Por Carlos Dzul

Parecía un albergue nuestra casa de tan amontonados que vivíamos, nuestra casa de tablas chuecas. Dormíamos de tres en tres en los catres o de cuatro en cuatro. A decir verdad, yo dormía solo. Debía tener catorce años o quince y recuerdo que por el suelo se arrastraban varios beibis hechos caca. ¿De dónde salían? Bueno, ya sé de dónde salían. Algunos eran hermanitos míos. A cada rato ibas y te tropezabas con esos bodoques, con suerte aplastabas uno. Mis primas tenían que cuidarlos porque nuestras madres estaban ocupadas trabajando de conserjes o de secretarias o vendeverduras. De nuestros padres no sabíamos nada o preferíamos no saber, quizá estaban muertos. Entre ratos yo veía la tele, sin interés, entre ratos a mis primas; no sé cuántas eran pero todas estaban buenísimas.

En aquella casa yo iba de aquí para allá con la lengua de fuera y los ojos botados, tenía la verga parada de fijo.

Viviana. Cuando entraba al baño yo siempre iba detrás, magnetizado por sus… Ella me azotaba la puerta en la cara. Después yo la espiaba por el ventanuco. La recuerdo desnudándose, develando sus pechos acalorados, humeantes bajo el agua que chorreaba de la jícara.

Nereida. La besaba con los ojos cuando íbamos al río. No voy a decir que sus pechos fueran como palomas. Cuando se agachaba se cubría el escote del bikini, levantaba la cabeza buscando mis ojos y los encontraba sin falta, mis ojos lascivos. Por supuesto ella no me dirigía nunca la palabra y si alguna vez me prestaba atención era nomás para sorrajarme unas miradas como escupitajos.

María, Lorena, Sintia con S, podría seguir enumerando primas.

Y siendo víctima de tan tremendas tentaciones, me sentía culpable.

Qué hubiera sido de mí sin mi primo, quien solía defenderme (¿no ven que está en la meritita edá de la punzada?) cuando la marea de mujeres me tachaba de lo peor.

Borracho, marihuano y creyente, mi primo. Por las madrugadas, antes de salir para el trabajo (destazador de cerdos), le gustaba andar en cueros por la casa, con la toalla húmeda en la nuca. Se paseaba por allí, mientras que alguna de mis tías, o mi propia madre, le preparaba el desayuno: frijoles con arroz, huevos con ejote, etcétera, etcétera. Desnudo tomaba su café. Desnudo eructaba y se rascaba los intersticios y mis primas, cuando iban al baño y cruzaban por la cocina y lo veían allí, sin ropa, gritaban del susto, pegando saltitos que les removían las carnes de maneras increíbles.

¿Qué hubiera sido de mí, lo repito, que al amparo de la noche me paseaba por entre los catres -allí dormían ellas empiernadas unas con otras, con los camisones hasta la cintura, por el calor, o de plano sin camisón, las malditas- y me sacaba el pellejo para restregarlo contra sus… haciéndolas que despertaran, aullando, y que la casa completa se levantara también por los aullidos; qué hubiera sido del pelmazo que era yo, digo, sin mi primo Ray, que en aquellos momentos me agarraba de los pelos, arrastrábame al patio y una vez allí me aventaba, uno tras otro, varios cubetazos de agua fría?

Nuestras madres, colmadas, le dijeron al tiro una noche: llévatelo con las putas, pero ya, porque parece pulga chamuscada.

Perfúmese, me dijo Ray, y me llevó al malecón, que es donde estaban los mejores puteros de aquel entonces, y por mejores quiero decir los más baratos. Él ya los conocía todos desde hacía tiempo y entraba saludando a medio mundo por su nombre y prodigando graciosadas. Las putas iban, se le sentaban en las piernas, le metían la mano en los pelos del pecho, le pedían que les contara cosas. Ray tenía historias para dar y regalar. Aquella noche, que fue la primera de cuarenta y cinco (las conté muy bien), me depositó en los brazos de una puta jovencita, morena y delgada, que dizque se llamaba Romina. Llevaba un vestido plateado y era, por lo que se veía, lo mejor del establecimiento. Ray había elegido una con cara de payaso porque así le gustaban a él, güeras y maquilladotas, parecidas a piltrafas.

La puta plateada, ya en el cuartucho, se deshizo del vestido en un tris y vi su piel cobriza: todo, de repente, era metálico. Me llevó a tropezones hasta la cama y cuando me preguntó que cuál era mi nombre yo le respondí que Carlos, porque no sé mentir. Y nada. En la cama yo no moví ni un dedo. Y Romina: ¿Qué te pasa, Carlos? ¿Qué me pasa de qué, señorita? Parece que viste un fantasma. ¡Yo no creo en fantasmas, oiga! Calma, dijo ella. Me puse a lanzar manotazos, Romina también, es todo, no recuerdo más.

