Por Javier Ibarra

A principios del 2012, después de que Crudevicious intentó suicidarse, volvimos a ser los mismos de hace una década: dos estúpidos a los que nada les importaba, aun cuando la adolescencia ya no fungía como antes en nosotros.

Crudevicious en 2009 se había convertido en padre de familia. Seguía siendo un irresponsable, pero parecía ser el papá más amoroso en cuanto su hija lo ve a los ojos pidiendo ver clásicos episodios de Are you afraid of the dark?, documentales gordos y americanos de Michael Moore, o simplemente para hacer la tarea minutos antes de salir a la escuela.

Yo intentaba volver a desaparecer de la gigantesca ciudad que me absorbía en su decadente peregrinación ciclista, la cual tarde o temprano me enterraría vivo y nadie escucharía mis gritos golpeando la contaminada caja de madera donde se vive para siempre.

Casi al mismo tiempo mandamos a la mierda las guitarras, las baterías, los bajos y las tocadas de punk rock. Jurábamos que ya no tocaríamos más. La actitud y las bandas que cambiaron nuestras vidas seguían vigentes, sobresalían en nuestra piel con tatuajes que espero logren recordarnos, a distancia y algunos días de aquella madrugada de cocaína, pastillas, mensajes, angustia y amigables llamadas telefónicas entre Crudevicious y yo.

Iniciamos un nuevo romance con los bolígrafos, impregnando tinta en hojas de papel. También con los teclados de las computadoras, siendo golpeados con los dedos, creando oraciones que daban pie a las historias disolutas de nuestro propio y barato reinvento, en esa generación donde a nosotros nos tocó perder y soñar con todas las cosas que difícilmente serán realidad, teniendo que continuar con nuestras vidas de inútiles y fracasados a los cuales el famosísimo slogan de No future nos da duro por el culo.

Me hundí en un mar de lágrimas mientras a Crudevicious le insertaban tubos y jeringas. El doctor le dijo que estuvo a minutos de morir. Yo le dije que era lo más punk rocker que había hecho en su vida. No le importó. Se quitó todo de encima, vomitó a una vieja enfermera y salió arrastras, prometiendo nunca volver a comportarse tan mal en una sala de urgencias.

Duré algunos días en intentar comunicarme con él. Sin embargo, antes de descolgar el teléfono, me enteré de la historia: Crudevicious ya había escrito algo que desapareció mi llanto y lo convirtió en una lectura sarcástica, llena de carcajadas:

Definitivamente parezco un ebrio. Camino hacia el baño muy lentamente, tambaleándome. Me toma una eternidad llegar. Cuando por fin llego a la puerta miro hacia atrás, la camilla está como a un metro de distancia. Dios mío. Entro al baño y trato de cerrar la puerta. No puedo. La enfermera del diablo está ahí viéndome y no se molesta en ayudar. ¡A la verga! Si la perra quiere verme, pues que me vea. Cuando bajo el cierre de mis pantalones escucho que la puerta se cierra. La puta resulto ser muy conservadora y al final no quiso ver a un ebrio orinando. Estoy a punto de soltar el chorro cuando siento que pierdo el equilibrio. Trato de recuperarlo pero me es imposible. Caigo como un costal al suelo y me golpeo la espalda y la cabeza contra la pared. No sé si tengan la imaginación suficiente para visualizar mi posición en este momento, pero es algo así: “Tengo una jeringa clavada en la mano izquierda que me da comezón y me impide mover libremente la mano. Tengo una bolsa llena de un asqueroso líquido amarillento mezclado con sangre colgando de un tubo que está metido en mi nariz. Mi mano derecha permanece inmóvil en el suelo, con la palma hacia arriba. Estoy tirado junto al retrete y estoy totalmente solo e indefenso”.

Cuando volvimos a hablar sabíamos qué queríamos hacer en ese momento con nuestras vidas: queríamos burlarnos de ellas y que todos pudiera leerlas, sí es que existía alguien interesado en dos pendejos que no han logrado nada y gustan comportarse como unos egocéntricos.

Yo me creía un escritor, una de esas copias baratas de Charles Bukowski tan sólo por emborracharme y hablar de John Fante con desconocidos en diversas cantinas de mala muerte. Después, si corría con suerte, y para sacar de mi cabeza a Joanna, intentaba sumergirme en los calzones de mujeres que se apoderaba de mí, de mi escaso dinero y nobleza, que creo conservar desde muy pequeño.

