Por Carlos Román Cárdenas

Dos camionetas se aparcaron frente a la farmacia. Los vidrios polarizados no dejaban ver hacia dentro. No era necesario. El doctor conocía bien la rutina, sabía bien de qué se trataba. Suspiró, resignado; tomó su maletín, material para curaciones y, antes de que alguien bajara de los vehículos, salió. Esa mañana no tenía ganas de ver adolescentes armados, ni de que lo pendejearan y subieran a empujones a la troca. Abrió la puerta de la Escalade, se cubrió la cabeza con el mismo saco hediondo de siempre y se recostó boca arriba. No sintió miedo, no era la primera vez que iban por él para llevarlo a curar balaceados. Miró por entre el tejido de tela el cielo de la camioneta, las manchas de sangre seca formaban mapas de muertes pasadas. La peste del trapo le dificultaba respirar, trató de cubrir el olor a vómito viejo con preguntas cuyas respuestas no le interesaban:

—¿A dónde vamos ahora?

—Hoy se le va a hacer conocer al mero patrón—contestó una voz chillona, como si se tratara de un gran honor.

No había estudiado medicina para eso. Él sentía vocación, quería ayudar a la gente; tanto, que a veces estiraba lo que ganaba –veinte pesos por consulta en una farmacia de similares- y terminaba poniendo de su bolsa para surtir la receta médica de sus pacientes. Y ahora, recostado en la parte trasera de una camioneta, en plena tarde de canícula, pensaba en si realmente tanto sacrificio –los años de estudio, la negativa de su familia, la renuncia a las comodidades de su vida de júnior: el auto del año, las tarjetas de crédito, los viajes- había valido la pena. Cerró los ojos y para no llorar, se distrajo pensando en cómo le molestaba que su novia se depilara el vello púbico. Hacerle el amor a un cuerpo plano, lampiño, le hacía sentirse a veces como un pederasta. No pudo evitar sonreír al recordarla, parada en el umbral de la puerta, como un fantasma, con nada puesto encima más que su sonrisa del millón de dólares.

Llegaron a una vieja casa enclavada en un terreno agreste. Los huercos bajaron de las camionetas, empuñando las armas, hablando por radio. Pasados algunos minutos abrieron la puerta de la troca y le indicaron al médico por dónde conducirse. Atravesaron un pasillo hasta llegar a una recámara muy amplia; sobre la cama, el comandante Chivo, recostado. Era gordo, chaparro, sudaba a chorros, estaba borracho y olía a mierda; nada qué ver con la imagen del hombre fiero y temerario de los narcocorridos. “Seguramente se cagó de miedo”, pensó el doctor, mientras revisaba las heridas en el cuerpo del mañoso, todas superficiales; sólo una había pegado de lleno, de entrada por salida y sin tocar órganos vitales. El médico pidió que los dejaran solos. El comandante Burundango –segundo al mando-, arreó a quienes ahí se encontraban:

—¡Órale, cabrones, a chingar a su madre!

En el cuarto, la mezcla de olores y la falta de ventilación dificultaban el respirar. Limpió la sangre con agua oxigenada, miró por la herida de bala. El diminuto punto de luz que se colaba por el orificio era como un espiral que lo regresaba a la miseria del cuarto que habitaba, a la imagen de su novia frente al lavabo, desnuda, rastrillo en mano, la pierna derecha sobre el retrete, la izquierda plantada sobre el azulejo.

—¿Me voy a morir, verdad?—preguntó el Chivo con la voz quebrada y los ojos llorosos. El médico no contestó.

Sus manos regresaron al torso desnudo del comandante, al sudor brotando de los poros escurriendo por las lonjas. Sintió asco, pero no por la transpiración ni el hedor, eso era parte del trabajo. Las náuseas nacían del desprecio que le provocaban el reloj de oro, la ropa de marca y las botas de avestruz del criminal; mientras él allí, en ese punto perdido del planeta, con el pantalón gastado, las suelas de los tenis a punto de ceder.

—Recuéstese, por favor—pidió amablemente.

Del maletín sacó un bisturí, se inclinó sobre el gordo, puso una rodilla sobre la panza y le atiborró la boca con las gasas manchadas de rojo. Acercó el filo de la hoja al cuello, hizo un corte. El chisguete de sangre manchó la mesita, los Ray Ban y la botella de Buchanan’s. El Chivo, con los ojos pelones y sin poder gritar. El médico se acercó y le dijo, en voz baja:

—Hoy es el último día de tu existencia… te quedan unos tres minutos, aproximadamente… puedes rezar, pedir perdón, mentarme la madre… puedes pensar que esto no es más que una pesadilla, que pronto vas a despertar al lado de tu mujer, que vas a besar a tus hijos… lo que tú quieras. A mí me da igual.

Lo dejaron por la carretera que va a San Fernando. Tomó un taxi, llegó al cuarto que rentaba y lavó su ropa en el fregadero. Guardó cuatro fajos de dólares debajo del colchón, mientras intentaba borrar de su mente la mirada cómplice del comandante Burundango, al recibir la noticia de la muerte del patrón. Abrió la última cerveza que quedaba en el refrigerador y se recostó. No supo a qué hora llegó su novia. Abrió los ojos y la vio caminar rumbo al baño, en calzones.

—¿Cómo te fue?— preguntó.

—Aish, bien cansada… no te quise despertar —dijo, mientras se dejaba puesta sólo la sonrisa millonaria—.Ahorita que salga, te hago de cenar unos huevitos, ¿cómo ves?—agregó, mientras mojaba el rastrillo.

—Hoy no te rasures— suplicó el doctor. Su novia, sonriendo, contestó:

—Estás loco…

—En serio… por favor… hoy no.

No dijeron nada más; ella asintió, dejó el rastrillo en el lavabo y abrió la regadera.