Por Carlos Dzul

No sabíamos coger. Estábamos lo que se dice imbéciles.

Yo vivía con mi hermano en la ciudad de m. Él era dos años mayor que yo. Se suponía que estudiábamos la prepa. En realidad yo me la pasaba viendo porno y masturbándome, no hacía otra cosa. Mi hermano, ese sí, tenía novias a cada rato y a cada rato las cambiaba. A veces traía una el martes y el jueves otra diferente. Yo escuchaba que entraban en la casa y cómo se enclaustraban en el cuarto y después los ruidos, las risitas, los gemidos…

Ahora bien, cuando yo logré traer a mi primera novia, mi hermano no estaba y el silencio dentro de la casa era tempestuoso. Mi primera novia se llamó Isabel, una güera de pelo corto disparejo. Alta. En la escuela tenía fama de loca porque se reía mucho de todo. No hablaba casi. Yo tampoco hablaba mucho y mi silencio la sedujo, creo.

Total, que nos tiramos en la cama, a juguetear, y mi verga creció y creció hasta que llegó un momento en el que no me cupo dentro de la ropa. Nos desnudamos, aparté sus piernas y vi algo, vi eso, en vivo, por primera vez. Pelos, pliegues, babas. Un show. Lo peor de todo es que aquella monstruosidad me llamaba, me decía: ven, ven.

Isabel entonces dijo lo que siempre dicen las viejas antes de ser penetradas: pon música.

Mi hermano es el que dice que siempre dicen eso. A mí no me consta.

¡Qué!, repetí sin entender, hipnotizado por la monstruosidad, por la barbaridad.

Que pongas musiquita, dijo Isabel, en un siseo de serpiente.

Como soy tan caballero me puse a revisar mi colección de casets. Agarré uno, cualquiera, y lo metí en la grabadora. Salió que era un cursillo de inglés: cocina-kitchen, biblioteca-library.

—Eso no es música- dijo.

—Cállate- le dije- con mis dedos metidos en aquel pantano.

—Gallina-chicken, lápiz-pencil.

—Cuál no sería mi…

—Carajo.

No encontraba el hueco, no daba con él, simplemente.

Estaba perdido.

Isabel, con los ojos medio cerrados, maullaba y yo…

Con tal de ocultar mi falta de maña, recurrí al viejo recurso (tantas veces visto en pelis porno) de lamerla de cuerpo entero. La lamí durante horas, hasta inflamárseme la lengua, pero Isabel, en lugar de darse por bien servida, comenzó a gritar: ya métemela pues. Y como yo, ¡maldición!, no supiera todavía por dónde, recurrí al otro truco más viejo aún de introducírsela por la boca. Y por allí le estuve dando un rato hasta que se fastidió de plano y me escupió de sí para exclamar: ya métemela bien, cabrón.

Entonces le pedí que otra vez apartara las piernas, lo más posible; con mis dedos me di a examinarla, sin esperanza, revolviendo pelos, babas, pliegues, en busca de.. pues de…

Le dije al final: “Isabel, yo creo que tú no tienes hueco” (mi voz preocupada y experta, secándome las manos en la sábana).

Ella me volteó a ver en silencio pero su mirada fue como si me dijera “¿tan pendejo estás?”.

Nos mantuvimos una semana en este tenor.

Llegábamos a mi cuarto, después de la escuela, poníamos música, ella ponía la música, y nos concentrábamos en explorar su cuerpo, su entrepierna, y el canijo hueco se nos ocultaba.

Isabel trataba de ayudarme: aquí, pendejo. Pero al segundo siguiente ni sus luces. ¿Dónde se metía?

Ojalá que entre los lectores de ESTO se halle uno comprensivo que haya pasado por lo mismo o por algo similar y que sepa que no invento nada.

Cuando me hartaba de la exploración estéril, trataba de embestirla por las orejas o por las narices, o si no Chabela me la chupaba, por compasión, pero sólo un ratito. Y tampoco accedía bajo ningún concepto a que la penetrara por atrás. Con que terminábamos nuestras mediocres revolcadas derrotados, aplatanados, oyendo dizque música, baladas y rocanroles.

De frustración, un día nos echamos a llorar.

Y hubiésemos concluido por concluir nuestro noviazgo de no haber sido por mi bendito hermano, en realidad mi hermanastro, quien como ha sido dicho, era más versado que yo en este tipo de cuestiones.

La idea me vino así nada más.

Yacíamos desnudos y desconsolados, como siempre, aquella tarde; mi hermanastro y sus amigos, en el cuarto de a lado, miraban el fútbol; se escuchaba que bebían cervezas.