Crudevicious se alejaba de los ácidos y las pastillas. Acudía con psiquiatras. Tomaba anti-depresivos y estaba en un taller literario junto con una hermosa bailarina de ballet que intentaba escribir metafísica, y quien nunca aceptó ir con él al cine para verle la verga a Michael Fassbender. Con su relato provocó mucho revuelo al leer en público la manera en que intentó suicidarse. Calló bocas. ¿Qué podían opinar? ¿Cómo podrían espantarse con una historia de la vida real, bien ficcionada y con una chispa de humor sobresaliente que te haría orinarte encima? Porque viviendo en una ciudad como en la de ellos: con gente desnuda y muerta colgando de los puentes peatonales, una sobredosis no podía ser lo peor en esa circunstancia pornográfica, vengativa y de pánico norteño al compás de narcocorridos.

Comparábamos el dolor que surgía de nuestras manos. Era similar al que sentíamos haciendo música durante muchas horas después de acudir a la preparatoria. Pasaba el tiempo y nos leíamos mutuamente. La distancia y la extraña mutación de nuestras ciudades no existían en las redes sociales. Él se sentía en la Ciudad de México y yo en Monterrey.

Su ciudad estaba desolada, bochornosa y agujerada por proyectiles de arma; sumándole los goles de Tigres y Rayados.

La mía era caótica, lluviosa y con miles de personas de todo el mundo purificándose con smog o caminando de rodillas a la Basílica de Guadalupe.

Nos provocó locura, que alguien ya no pudiera sobrellevar más sus instintos de soñador. Quizás esa fue una de las causas que incitaron a Crudevicious para que intentara saber si Dios existe, y a mí para que me vistiera como ese hippie que camina sobre el agua, deteniendo milagrosamente su viaje que no tenía el sagrado best-seller para resucitar. Así lo pensé, sintiéndome sólo en esa madrugada y él aún más, despidiéndose de mí, de un monitor a otro, sin saber cómo reaccionar, sin asimilar que bien no pudo avisarme y desaparecer.

Crudevicious sobrevivió, afirmó más fuerte su ateísmo y yo fui quien huyó, porque creía ser El Acertijo, uno apodado Schopenhauer por tantos signos de interrogación pesimistas en mi traje y en mi piel. Bruce Wayne no me aniquilaría, mis recuerdos trabajaban en esa masacre.

Juramos bombardear por todos lados con nuestro fanzine literario-musical. Logré hacer algo de dinero gracias a algunos artículos que publiqué. Salí de mi hogar en bicicleta, con mi mochila y un boleto de autobús. Llegué pedaleando a la casa de Iori, otro viejo amigo del Poniente de Monterrey con quien siempre he compartido la misma pasión por el ciclismo y Marco “Il Pirata” Pantani. Iori cada vez era más raro. Se había convertido en crudívoro y tampoco volvería a beber una sola gota de alcohol conmigo. Había olvidado lo caliente que es la ciudad. Sudaba por cualquier movimiento. Nuestro primer paseo en bicicleta se postergó hasta el anochecer. Me bañé un par de veces. Breaking bad vomitó la heroína de ese amor junkie cantado por The Platters, y descubrimos que Jesse y Jane eran el uno para el otro. En el silencio de la noche, después de tomar las avenidas principales de Monterrey en dos ruedas, pedaleamos a la casa de Crudevicious. Abrió la puerta y en verdad me sorprendí por verlo más vivo que nunca. A él no le sorprendió vernos juntos. La última vez fue igual, sólo nosotros tres. Volvimos a tocar el tema del futuro, de nuestros amigos que pertenecen a la misma generación y “triunfaban en la vida” teniendo trabajos fijos, carros, casas, negocios, novias, esposas, ex esposas, amantes, vestían bien y vivían mejor. Creo que nos detuvimos porque no encontrábamos aún el verdadero significado de esa palabra que Marty McFly nos quiso explicar, conduciendo el impresionante DeLorean desde aquella noche en que nos volvimos a encontrar, hasta nuestra niñez viendo la trilogía de Back to the future por el Canal 5 cada quien en su hogar.

