Por Iván Medina Castro

A Broke, the bad waitress at the Coffee Shop

Llegué por la tarde a la terminal Mucha, bajé del vagón y caminé por el andén con temor, la estación estaba desolada y las luces de los pasillos actuaban con intermitencia. Me habían advertido del desencanto de la zona poniente de la ciudad pero eso no me detuvo, uno va a donde está destinado a ir. Salí de Mucha y tomé dirección a la galería Tina Keng para apreciar el trabajo del artista plástico Wu Chi-tsung. A las puertas de la galería, me quedé a observar la arquitectura del edifico fascinado con la vibrante fuerza de los ornamentos e imágenes de poderosas deidades, legendarios héroes y míticos animales proveedores de bienhechora fortuna.

A unos pasos de ingresar a la exposición, observé a una chica, y lo hice porque a diferencia de las demás personas que pasaban por un momento y desaparecían, ella caminaba como si flotara sobre la acera opuesta. La mujer se veía retadora: camiseta blanca ajustada, corte de cabello parecido a una taza de pudding, botas militares y chaqueta negra de cuero con un estampado en la espalda; “Blitzkrieg bop”. No entendí la razón pero crucé impaciente la calle sin siquiera observar el flujo vehicular, en eso, ella volteó para mirarme. Nuestros ojos se encontraron, ella esquivó mi mirada y yo regresé la vista sobre mis pasos. En cuestión de segundos miramos lo que somos y lo que seríamos.

Cuando decidí volver a verla ella ya había desaparecido. Desilusionado por mi torpeza, me senté en las escalinatas de la galería e intrigado reconocí que tenía que conocerla. Ignoré la exposición y decidí regresar a la residencia, pero antes, pasé a la biblioteca municipal para escuchar un par de piezas de los Ramones. I wanna be sedated me indujo en un sueño profundo en donde la desconocida y yo nos atascábamos de algunos opiáceos.

Ba-ba-bam.ba-ba-ba-ba-bamp-ba  I wanna be sedated

Ba-ba-bam.ba-ba-ba-ba-bamp-ba  I wanna be sedated

Al día siguiente, sentado en el mismo lugar de ayer, esperé a que ella pasara mientras fantaseaba con el mejor diálogo a utilizar. Infinidad de frases volaron por los aires a la espera de ser dichas pero decidí eliminar lo innecesario de mi mente y enfocarme en lo sustancial, el acercamiento; veloz y sorpresivo. En eso, ella apareció, la podía ver andar con su paso levitante al ritmo del tráfico de la tarde, con la misma vestimenta del día pasado, pero esta vez con unos pantalones de mezclilla desgarrados que dejaban al aire la nalga izquierda y en ella un tatuaje con unos caracteres orientales.

Ella sabía la razón por la que yo estaba allí pues fue ella quien inició con las miradas furtivas. Sin embargo, a pesar de la invitación al acercamiento, mi timidez me volvió a inmovilizar el tiempo suficiente y cuando reaccioné, la chica se había evaporado entre la multitud expectante en una justa de artes marciales.

Regresé frustrado a la galería pero ya habían cerrado. De vuelta en la residencia dos artistas del Congo fumaban mariguana, me acerqué a ellos y di un par de inhaladas. Ya en mi habitación, me coloqué los audífonos y escuché a todo volumen Now I wanna sniff some glue hasta quedar dormido. En mis sueños la desconocida apareció e imaginé el aporreo de nuestros cuerpos que gravitaban conforme al estridente compás marcado por los cuatro cuartos de algún grupo japonés de anarco-punk.

Now I wanna sniff some glue

Now I wanna have somethin´to do

Al amanecer, volví a la galería para que al término de la exposición, sentado en las escalinatas, ella hiciera su aparición como de costumbre. La galería estaba cerrada y ella no se presentó. Después de semejante despropósito, anduve sin dirección por un camino esparcido de cajones de madera apolillados hasta dar a un puente de bambú que desembocó a la calle Huaxi, de frente a un garito llamado “Snake Alley” donde pululaban toda clase de profetas del porvenir, de pronto, como invocada por el inconsciente, apareció una sibila, sujetó mi mano y súbita empezó a proferir vaticinios.

Me quedé mirándola sin prestar importancia a lo que decía. Saqué del morral una botella de alcohol de arroz, obsequio de un artista filipino, y por un momento olvidé en donde estaba. Sorbí un largo trago directo de la botella y salí de allí mientras la vidente seguía desglosando mi futuro.

Tomé por un sendero atractivo que se abría paso a través de las vías del tren y vadeé las tuberías que arrojan las aguas negras de la ciudad al mar hasta llegar a un callejón. Eran apenas las cinco de la tarde, el sol brillaba sobre mi rostro y por un momento me cegó. ¡Mierda! Di un salto atrás todo agitado y tembloroso. Me topé con tres asiáticos pistola en mano que sometían a un anglosajón. No supe qué hacer en el momento, sólo permanecí ahí. El asiático uno le dijo al anglosajón: “Aquí te traigo un mensaje”. El asiático dos sacó de un portafolio una notebook y la activó: “Tienes cinco horas para dejar la pinche isla”.

Traté de tranquilizarme y di un vistazo a las armas de aquellos rufianes: dos berettas y una metralleta, además, vi el rostro azulado del anglosajón que observaba la pistola sin parpadear con un único ojo, pues el otro lucía semicerrado con una gran magulladura violácea alrededor. Hasta los labios se le habían puesto lívidos. De la nada, el asiático tres disparó al aire y el anglosajón salió de prisa, al ritmo del aire. ¡Puta! ¿Ahora qué hago? Miré anhelante hacia todas partes por lo menos cuatro veces para encontrar la mejor ruta para escabullirme pero era imposible hacerlo. No había para donde correr en ese atolladero.

-No intentes ninguna pendejada –dijo el asiático dos y me apuntó.

-¿Qué chingados está pasando? –grité.

El asiático tres por primera vez habló y dijo a los demás: “el forastero está más frío que la muerte, vámonos a la chingada”. El asiático dos se soltó a reír y cabeceó con aprobación. Enfundó su pistola y los tres, sosiegos, se subieron a un auto negro Mercedes Benz.

Recuperado del susto, busqué protección en las transitadas calles. Caminé empujado por el viento frío hasta disminuir mi paso una vez que di a una calle con establecimientos, reconocí la zona y me dirigí a la galería para tomar un camión y regresar a la residencia. Me senté en el paradero y mientras esperaba el colectivo, a la distancia vi una silueta que resaltaba el contorno de unos pechos. Una vez que la silueta cedía ante la luz que reflejaba el mar, pude apreciar la curva del cuello, el vaho de su profunda respiración, la boca semiabierta y la negra cabellera desplegada al aire.

Mi corazón se constriñó mientras reconocía a la chica portando la misma chaqueta de cuero con el logo en la espalda que con un par de pinturas en aerosol grafitiaba unos ideogramas en color rojo y arriba de ellos, en color negro, la “A” circulada en un estilo vangurdista. En eso, a lo lejos escuché acordes de pinhead que servían como fondo musical a las ilusiones que en ese momento forjaba. Durante mi aproximación, recordé los vaticinios de la vidente y solté una carcajada. Era el mejor momento para conocerla; ¡Hey, ho, let´s go!

Gabba gabba we accept you, we accept you one of us!

Gabba gabba we accept you, we accept you one of us!