tomé en serio, no solo como uno más de la lista, te di mi tiempo y puse mi mejor esfuerzo, y no me arrepiento. Al final no lo quisiste. Pues que me queda, seguir, por eso me fui con él. Pero mírame, aquí estoy. No me juzgues por mis experiencias pasadas. ¿El que haya estado con otras personas me impide que lo que siento por ti sea sincero? Yo nunca te he criticado por las cosas que hayas hecho bien o mal con tu ex-esposa. No me importa en realidad si soy una más en tu lista, eso solo tú lo sabes, si te importo o no eso solo tú lo sabes. Pero tú tampoco me has dejado pasar más allá de lo que sea que teníamos, que querías que hiciera, no puedo dar más de lo que me permites, me haces pensar que no te importo. Sé que tienes miedo, que acabas de perder a tu familia, que así como soy no te agrado, que no soy suficiente para ti. Pero es que no tengo más, esto es lo que hay, esto es lo que soy y así quiero entregarme a ti. Yo te acepto como eres. Cada que intenté acercarme tú me bloqueaste el paso. ¿Cómo crees que se siente eso? ¿Saber que no llenas las expectativas de alguien? Que solo quiere coger contigo y ya, sin comprometerse. Tampoco es un aliciente para estar contigo, pero aun así te acepté.

–No fue así, yo quise conocerte, pero tú te presentaste de mala manera, diciendo toda esa basura cuando desayunábamos, después de pasar nuestra primera noche juntos.

–Lo siento, ¿querías una niña virgen, pura que solo ha tenido un novio, frágil? No soy esa.

–Que tonta eres, eres patética, no se trata de eso.

–¿Entonces de que se trata?

–De que no te das cuenta de tu comportamiento, de tu forma de ser, de decir las cosas. De la manera en que te acercas con todos los hombres y de cómo has permitido que ellos se acerquen a ti. Tu idea no es la realidad. Me dices una cosa pero te comportas de otra. Adoptaste un concepto estúpido en la mente desde hace años y eso es lo que me enoja. Tu psique tonta que hace que te actúes como una golfa sociable y amistosa, como una golfa desamparada que busca que la rescaten. Lamento decirte que yo no voy a ser tu bastón. No me interesa pasar ese viacrucis junto a ti. Voy a buscar a alguien más y se acabó.

–Quiero mi despedida.

–¿Tú qué?

–Mi despedida sexual.

No pude hacer más que recordar una canción de la Sonora Santanera y sentir lástima por ella cuando escuché lo que me dijo.

Vuelve ahí cabaretera vuelve a ser lo que

antes eras en aquel pobre rincón, ahí quemaron

tus alas mariposa equivocada las luces de New York.

–No me interesa jugar a eso.

–Porque eres tan dramático, vamos a coger y ya. Tú necesitas tener sexo, yo también. Vamos a tenerlo y ya.

–No lo quiero, no quiero que me arrastres contigo, no me interesa, así que mejor ya vete, yo pago el café no te preocupes.

–Eres un sentimental Alfredo. Adiós.