Por Manuel Noctis

Semana Santa me trae siempre buenos recuerdos. Más allá de ser un evento totalmente religioso, desde morrito ha sido motivo de fiesta y diversión porque era una las pocas temporadas en que solía estar reunido completamente con mis primos o con mis amigos del barrio, con quienes solía ir al campo a realizar onerosas carnes asadas en medio de la nada.

Pero sobre todo me trae recuerdos a colación porque, siendo yo un principiante en esto de la reporteada y el diarismo, en el periódico en el que trabajaba en Morelia (Michoacán), me tocó hacer una cobertura total de todas las actividades que se llevarían a cabo esos días en la ciudad.

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Como era el nuevo en el periódico, solían cargarme las cosas que los demás colegas con “trayectoria” no querían hacer, aunque por ley les tocaba realizar. Entonces tómala, un día me agarró el Jefe de Información y me dijo: “Te toca cubrir todas las actividades de Semana Santa”.

Por esos días yo todavía me creía un artista incomprendido, un joven revolucionario, un poeta trasnochado y un escritorcillo en potencia acostumbrado a estar frente a los reflectores y no tras de ellos. Ya estaba cansado de que esa fuera siempre mi situación, ser el conejillo de indias al que todo lo desechable y fuera de aparador le dejaran los demás. Así que estaba en un dilema: renunciar de una vez por todas o demostrar que podía hacerlo sin importar que fuera “en contra de mis ideales”.

Lo acepté, porque nunca me rajo por más gacho que sea el asunto, pero también lo acepté porque después de ello había una posibilidad de que me cambiaran a cubrir la fuente de Cultura, algo que yo anhelaba desde que empecé en ese periódico.

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Durante toda la semana estuve asistiendo a misas en la Catedral, ubicada en el Centro Histórico de la ciudad. De ahí me pasaba a otros templos: el de San Francisco, San José, Santo Niño y demás, siempre buscando la homilía de los sacerdotes. Me tocó ir incluso a recitales musicales con coros de las distintas iglesias y entrevisté a varios artistas que realizaron obras sacrosantas.

Foto: Iván Estenopo

Una de las cosas curiosas que me pasaron fue cuando asistí a la colonia Morelos, una de las más populares y recias de la ciudad, para recorrer el Vía Crucis tradicional con sus tres caídas. Una vez que terminó todo el evento, el Judas me invitó a quedarme a comer y yo hambriento y sediento por el recorrido, acepté con la pena que me caracteriza. Tenía que mandar la nota, pero aún había tiempo para saciar la panza.

Recién terminaba mis (¿sagrados?) alimentos, se me acercó el Jesús que un par de horas antes había sido “crucificado” y me ofreció una cerveza. Le dije que no, pero fue tanta la insistencia que la tomé como una ofrenda del Señor. Mientras me la tomaba, Jesús destapó una caguama, se sentó en una silla contigua a la mía y comenzamos a platicar sobre lo duro que era representar ese momento bíblico por el que había pasado “el hijo de Dios”.

Cuando ya me preparaba para retirarme de una manera cortés y decente, llegó nuevamente Judas y me ofreció una caguama fría, enterita y bien sudada. Me negué pero entre él y Jesús me volvieron a insistir. Pensé en “la palabra de Dios”, así que no podía desecharla y me senté nuevamente para seguir platicando.

En esos tiempos no era tan común mandar las notas por el celular o, por lo menos, no era algo tan recurrente. Pero viendo la situación en que me encontraba, como pude la hice ahí en el momento y la mandé, así me despreocupé de la encomienda reporterial por la que había asistido a ese lugar. Judas y Jesús se rieron de mi situación, eran a toda madre los dos morros, mientras yo bebía “la sangre de Cristo” hasta que se nos vino la noche.

No sé cómo regresé a casa ese día, ni qué hora era cuando, sólo recuerdo que ya estaba oscureciendo. Quizá fui yo el que dio las tres caídas porque desperté al día siguiente con tres moretes en las rodillas y los pies. Lo que sí me quedó claro después de ese Vía Crucis, fue que entendí el mensaje: después de tanto sacrificio viene la gloria, las Victorias, las Indio y las Modelo bien frías, sí Señor.

