Por Javier Ibarra

¿Alguna teibolera les ha dado un pierrotazo? A un amigo, sí, ahora vive de esa historia, diciendo que fue mágico, inolvidable, que esa marca, aunque haya desaparecido, la llevará por siempre tatuada en su pecho.

Castañeda, a quien conozco desde la preparatoria y tocábamos juntos en una banda de post hardcore, un viernes de quincena me invitó a agarrar el pedo junto a Lara. Reíamos mucho con esa historia. Imaginábamos a una morra muy picuda, bien altanera y brava, tirando golpes y patadas en un privado o en la pista de baile, ya fuera por instinto sexual o por la cadencia de irse despojando de sus prendas; y por supuesto, bien al tiro de las nalgadas y los dedos lujuriosos que deseaban comprobar si era sudor o en verdad se humedecía de placer.

Lara únicamente recordaba el nombre de esa morra que le dejó aquel moretón en el pecho: Hiromi Watson. Así la llamaban a la pista. Era güerita, de sabroso cuerpo, de esas pueblerinas con ojitos verdes. Hiromi no rebasaba los 21 años. Llevaba un mes en los giros y el arte del tubo. A lo lejos parecía ser demasiado tímida, pero tenía todo el aspecto de vivir reprimida. Sin embargo, la canción de “El ratón y el queso” de Cártel de Santa la desnudaba sin freno alguno, le quitaba esa pena por el simple capricho de la feria y por su controversial deseo de superarse en la vida; quería convertirse en la defensora de las putas, en una abogada muy chingona con toda la onda de Raquenel Villanueva.

El desmadre sucedió en la Avenida Madero. No recuerdo en cuál table. El Viene-Viene que nos escoltó al salir hasta el auto de Lara resplandecía como Jesucristo Superestrella gracias al anuncio de un Oxxo. Es lo único que vimos a las seis de la mañana.

Salimos bien mamados. Castañeda y Lara era la segunda ocasión en la semana que se iban de cachondosLa primera vez sí cumplieron con la promesa del miércoles de cine al 2×1. Morbosearon un ratillo y se mamaron sólo una cubeta de Tecate Light. Se fueron antes de las diez de la noche. Castañeda al final se fue a cenar con Jenny al Neuquen y Lara sí llevó a su prometida a ver Batman: El caballero de la noche asciende a Valle Oriente.

Primero pasamos al departamento de Castañeda a que dejara su nave. Precopeamos con un doce de bohemias. Vimos los últimos veinte minutos de un partido aburridísimo entre León vs Atlas. Matías “El Oso Polar” Vuoso anotó el gol que le dio el triunfo al equipo más teporocho y parrandero de la Liga MX en aquel entonces.

Pasadas las diez de la noche pagamos un cover de diez bolas. Al chile, los puteros aparentan ser lo mismo en cualquier lado, pero en Monterrey, sobre Villagran y Madero varían los precios, las mamadas, las botellas, los culos que se pasean por ahí… Todo es un enigma.

Los tatuajes finos de una morra nos pusieron rebeldes, desquitándonos con el mesero de la noche. Exigíamos una mesa en la otra pista que tenía mejor ambiente, un cotorreo con mayor testosterona, con un punto más alto de erices. Esos tatuajes parecían haber sido hechos por las manos de Lucio, el mejor tatuador de la ciudad. La apariencia pin up de esa piel nos animaba la noche, deseábamos verla bailar otra vez; aunque bien sabíamos que si alguno de los tres se apuntaba con ella, seguro iba a ser de esas mamonas que no se dejan agarrar nada, ni los pósitos sexys de la espalda baja.

Desfilaban las bailarinas. La cubeta se vaciaba y en las últimas dos cervezas fue donde Hiromi subió a la pista siendo acompañada por la voz de mariguano del Babo.

Lara, como si tuviera hemorroides, se paró de la mesa, fue con el mesero de la noche y la apartó con un whisky. También trajeron otra cubeta.

