Por Alfredo Padilla

Corría el año de 1996 cuando en los cines del país estrenaban Trainspotting (Danny Boyle), la película por antonomasia sobre existenciales adictos a la heroína. Se celebraban los Juegos Olímpicos de Atlanta, inaugurados por Bill Clinton, en donde un parsimonioso Muhammad Alí —separado ya de sus ligeros movimientos de mariposa— encendía la llama olímpica. En San Luis Potosí yo también celebraba mis propias olimpiadas del alcohol, vitoreaba mi primer tajada, la primer borrachera en la almidonada fiesta de una quinceañera fresa de las Lomas, una reunión de entrepiernas dulcísimas y ombligueras negras, pantalones de licra blancos, acampanados como mi futuro.

Justo esa misma noche y en ese jardín de césped recién cortado con alberca de agua clorada, comenzarían las jornadas de la bebida que me alcanzarían hasta estos tiempos, aquella sería la borrachera inaugural en una multitudinaria hueste de dipsomanías, desfilando todas hacía mí, en un aluvión de ebriedades que descubrirían su umbral en el ‘96, cuando André Chastagnol moría en Francia sin ser reconocido por ninguno de sus alumnos.

Ese tiempo, en el que mi único esparcimiento era olfatear la sangre de carnero —a manera de droga— en la ya inexistente carnicería de mi padre en el Mercado La República; cuando vestía a la usanza del Ciber-Cholo —a lo Fran Ilich en su novela Circa 94: una novela de tinta e Internet—, esos pantalones holgados de “baquita”, con una pierna blanca y la otra negra —por más irrisorio que parezca—, el tiro cayendo hasta las rodillas, tenis Airwalk y el cabello casi a rape decolorado con agua oxigenada, así con esa pinta irrumpí una tarde de canícula en los cines “Gemelos” de Plaza del Valle, como no me gustaba pagar, me introducía por la barda lateral en donde se ubicaba el vertedero de la dulcería del cine, me apoyaba en el contenedor de la basura y saltaba la valla, caía justo en la salida de las salas, que yo utilizaba como recepción para ver películas como Dick Tracy de Warren Beatty, Las Tortugas Ninja Mutantes de Steve Barron o Volver al Futuro III de Robert Zemeckis; pero aquella tarde vería Trainspotting, la película basada en la novela homónima del escritor escocés Irvine Welsh. Me volaría la cabeza, cambiaría desde ese momento los pantalones bombachos por los Levis 511 a lo Mark Renton, antihéroe, protagonista y narrador de una historia rebosada en drogas. Aunque la música electrónica era el nuevo rock en la década de los ‘90, yo dejaría los raves por los toquínes punk, comenzaría a juntarme con parias en las vías, muy cerca del Metro Underground —nuestro propio Volcano—, en la calle 8, #100, de la Industrial Aviación, para observar el lento andar de los trenes, remedar ese extraño pasatiempo que tienen los escoceses… eso a lo que curiosamente llaman “trainspotting”.

De la película aprendería de memoria casi todos los diálogos —tenía trece años y mucho tiempo libre— no obstante, mi preferido siempre fue aquel que enuncia Renton cuando Tommy traslada al campo a los drogos para poner en orden sus ideas: “¡Es una mierda ser escocés! Somos lo más bajo de entre lo más bajo, la escoria de la puta tierra, la basura más servil, miserable y más patética jamás salida del culo de la civilización. Algunos odian a los ingleses, ¡yo no!, ¡sólo son unos pendejos! ¡Estamos colonizados por unos pendejos! ¡Ni siquiera encontramos una cultura decente que nos colonice! ¡Esto es una grandísima mierda, Tommy, y todo el aire puro del mundo no cambiará las putas cosas!”. Este razonamiento y el legendario “Choose Life” —que en realidad era un slogan dirigido a un programa británico de abuso de drogas y suicidio, utilizado también por el movimiento pro-vida para fomentar una opción contra el aborto— se convertirían entonces, en una apática y displicente filosofía de vida para mí. En aquel momento podía borrar todo lo que había aprendido hasta entonces y rehacer mi vida con base a las lecciones de Welsh llevadas a la pantalla por Danny Boyle: el despojo, la indolencia y las drogas, el advenimiento a partir de la culminación y pináculo de estas tres para poder obtener una plausible vida adulta.

Después de una larga —y nerviosa— espera, este fin de semana pude al fin ver Trainspotting 2, gracias a la pésima distribución de películas en los cines “de provincia”. Al ver las primeras escenas de un Mark Renton maduro regresando de Ámsterdam y entrando a un Edimburgo ya desconocido para él, recordaba en mi asiento otra película que no era esencialmente la primera parte, sino la película de mi juventud, me vi también como un personaje de Welsh viajando hacia los cochinos y oscuros adentros de mi ciudad, de mi pubertad malgastada, y es justo ahí en donde se origina la nostalgia.