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Un poco ebrio, también me tocó ir a la Procesión del Silencio, un evento que jamás había visto en mi vida y que la verdad sí me metió en un trance muy cabrón. Sobre todo por aquello de la oscuridad, el silencio, el paso lento marcado por el sonido de un estruendoso tambor, y sobre todo por aquellos personajes ataviados como los del Ku Klux Klan. Una experiencia mística y reveladora que terminó en casa con una buena platica y borrachera con dos excelentes amigos.

Foto: Iván Estenopo

Después llegaron más misas para tomar la homilía y el mensaje que los párrocos lanzaban. El lavado de pies no quedó atrás y la Visita de los Siete Templos fue el acto consagratorio en mi cobertura y profesión. La resurrección del Señor también me la aventé. Pero el hecho de haberme perdido la reunión familiar que por costumbre hacíamos el Sábado de Gloria y el soportar tanto fanático religioso me tenían ya hasta el hartazgo, y todavía tenía que sacar una declaración final, un mensaje, del Arzobispo para cerrar con broche de oro la cobertura.

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Ese día estaba yo en Catedral, sentadillo en un rincón como siempre lo hacía, observando el actuar de la gente. Siempre me sorprendió en cada uno de los eventos la devoción de las personas por sus santos, pero me sorprendía más la represión de las doñitas que a cada rato nos impedían realizar el trabajo.

Cuando terminó la misa corrí por el costado derecho del recinto para alcanzar al susodicho líder religioso y cuando lo abordé me dijo: “¡No, estoy muy cansado, pregúntale a un Obispo!” (Había varios acompañándolo esa noche). Insistí ante la encomienda de mi jefe y le dije que no fuera malo, que me había echado toda la misa nada más por esto y no podía irme así, que tenía que llevar la nota. ¡Ese es tu problema, yo ya me voy!, me contestó el afamado líder religioso y se volteó dándome la espalda. Todavía fui unos pasos tras de él y me ignoró.

Yo también estaba cansado, asediado por el tedio, apestoso a mirra y enmarañado por tanto devoto feligrés. Así que hice un último intento con la poquita paciencia que me quedaba, volví a abordar al Arzobispo y nuevamente me rechazó. Casi de forma inmediata balbuceé en voz alta: “¡Ande pues pinche viejito, vaya usted a la chingada!”. Entonces sí el viejo volteó y me peló unos ojos como de Diablo. Clarito se le veía que quiso echarme el agua bendita encima. Pero no fue así, solamente se quedó pasmado ante mi ofensa. Yo me quedé igual, mirándolo a los ojos y sin saber qué hacer. Alrededor sus ayudantes, Obispos y toda la feligresía de quedó igualmente congelada, no se esperaban aquella escena precisamente en la semana dedicada al Señor.

Lo menos que pude hacer fue darme la vuelta de inmediato y salí corriendo del lugar, sentí la amenaza de que alguien hubiera salí tras de mí, me alcanzara y me aplicarán la Santa Inquisición por hereje. Así que me alejé lo más rápido y lejos que pude de la santa Catedral.

Foto: Iván Estenopo

Estaba encabronado, pero luego todo se transformó en risa y carcajadas que se confundieron con las de los payasos que arman su show en la Plaza de Armas. Algunos incautos me miraron como si fuera un loco desquiciado. Pero poco a poco fui logrando la cordura y una vez repuesto de todo, me dirigí a casa para hacer entrega del trabajo que había hecho ese día.

A la mañana siguiente, en la reunión semanal que solíamos tener, el jefe ni me dijo si había hecho un buen o mal trabajo. No me esperaba menos. Lo único que sí me dijo es que habían aceptado el cambio que había solicitado para irme a la fuente de Cultura y después de eso todo cambió.

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Varios años después, la vida me trajo a Tijuana y esta Semana Santa también me trajo varios de aquellos recuerdos. Sobre todo porque, casualmente, uno de los Obispos que acompañaban al Arzobispo de Morelia aquella ocasión bochornosa, es hoy el Arzobispo de esta ciudad fronteriza. Lo bueno es que no me recuerda, o por lo menos no me lo ha hecho saber todavía. Aunque esa ya sería otra historia.