Castañeda y yo pisteabamos bien pesado. A Lara le entraba la comezón de cotorrear con esa divina aparición.

Cuando el mesero entregó a Hiromi, se la aventó a Castañeda. Rápidamente Lara se la quitó de encima. Pinche bato celoso.

A Castañeda luego luego se le acercó otra muy culona presumiendo su tatuaje recién hecho la semana pasada: una Santa Muerte en la nalga derecha. Bastó de un buen centón y se fue a un privado de un par de rolas que le dejó los huevos morados.

A mí no se me acercaba nadie, ya les había dicho a dos morras que llegaron bien sobres a treparse encima de mí que yo era chilango, que solo venía a echarme un taco de ojo, y hasta exagere la tonadita de voz para que les diera asco.

Cuando regresó Castañeda, Lara y Hiromi se besaban con demasiada pasión. Los interrumpió mencionando que se peinaría con su morra, queriendo hacerse el chistoso.

Otra cubeta y otra jarra más, pidió Lara, limpiándose las babas de su conquista.

Tanto Castañeda como yo, nunca supimos qué fue lo que hablaban entre tantas miradas, apretones y lengüetazos. Cada vez que intentábamos entrar en ellos nada más no se podía. No nos quedó otra cosa que empinarnos la mayor parte de cheves que traían y aplaudir a las doncellas que desfilaban cada dos canciones.

El table se fue vaciando poco a poco.

Otra cubeta y otra jarra más, volvió a pedir Lara.

La morra de tatuajes finos se subió nuevamente a bailar, ahora sí se quitó todo, era una pin up por excelencia. Castañeda y yo lo sabíamos. Elvis Presley nos lo había dicho. Las cerezas que tenía arriba de la cicatriz de la cesárea y la canción de “Hechizo de amor” de Tiger Army la delataban como una MILF que veneraba a Cry-Baby.

No fue suficiente verla tan de cerca. Nos estábamos quedando jetones, sólo despertábamos para cumplir con la rutina del aplausómetro, típico de Chabelo. De esa manera esperamos durante dos horas a Lara. El pedo fue que la loca de Hiromi, de estarle restregando su tanque trasero, tallándole la verga por encima del pantalón hasta que hiciera callo, sobándosela con la palma de la mano en forma circular y mordiéndosela con las muelas del juicio, fue como finalmente lo indujo a lo más oscurito, al cuarto con candado y servicio completo. Hasta la fecha no sabemos cuánto varo soltó Lara esa noche.

Lara, regresando de ese palo, Castañeda y yo habíamos sido vencidos por el sueño. Nos cuidaba el mesero de la noche. Lara nos despertó para finalmente alejarnos de las cosas tan enfermas que pensábamos nunca se iban a cumplir.

Hiromi, bien pinche peda, balbuceando y arremetiendo en contra de Lara, le exigía otra jarra más de whisky o mínimo una cerveza de despedida. Se veía en su mirada que quería otro palo, más dinero y que siguiera el cotorreo.

Los tres estábamos pedos, pero no pendejos como para terminar vergueados o dejando empeñadas nuestras identificaciones o sus abonos de Rayados de Monterrey.

Ni vergas Hiromi, ya no traigo dinero. Hazte a la chingada. Ay pa’ la otra. Fue la respuesta de Lara.

Sonó tan rudo, que no dudó en aplicarle una especie de calzón chino, lo cual significaba un cariñoso “hasta pronto”. Ahí, seguramente con una expresión de “¡Malditos pitufos!” enmascarada por un grandioso y legendario luchador, el más rudo de todos, “El Bocazas” Pierroth, fue que Hiromi soltó el pierrotazo.

Se escuchó re duro. Bien doloroso que se vio.

¡Pérate, cabrona! Le dijo Lara sobándose el pechito.

Al chile se lo dejo ir con toda su madre.