Me salí de la cama, y del cuarto…

Los encontré frente a la tele, fumando marihuana; el piso estaba sembrado de botellas vacías. Cuando aparecí guardaron silencio. Sólo se escuchaba el ruido de la gente en el estadio. Por fin dije: Ramirón, ayúdame.

¡¿NO SABES PONERTE LA TRUSA!?, ¿QUIERES QUE TE VISTA?-, me gritó él de retache; sus amigos rieron. Entonces me voltié a ver yo mismo y paré mientes en que estaba desnudo. Pfff. Procedí, ni quiero recordar cómo, con qué santas palabras, a explicarle mi problema: Noviecita, monstruosidad, puntería, huequecito (tartajeaba como idiota), batallas, tristeza, rompimiento, obnubilación.

Hazme la balona, Ramirón, tú que le sabes.

Le conté de Isabel y yo, abrazados, desnudos y desazonados.

Mi hermanastro y sus amigos intentaban deglutir mi perorata.

—¿Dices dices dices- preguntó Ramirón- que ahorita está tu noviecita en tu cuarto, desnuda?

—Sí.

—¿Y que no le encuentras el hueco?

—No.

—¿Y que quieres que te ayude?

—Sí. (Mi hermano suspiró con gravedad pasándose una mano por el rostro; sudaba).

Con épico acento, ¡A luchar!, declamó, ¡A luchar!

Y en un tris le dijo adiós a su camisa y pantalones y así empelotado lo vi salir de su cuarto y entrar en el mío. Bam, cerró la puerta. Entretanto me senté a ver la tele junto a sus amigos, que me convidaron botana y cerveza. Alguien me aventó una toalla: tápate, cabrón. Estaban dando un partido de semifinal. Tigres contra Chivas, ganaban los Tigres.

Por encima incluso de la narración del juego, llegaron de mi cuarto los gemidos de Isabel, y los insultos de mi hermano (él siempre que coje insulta) que eran como otra narración de otro juego. ¡Las patas de la cama cómo rechinaban! De los nervios ni siquiera probé la cerveza. Los Tigres metían gol gol gol gol gol…

Media hora más tarde, sudoroso, resplandeciente, portando al hombro una toalla batida de sangre, lo que me impactó de manera siniestra, regresó mi hermano.

—Quedó.

—¿Seguro?

—No problem.

—Gracias, gracias…

Incorporeme y enfilé rumbo a mi cuarto, a gozar con Isabel de las mieles del recién inaugurado amor. En eso: pst pst, hermanito. Ramirón me había tomado por los hombros, tenía las manos calientísimas y le temblaban y me dijo: hermanito, (enjugándose el sudor con la toalla batida), hermanito (manchoteándose la cara, el estúpido), en estos casos, cof cof, es decir, por cortesía… lo correcto… ejem… cof… cof.

Yo nada más veía que babeaban, sus amigotes.

Y como no quería ser descortés…

Todos uno por uno, ah, qué caray, fueron pasando. En el camino de un cuarto al otro se desvestían y entrechocaban sus botellas. Los huevos les colgaban como calcetines llenos de canicas. No quiero explayarme sobre esto. Diré solamente que se hizo la noche, terminó el partido de fut (Chivas 0 – Tigres 9) y dio comienzo otro y sólo entonces pude regresar con Isabel, a quien esperaba encontrar hecha añicos por toda la cama y el piso, y en cambio la descubro cruzada de piernas, desnuda y campante, leyendo una de mis revistas de monitos.

—Hola, guapo… ah, volviste.

El hueco, verdad manifiesta, estaba marcadísimo, que hasta se notaba de lejos y más bien ahora costaba trabajo no verlo. No hubo sino que introducirse. Entreme de cuerpo entero y me estuve allí un rato, pataleando; fue como tirarse un chapuzón, en la vagina isabelina. Ella, fuera de sí, agitaba las piernas y tartamudeaba. Nos dormimos hasta el alba, empiernados, escuchando no recuerdo qué álbum de los Beatles.

De allí en adelante, como dijera mi hermanastro, no problem. Cogimos, cogimos, cogimos, cogimos, cogimos, cogimos y cogimos casi sin tomar un respiro durante todo el tiempo que duró nuestro noviazgo (luego ella se volvió una comehombres) que en total fueron cinco semanas (yo empecé a salir con una gorda), al cabo de las cuales nos peleamos por cualquier tontera y terminamos como suelen terminar estas historias de amor juveniles: entre gritos y patadas.