Crudevicious pudo haber triunfado en la música, ahora podría ser un rockstar, como siempre lo ha deseado. Recuerdo cómo bromeamos con eso. Decía que no importaba la manera en que tenía que vestirse, maquillarse o posar en las fotografías. Tocaba la guitarra en un grupo que firmó con una compañía discográfica. De cualquier manera lo echaron a patadas por sentir más la placentera sinestesia que las canciones que tenían que convertirse en hits, cada vez que las transmitían por la radio. Vacacionando en su imaginación perdió la manera de enfrentar más fácil al futuro.

Iori sólo tenía tiempo para su bicicleta y para su sana alimentación. Se estaba volviendo loco sobre un par de ruedas, trabajando como bicimensajero en una ciudad en la que no eres nadie sino tienes carro propio. Esa sensación de libertad lo llevaba hasta lo más alto de las montañas del Estado. En esos sitios sostenía una sonrisa inquebrantable que no le podía detener las piernas.

Yo pude triunfar en el área de Recursos Humanos. Y me preguntaba: “¿Estoy regresando a mis recuerdos o aún sigo viajando en ellos hasta que se olviden de mí?”. Lo que sí entendí era que me reía de lo que para muchos, dicen, es quedarse estancado, reprimiendo sueños, pensando que son imposibles, sin entender que son las cosas que a uno lo podrían llevar a la felicidad con tan sólo intentarlas hasta que se puedan gritar que son verdad.

Cuando arribamos a la casa de Crudevicious, su mamá salió a saludarnos. Al momento que nos quedamos los tres no hablamos de nada esa noche, divagábamos en los mejores momentos de nuestras vidas, recurriendo al pasado, a lo que no podíamos modificar. Al fin de cuentas eran las historias que Crudevicious o yo escribimos en el fanzine.

Y cada día que transcurría me daba cuenta que estaba en esa memorable ciudad, lleno de amigos que de un momento a otro desconocía, por la regla natural de crecer y comenzar a ser diferentes, más responsables. Estaba sólo y destrozado por lo que el tiempo había hecho con todos ellos, porque no podían seguir sus sueños y habían tomado el camino fácil.

Hablé por teléfono con mi madre. Me preguntó por el fanzine con bastante emoción, sin saber qué era eso. Le dije que estaría listo a principios de mes. Recordé lo que Crudevicious expuso sobre 2006, el día que lo visitamos. Ese fue su año favorito y deseaba que siempre se repitiera. Y no es que 2012 sea el mío, pero casi rompí en lágrimas. Nunca había estado en una situación así. Volteé a ver mi mochila y era muy pequeña. Nuestro fanzine estaba por salir y no había muchos planes para el futuro, tampoco el suficiente dinero. Pero estaba haciendo lo que me gusta: escribía y narraba el patético sueño que se apareció en la sobredosis de mi mejor amigo. Sin embargo, las columnas de libros que tenía Crudevicious en su habitación nos hacían perdernos en Raymond Carver, Kurt Vonnegut, J. G. Ballard, Philip K. Dick, Nick Hornby, José Agustin, Ray Bradbury, Roberto Bolaño, Irvine Welsh, Hunter S. Thompson, Rodolfo Fogwill, la Beat Generation y muchos más, poniendo en pausa nuestra conversación de cómo sería el primer evento de presentación para Misoluto. Si los textos que escribimos a tres acordes los leeríamos con requintos, pantalones de mezclilla, sacos de vestir y boinas. Decíamos eso y otras tonterías velando en videojuegos y en temporadas clásicas de la ciencia ficción, la fantasía y el terror. Y los ataques de risa por fumar juntos –por primera vez– demasiada mota nos hacían decir más estupideces que de lo normal, preguntando si estábamos en Monterrey, en la Ciudad de México o en algún lugar donde Rod Serling lucía impecable y como siempre: en blanco y negro, pero vistiendo como un punk rocker del reino maravilloso de la imaginación, y tirando a la basura nuestro fanzine #1: el Split que hicimos Crudevicious y yo. Porque todo es posible, en The twilight zone. Como lo fue esa noche, como lo es ahora y como lo será al final de esta teoría absurda y un poco conmovedora de Misoluto.