Por David Álvarez

Los chistes son, en esencia, situaciones de humor plasmados en cuentos o anécdotas. Ficticios o reales, contienen referentes culturales que dejan entrever condiciones sociales específicas. En México, sin ir más lejos, pueden rastrearse elementos raciales, de género o clase, incapacidades motrices, condiciones misérrimas educativas, xenófobas o cualquier problemática seria con la intención de burlarse del mismo. Para muchos, el chiste encierra toda una serie de condiciones de poder que ridiculiza conflictos que se padecen, siendo, quizá, el elemento más difícil de extirpar en una sociedad que pretende a conciencia, reflexionar sobre sucesos que dañan la integridad. Si alguien dice un chiste racista, no tiene que ser tomado en serio porque, vaya, es un chiste, reproduciendo los discursos hasta volverlos cotidianos y burlables.

Hay para quienes el chiste es más que eso. Slavoj Zizek plantea al chiste como una forma acertada para hablar de temas importantes, una fórmula que emplea a lo largo de su obra y por la que es conocido, basta la edición de Anagrama de su obra Mis chistes, mi filosofía, para corroborar hasta qué punto el filósofo esloveno da cabida a tal postulado: “Cuando las cosas son demasiado horribles hay que explicarlas en clave de comedia, porque la tragedia requiere dignidad”, comentó en una entrevista para El País, en el 2006.

El humor no es acaso una forma nueva de reflexión; Zizek no desentraña el ejercicio crítico, sino que lo pone de nueva cuenta en la mesa. Algunos escritores mexicanos también han sido artífices del humorismo como crítica social, cuyo valor esencial recae, por mencionar, en Jorge Ibargüengoitia y Efraín Huerta, quienes, a partir de una visión crítica, desentrañaron la complejidad social mediante el humor, quizá más el primero que el segundo, principalmente al abordar la historia de México.

La obra cinematográfica La haine, El odio en español, dirigida por Mathieu Kassovitz, inicia con un chiste. Cuenta, con voz en off: “Es la historia de un hombre que cae de un edificio de 50 pisos. Para tranquilizarse mientras cae al vacío, no para de decirse: Hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien…”, al término del chiste, el narrador reflexiona: “Pero lo importante no es la caída, es el aterrizaje”.

Después de la trama, es decir, al finalizar la película, en la que se ven implicados un judío, un negro y un musulmán en los barrios marginales de París, luego de una protesta social, la voz en off vuelve a aparecer para contar, de forma alterna, el chiste, el cual encierra el universo simbólico de la historia: “Esta es la historia de una sociedad que se hunde, y que mientras se va hundiendo no para de decirse: Hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien…”, volviendo a concluir: “Pero lo importante no es la caída, sino el aterrizaje.”.