Ray dice que estaba en plena maroma cuando escuchó por los pasillos una bulla de putas nerviosas que gritoneaban que se había muerto no sé quién. Él y su changa salieron a chismear qué carajo y vieron que se trataba de mí. Según que yo me había muerto, eso creyeron al principio las infortunadas putas. Yo estaba frío y tieso como un palo, es verdad, sobre la cama, pero no muerto, me había dado un ataque, solamente. Varias me auxiliaron. Una que además de puta era doctora me dio respiración boca a boca, me pegó de puñetazos en el corazón; alguna otra me frotó con hielo. Al cabo desperté, asonsado, y fui nombrado Rey de la ciudad. No. Desperté y ya. Entre eructos. La mentada Romina, así bonita y plateada como era, trató de explicar lo inexplicable. Dijo que yo me había negado, no digamos a tocarla ¡a mirarla siquiera! y que todo el tiempo me notó de mal humor, que incluso traté de pegarle y que por eso me noqueó primero ella: jijijijiji.

Aclarado el punto las putas regresaron a lo suyo. Ninguna quiso estar ya conmigo.

Le pedí entonces a Ray que me diera chance de observarlos, a él y a su… chica (la Romina luego luego se había ocupado con otro señor), nomás por curiosidad, para ver cómo le hacían, y sí… Tremenda cátedra.

Con cuánta destreza la maniobraba Ray, tanto a su talega como a su puta, cómo ensartaba ésta en aquella, y viceversa, y con qué aceleración y desaceleración de ritmo, por todos los huecos habidos, mientras ella gritaba de gusto, que hasta cruzaba los ojos, del tanto placer. Yo: sentadito en el rincón, a la sombra, me sobaba nomás.

Nos retiramos a la media noche, borrachos de contentos. Yo no sé exactamente por qué estaba contento.

En lo sucesivo, cada sábado, viernes, dependiendo de Ray, nos alistábamos y nos despedíamos de las mujeres para irnos a dar la vueltecita por aquella zona. Pasábamos por calles húmedas, lo recuerdo, rara vez por una calle seca, escoltados cada tanto por una familia de ratas, fumando un cigarro de mota, cortesía de él, que entretanto me daba consejos para no ser tan tarado.

Ray tenía 28 años en aquel momento, los ojos azules y un diente de oro porque el original se lo habían tirado a resultas de un agarrón, durante el cual, por cierto, le habían quebrado aparte una costilla y él había quebrado otra, en venganza, y además había sacado un ojo. A los 29, estando pedo, se acostó a dormir sobre las vías del tren y sucedió lo que tenía que suceder. Mis tías lloraron, mis primas, yo lloré.

Mi virginidad la perdí después de 37 intentos, cuando Ray aún vivía, nada menos que con una puta gorda de setenta y cinco años de nombre Alicia (pienso en ella con algo entre cariño y terror), que le costó a mi primo cincuenta o sesenta pesos. Fue como una ola de carne, de arrugas y de halitosis, que me hubiera pasado por encima. Pensé que no saldría vivo.

Pero salí.

Y no es que a partir de entonces me haya vuelto un hombre de mundo ni nada de eso, ni que haya dejado de espiar a mis primas (¡jamás!), pero de allí en adelante lo hacía en actitud más calma y yo diría filosófica, ya no con la lengua de fuera ni con la mano dentro de la trusa, no, sino con la mirada triste y desencantada de un santo; me frotaba, en vez de la talega, el mentón, considerando con serenidad los pechos cubiertos de espuma, las nalgas tersas, brillantes de agua.

Y al verme viéndolas así, con esta pose, ellas no gritaban tampoco sino que seguían bañándose como si nada, incluso diría que al notar mi desinterés trataban de hacerse las interesantes, meneando más el cuerpo, estrujándose ellas mismas las carnes tiernas, murmurando canciones con sus vocecitas lúbricas. ¿Querían verme quizá como antes, tal un perro desahuciado? Puede ser. Mas yo: firme, impertérrito.

Andando el tiempo varias de ellas accedieron a chupármela de buena gana, sin que yo se lo pidiera. Cuando volteaba uno a ver allí estaban, con la malanga en la boca. Las más generosas, aunque ya se hubieran casado (y sus maridos vivieran igual en la casa) me abrían sus piernas a escondidas como quien abre unos brazos largos, cálidos y benditos.

Y nuestras madres nos regañaban por andarnos cogiendo entre primos, pero luego nos perdonaban, pues debían comprender que se trataba de un pecado viejo, practicado quizá por ellas mismas en sus años mozos y al final nada más nos rogaban, con mirada indefensa, que no fuéramos a producir más escuincles de mierda, que es de entre todo lo que menos falta hace (concepto con el cual, tanto mis primas como yo, estuvimos de acuerdo siempre).