Por Víctor H. Concilión

 

A

E.V.M.

y su ficción crítica

 

Retenido en un enfrentamiento contra sí mismo que lo sume en una serie de confusos pensamientos se procura tomar un café en la cocina de su casa y enfrentar la verdadera razón de su pasividad, de la insensata calma acumulada desde hace ocho años en los cuales no ha podido escribir nada.

Se dice ser un individuo tranquilo y por eso mismo un hombre en espera de lo extraordinario, pero su espera ha caído en un estado de retención: no logra manifestar sus ideas ni en un par de frases atractivas listas para ser decodificadas por ese lector osado y  petulante. Su pretensión es escribir, pero en la práctica no lo hace.

Inmovilidad mental es la causa principal de su estado; sin embargo, la excusa que más monopoliza para no concebir un sustento de obra literaria es que se encuentra ofendido consigo mismo: Cuando acudo a la presencia siempre poderosa de las ideas descubro en ellas una manifestación brutal de originalidad que no puedo ni concebirlas como una escritura personal. Dudo de mi propia habilidad y peleo con todo, principalmente contra mis propios escritos. Estoy en espera de la satisfacción personal, de dejar a un lado la terrible autocrítica. Estoy, sin lugar a dudas… esperando a Godot… […] tal vez nunca conciba ser un escritor de esos que sí escriben. Por lo menos yo no lo hago y me siguen considerando un escritor. La efectividad ratifica la sustancia, el ejercicio creador sumado al contexto intimista sirve para sustentar la esencia misma de donde procede la literatura, y yo no soy nada efectivo, ni siquiera cuando se trata de escribir.

En algunas de sus entrevistas nunca televisadas siempre recurre al comentario insidioso de la terrible enfermedad que lo consume. Es tal vez una especie de escritor con alguna especie de profilaxis por la cual evita cualquier contacto con la escritura; o posiblemente es como una especie de autor con las características de Félicien Marboeuf, considerado “el más grande de entre los escritores que no han escrito nunca nada”, según Enrique Vila-Matas.

En otra de sus entrevistas no televisadas ni publicadas describió lo que posiblemente detonó su “gravísimo” estado actual: Todo fue una convulsa manifestación de posibilidades sucedidas una por una pero resumidas finalmente en esa tremenda sentencia que me dejó mentalmente ido: «Si todo parte de una idea falsa, el mundo agoniza». Ser consciente de la falsa adquisición del pensamiento fue detestable. Desde ese momento ya no fui certero en mis conclusiones, antes llenas de correcta sabiduría. La felicidad se había esfumado completamente. Ya no me sentía alegre. Creo que nunca lo fui. «La verdadera ironía de la felicidad –creo–, siempre ha sido la mentira». Convulsionado por la locura irremediable, cubierto por una propensa manifestación a la evasión consideré mi entorno como un desquicio subjetivo. Comencé a detestar todo, hasta la más mínima reflexión que contuviera palabra o        idea alguna, fuentes primarias del aparente tormento de mi actual existencia. De esta manera, al final de mis días no quise emitir ni escribir ninguna frase, ningún sonido, nada que estuviera relacionado con el accionar natural de la voz o el manejo de la escritura, incluso llegué a intentar cortarme la lengua y las manos en uno de mis arrebatos ya de por sí constantes. Me quedé en silencio. Completamente mudo.

En otra “publicación” que supuestamente escribió hace años (la cual fue “rechazada” de todas las pequeñas editoriales cercanas a la zona del centro de la cuidad) titulada Escritor distante: el inventor de palabras convertidas en ficciones. Nunca nadie podrá leerte, dejó entrever una extravagancia por demás interesante desde el punto de vista literario; en su caso, era la llamada «reflexión distante» donde en una clara y sugerente motivación de intercambio consigo mismo escribió que solamente personas como él, de carácter idealista y propenso al descuido de la escritura, podrían tener un «encuentro con la verdadera literatura».

Según sus palabras, en la llamada escritura distante se permite discurrir entre las ideas básicas de la naturaleza humana y la sustentación de una verdad simulada, formulada por el sentimiento accesible del hombre feroz. Discurrir a partir de dos voces rituales, la suya… «Excepcionalmente pura» y la de los demás…. «Tristemente manejable». Eso permite su constante distracción hermenéutica destinada la mayoría de las veces a garantizar una partida entre sus conclusiones más férreas y las perspectivas solemnes de los demás.

En el mismo escrito expresó su verdadero estado vida: “no escribo por escribir, por eso soy un hombre sin sustancia; no tengo la efectividad y solemnidad del elegido […] Preferiría morir antes de seguir formando parte de una mentira como lo es mi escritura. Mi propia obra se reclama en la cima del pretexto convertido en nada, se dirige a ninguna parte, el mismo Borges lo expreso en su momento: ´Lego la nada a nadie´”.

La falsa manía en la vida de un hombre infantil se celebra en sus acciones más sorprendentes. Godot… nuestro Godot transita entre la ingenua expectativa de un hombre sin escritura que se encuentra totalmente perdido aunque solventado en una imaginación prodigiosa pero carente de factibles herramientas para la transposición de sus reflexiones de orden básico. Justamente, comienzan a suceder en su cabeza todavía pueril la estrella fatal de su retiro y de lo que algún día podría haber sido su felicidad.