Por Estefanía Farías Martínez

Yo tenía 18 años y acababa de llegar a mi nuevo destino. Una residencia de estudiantes, mixta para más señas, en realidad había 123 residentes y 100 eran chicos. Esa primera semana había descubierto que cooperando las novatadas eran más suaves. Las veteranas ya no me las hacían porque la jefa me había descartado; no era lo bastante alta, ni lo bastante tiposa, ni lo bastante nada como para ingresar en su círculo, así que me dejó en manos de los veteranos el resto del mes.

Ese día, a la hora de comer, pasé por la cafetería vestida con una camiseta de las de ferris de chico y un pantaloncito muy corto, de los que en aquella época nos hacíamos reciclando un vaquero viejo, cortándole las patas a la altura del culo. No llevaba sujetador jamás y con esa pinta me paseaba por la residencia porque la consideraba mi casa y era mi uniforme para estar cómoda. Él estaba sentado junto a otros veteranos y me llamaron. Siempre iba corriendo a todas partes y la voz grave de aquel tipo me hizo parar en seco. Me ordenó subirme a la mesa y bailar para ellos “Supernatural”, de Marta Sánchez, y obedecí. Canté desafinando porque no sabía hacerlo de otra manera y bailé imitando los movimientos que ella hacía. Me sugirieron que dejara de cantar en voz alta, pero que siguiera bailando la canción entera. Me movía, intentando recordar la letra, y cuando terminé me bajé y me fui. Ni me fijé en el grupo para el que había bailado, ni siquiera les miraba mientras lo hacía. Como novatada me pareció de lo más sencillita; me daba pánico la humillación pública, pero las tonterías no me importaba hacerlas. Seguí a lo mío, supongo que estaba buscando a alguien para variar.

Esa noche, acatando las órdenes que nos habían dado el primer día, dejé la llave en la puerta y me cambié de pantalones; me puse unos largos y tenía preparado el anorak, por si nos tocaba salir a la calle, porque a eso de las diez vendrían a buscarme. El tipo que llamó a la puerta lo hizo como si fuera a tirarla, dando unos golpes muy fuertes, y abrí lo más rápido que pude. Ahí estaba. Con gafas oscuras, el pelo rapado, barba de tres días, los rasgos muy marcados y la piel tostada por el sol. Vestido todo de negro con un jersey de cuello vuelto, unos vaqueros apretados, botas de militar y chupa de cuero. Debía medir 1,80 y era muy ancho de espaldas, con manos grandes, cuadradas, de dedos gruesos. Llevaba un bate de béisbol que usaba para amenazar en coña al novato tembloroso que estaba a su derecha, mientras otro veterano, a su izquierda, se reía. Me ordenó salir del cuarto inmediatamente y recordé su voz. No gritaba, no le hacía falta, su manera de marcar las palabras, como si todo lo que dijera fuera importantísimo, era suficiente. Ni siquiera me miró −tampoco me iba a dar cuenta porque no se quitó las gafas−, me exigió que les siguiera y me uní al novato que habían sacado del mismo pasillo. Iban reuniéndonos planta por planta.

Era la primera noche que él se encargaba de nosotros, no le habíamos visto nunca. El chico que iba conmigo me hablaba en voz baja y ellos no nos oían porque estaban demasiado ocupados riéndose y amenazándonos con lo que vendría después. Les encantaba asustarnos. Ese novato me contó que al del bate le llamaban “El Nazi” y era un cabrón despiadado. Dios sabe qué le habían dicho, o qué imaginaba, porque no quitaba ojo al bate. Era una tortura psicológica.

Al parecer “El Nazi” debía tener 25 años por lo menos, llevaba en la residencia mucho tiempo y sólo aparecía, durante ese mes, una vez cada año o a lo mejor un par de ellas. Habíamos tenido la mala suerte de que nos tocara esa noche. Creo que recogimos a otro par de chicos, chicas no vi ninguna, ni siquiera se acercó a sus habitaciones. Nos quedamos en la de uno de los novatos. A mí me ignoraban, a ellos les gritaban y les insultaban de vez en cuando. La diversión no duró más de una hora y mandó a la cama a los chicos.

A mí me ordenó acompañarle a un bar que había cerca de la residencia y, cuando llegamos a la portería, se nos unió el director. Él se había quitado las gafas de sol y se las había dejado al portero, junto con el bate. Me fui con ellos porque no me atrevía a decir que no, aunque la presencia del director me gustó bien poco, el señor tenía más de cincuenta años y me examinaba de arriba abajo. Cuando llegamos al sitio nos sentamos en un sillón y pidieron unas cervezas. Ellos hablaban de la residencia, de las novatadas, me preguntaban si me gustaba el ambiente; me estaban camelando, pero ver a la bestia convertido en un tipo amable y al director tan considerado me hizo pensar que eran buena gente. Nada era tan malo como parecía. Todavía no estaba muy acostumbrada al alcohol y con dos cervezas ya me notaba mareada, pero ellos decidieron que parte de mi iniciación era seguir bebiendo un poco más, algo más fuerte, y me pidieron una copa, tenía que tomarme por lo menos la mitad. El director bebía whisky y muy rápido, se le trababa la lengua y parecía ido. “El Nazi” cada vez me miraba más y le hacía menos caso al otro. Sus ojos oscuros y penetrantes me ponían nerviosa. No me atrevía a irme porque la sola idea de que mi paso por la residencia fuera otro fracaso me acobardaba demasiado. Sólo esperaba salir lo mejor parada posible de la situación.

