Por Miguel Cervantes Sahagún

El 23 de Marzo de 1994, Jesus Blancornelas había pedido cosas distintas para la cobertura de la insípida campaña electoral que hasta entonces llevaba Luis Donaldo Colosio.

En los múltiples viajes que el director del semanario Zeta hacia a la Ciudad de México para entrevistarse con funcionarios cercanos al presidente Carlos Salinas de Gortari, alguien le dijo que a partir del 23 cambiarían muchas cosas en la campaña; una de ellas, el aspecto personal del sonorense.

Blancornelas me indicó que ubicara a uno de los fotógrafos muy cerca al candidato y precisó que se le hicieran tomas de ambos lados de la cabeza.

“Notaremos que le han estilizado el corte de cabello y a partir de esta nueva etapa de campaña lucirá mejor. Ese greñero que traía, como (el personaje de Los Polivoces) “Tibiri-tabara” ya no lo traerá y será bueno resaltar el nuevo look”, me dijo.

Se asignó a Rene Blanco estar cerca del candidato y suponiendo que el evento iba a terminar rápido, yo llevé rollos con poca película y los de mis dos camaras ya tenían tomas hechas de otros eventos.

Esa tarde lluviosa no fue nada ordinaria. Luis Donaldo partiría después del mediodía desde La Paz, Baja California Sur, pero el candidato tardó varias horas en llegar a esta frontera.

Enfadados, muchos se retiraron al primer evento que era en el Club Campestre, o definitivamente a sus casas. Periodistas de medios nacionales se fueron a San Diego a “fayuquear”, pues obtuvieron información que el candidato llegaría tarde a la ciudad.

Cuando Luis Donaldo llegó, todavía llevaba en el rostro un rasguño que alguien le hizo en un mitin en Hermosillo, Sonora, unos días antes.

En el trayecto, supimos que había un cambio y que nos dirigiríamos a una colonia en un cañón, abajo del Aeropuerto, una que yo nunca había escuchado: Lomas Taurinas.

Ahí estaba el plan para Colosio que todos ahora sabemos.

La nueva imagen que traería el candidato y que marcaría el inicio de otra fase en la campaña fue olvidada pero las fotos de cerca se lograron. De hecho hubo suspicacia cuando fueron publicadas las imágenes tan de cerca porque efectivamente portaba el rostro limpio, minutos antes de ser manchado con su sangre.

Tras el atentado, hubo un caos completo y las anécdotas poco a poco fueron saliendo, como la del fotógrafo que estuvo a corta distancia y en el momento del disparo no logró la toma, o la del otro que con una camarita automática hizo decenas de fotos solo para al final lamentar que el rollo no se había cargado adecuadamente.

Mi asignación era tomar la foto “de color”, la que mostraría el estado de ánimo de los asistentes, de los acarreados.

Mi rollo en una de mis cámaras estaba ya por terminar cuando escuché que el candidato le habían dado una pedrada en el rostro.

Acudí hacia dónde estaba el tumulto solo para hacerme a un lado porque una camionera emergía con guardias y el cuerpo de Colosio adentro. Tomé la foto, cargué el siguiente cuadro y solo se grabó la última de mis imágenes en Lomas Taurinas.

El rollo de película era de recargas y siempre quedaba un último cuadro semivelado.

Fue lo suficiente para ver al general Domiro, -encargado de la seguridad del candidato- espantado, volteando hacia donde llevaban al candidato ya sin vida cerebral.