La historia, basada en Porno (Cape, 2002) la segunda de la trilogía de la heroína Irvine Welsh, se basa en el viaje y el eterno retorno de la novela, la idea del desplazamiento, “aquel que viaja se busca a sí mismo”; toda novela, sea cual sea su tema, sea cual sea su forma, implica un deslizamiento, tomando en cuenta la primera épica de la literatura clásica, que es un viaje de ida, el viaje a Troya, y un viaje de recuperación, el viaje de Ulises de regreso a Ítaca. En el caso de T2, Mark Renton realiza un viaje de regresión, un viaje reparador que en realidad es un viaje excusa. Veinte años después, Renton regresa a Escocia para reivindicarse con sus amigos por el robo que les cometió la mañana de un día cualquiera en un hotel de mala muerte, vuelve al único sitio que considera su “casa”, al lugar del que se escapó y en donde debe lavar sus culpas. T2 es una película que lucra por completo con este pensamiento, y con la nostalgia, detonada a partir de las primeras secuencias, Renton corre a toda prisa, pero ahora ya no lo hace para escapar de la policía, sino en la cinta de step de un gimnasio en Holanda, escenas asociadas con la del Renton joven, con la maleta al hombro y las 16.000 libras, la sonrisa que todos conocemos.

T2 es un “nuevo” Renton reapareciendo en la pantalla para enunciar su particular monólogo frente a Veronika, la nueva socia de Sick Boy y con quien planean abrir un prostíbulo: “Elige la vida. Elige Facebook, Twitter, Instagram y reza por que a alguien, en alguna parte, le importe… Elige desenterrar viejas relaciones, deseando que las cosas hubieran sido diferentes. Elige ver cómo la historia se repite. Elige tu futuro. Elige el reality TV. Elige un contrato de cero horas, un viaje al trabajo de dos horas… y elige lo mismo para tus hijos, sólo que peor, y ahoga el dolor con una dosis desconocida de una droga desconocida hecha en la cocina de un desconocido. Y luego… intenta respirar profundamente… Eres un adicto, así que sé adicto. Sólo sé adicto a algo más. Elige a los que quieres. Elige tu futuro. Elige la vida”.

Danny Boyle lo volvió a hacer, modernizó el lenguaje cinematográfico utilizado en 1996 para reutilizarlo veinte años después, como el montaje métrico, los clips de película son empalmados de acuerdo al compás de la música, el montaje tonal, la luz, los matices y la fotografía que nos recuerdan a una cinta noventera, o el montaje intelectual, con esa extraña yuxtaposición de ideas a las que nos tiene acostumbrados Danny Boyle, acompañadas siempre de influencias culturales, como el mismo final de la película. Una edición que se puede ver arcaica en estos tiempos de paliativos y súper héroes con toda su amalgama de efectos especiales, primitiva como sus anticuados y viejos protagonistas, quienes no tienen reparo en mostrar sus arrugas en un extreme close-up frente a una cámara delatora.

La música sigue siendo un personaje más al lado de Sick Boy, Begbie, Renton, Spud y Diane, es la música quien nos da la pauta exacta para la brutal remembranza, tonadas que nos resuenan a temas como “Born Slippy” de Underworld, “Perfect Day” de Lou Reed, “Lust For Life” de Iggy Pop, una canción navaja en la segunda entrega de Trainspotting, un track del que la aguja del gramófono siente desconfianza de reproducir, ¿o la escama es de Mark Renton? Surgirán nuevas canciones, como “Dreaming” de Blondie y “Only God Knows” de Young Fathers, al lado de diálogos que resultan ser muy parecidos, semejantes, así como las situaciones y la psicología de los personajes, quienes por fortuna han cambiado poco. La película cumple con eso, con ancorar tus feos sentimientos a un pasado interfecto.

Hace tiempo que no recordaba a ese que fui, cuando Pedro Lemebel publicó por primera vez Porque el tiempo está cerca, estaciones en las que vestido de Sangre por Sangre y armado de tachas, enamoraba a las fresas subversivas en las fiestas rave, cuando el futuro no existía, era sólo un continuo errar en una zambra llena de alcohol y descubrimientos, nueva música, desconocidos coños y una runfla de drogas por probar, de pieles tersas y jovenes, de valentía y ostracismo, de anhelos displicentes y atardeceres manifiestos, de la vida joven tratando de ser ruda, más ruda que Vladímir Klichkó peleando contra Paea Wolfgramm en los juegos olímpicos… y eso es algo que no vas a poder enterrar nunca, como a Tommy o a la bebé Dawn, un sentimiento muerto que llevamos en el pecho desde hace una veintena de años atrás.