El director me puso la mano en la pierna y con cara de pánico miré al otro. La idea de que iba a acabar siendo el aperitivo de aquel viejo asqueroso cruzó por mi mente como una ráfaga. La copa estaba haciendo su efecto y todo me daba vueltas. “El Nazi” apartó al director sin hacer escándalo y me cogió por la cintura, dándole a entender que él sólo era el invitado, no el protagonista. Me lo tomé como un gesto de caballero andante y le sonreí agradecida. Me ofreció un trago de su copa y lo acepté por una cuestión de educación, claro que después del segundo estaba completamente atontada, se me había subido a lo bruto. Él me acariciaba la cintura por debajo de la camiseta y yo me dejaba. Sólo pensaba en volver a la residencia. Era como una muñeca de trapo. Y en un momento dado, con el director como espectador sonriente, con los ojos casi en blanco, se me echó encima; me tumbó en el sofá y empezó a meterme la lengua hasta la garganta y a sobarme los pechos por encima de la camiseta. El otro, sin soltar su vaso, no perdía detalle. Me sentía como en un sueño, pero cuando noté sus dedos colándose por debajo de la tela le pedí que parara. No lo hizo entonces; ni cuando el director le aconsejó que no diera el espectáculo en público y riéndose le recomendó que lo dejara para después. Pero “El Nazi” estaba embalado y, sin dejar de besarme, siguió magreándome por encima y por debajo de la ropa.

No sé cuánto tiempo se dedicó a jugar allí mismo, delante de los pocos espectadores que había en el local, además del camarero y del director. Él cerraba los ojos al besarme y yo los mantenía abiertos, más pendiente de los muebles, de las copas, de las caras de los que hacían como que no se fijaban y le dejaban hacer. Llegó un momento que prefirió buscar algo de intimidad y me hizo levantarme; no sé cómo salimos de allí, porque de eso no me acuerdo, ni de cómo llegamos a la residencia. Sólo recuerdo que me llevaba sujeta y que, cuando entramos, pidió mi llave y me llevó a mi cuarto. Siguió besándome mientras se desnudaba y me desnudaba a mí.

−¿Eres virgen? −Me preguntó con gesto divertido.

−Sí− le contesté, casi avergonzada, muy asustada.

−No tengo costumbre de desvirgar jovencitas −me dijo−. Sólo quiero dormir. Estoy muy borracho y cansado.

Me cogió de la cintura, me metió en la cama y volvieron los besos pero más intensos.

−Déjame hacer a mí −repetía.

Yo no sabía por donde empezar, no me atrevía a tocarle, sólo le acariciaba el torso tímidamente, ya que estaba metida en aquel lío mi orgullo no me permitía seguir ejerciendo de muñeca de trapo. Él me sobaba con más calma que en el bar hasta que una de sus manos empezó a acariciarme por encima de la braguita y me puse muy tensa.

−No te preocupes, no voy a hacer nada que no te vaya a gustar −me susurraba al oído−. Me encanta notar cómo se mojan las braguitas de las niñas.

Y yo, que tenía tan poquita experiencia y estaba muy asustada, me tranquilicé. Aunque al notar sus dedos por encima de la tela, sentir cómo la apartaban y rozaban mi vulva muy despacio me excité sin saber muy bien qué estaba pasando. Sus movimientos eran muy suaves y fue metiendo uno de sus dedos en mi sexo lentamente, sólo un poco, y lo empezó a mover. Un escalofrío me recorrió entera y siguió jugando un rato y yo humedeciéndome por completo. Cuando se dio cuenta de que estaba cada vez más mojada me dejó en paz. Me estuvo besando y sobando un poco más por encima de la braguita, abandonando mi boca un par de veces para lamerme los pechos y chupar mis pezones, sin dedicarles muchas atenciones. Luego se quedó quieto y me dormí acurrucada sobre su tórax, tenía mucho pelo y olía a sudor, pero estaba tan cansada, había estado tan nerviosa todo el tiempo. Era la primera vez que dormía con alguien, la primera vez que me tocaban de esa manera; ni siquiera me di cuenta de que había pasado la primera cata y se acababa de levantar la veda. Me convertí en carne, tierna, jugosa, y con el cartel de ¨sin estrenar¨ como aviso a navegantes.


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*Este texto forma parte del libro Tengo un amante, 15 relatos devoradores, un conjunto de historias sobre personas poco comunes que enfrentan situaciones de la vida cotidiana desde su peculiar punto de vista. Escritas en un tono crítico, ácido, con una buena dosis de humor, a veces negro, y mucha sensualidad. Agradecemos a la autora por las facilidades para su publicación