Por Jonás

Dicen que es triste el silencio de la llamada izquierda frente a la compleja realidad que hoy viven países como Venezuela. Hay una eterna discusión respecto de las formas del gobierno de Nicolás Maduro y el chavismo, por lo que sus seguidores argumentan contra estos que esas formas también se encuentran en los llamados gobiernos de derecha o progresistas, propios del liberalismo centrista.

¿Pero hasta qué punto este silencio es triste? Hasta el punto que se enmarca en un silencio acrítico, es decir, cuando la mejor forma de no acentuar las contradicciones de estos gobiernos es por medio de la autocensura, y esto no quiere decir que como críticos de los llamados gobiernos progresistas de América Latina tengamos que ceñirnos al discurso reaccionario de la ultraderecha o de los medios de comunicación, que han sido cruciales en el proceso. Sino que la búsqueda de las contradicciones abran la puerta a nuevas formas de gobierno desde abajo.

Más triste parece ser cuando algunos afamados pensadores latinoamericanos llaman a la solidaridad con el gobierno de Nicolás Maduro pero bajo el argumento de que no es momento de crítica. Al contrario, es el mayor momento de crítica, es un punto crítico para quienes han estado bajo el cobijo de este gobierno, pero también para quienes pretenden ejercer una solución a esto.

No hay duda de que las opciones parecen obsoletas cuando se piensa desde la lógica del Estado que debe ser ocupado, ya sea por la derecha o por la izquierda, en donde se dice que gobierna el proletariado. Peor aún es cuando pretenden gobernar políticos pantalla que como pragmáticos se dicen del lado de la razón pero que sólo son el encubrimiento de la realidad, el gobierno posmoderno le podríamos decir, y que va desde opciones como Justin Trudeau, hasta la fallida candidatura de Hillary Clinton o la posible victoria de Emmanuel Macron en Francia.

Las opciones para Venezuela es que los izquierdistas estatistas se ciñan en torno al gobierno chavista y se alejen de la crítica en aras de la permanencia de un gobierno que se dice tremendamente social, pero que no por eso deja de ser capitalista; por otro lado los críticos se alinearán con la derecha mundial y denunciarán los mecanismos de permanencia en el gobierno. Pero a final de cuenta en la guerra quien pierde es el pobre, sea como resulte la masacre estaremos seguros de que los chavistas conservarán algunos de sus privilegios o la oportunidad de retomarlos en una futura elección, mientras que la derecha conservaría los suyos junto con los intereses que tiene en poder explotar aquello que no se permitía durante el presente gobierno.

A final de cuentas el resumen significa seguir privilegiando a sectores que apoyen la permanencia del gobierno y la explotación de unos por otros. No hay que irnos con la finta de que un gobierno de izquierda estatal no lleva consigo el sello de la explotación. El problema es que las opciones son pocas bajo la perspectiva de la institución que representa el Estado y con ello las formulaciones de quienes están de un lado o del otro polarizan a los que quedan en medio de la masacre mediática y física.

En tanto que las alternativas fuera de esta perspectivas resultan mucho más difíciles de concebir para quienes se ciñen a la lógica Estatal y por tanto su configuración en lo social o lo práctico les resulta desagradable. Claro que les otorgamos un poco de razón cuando lo antisistémico, en tanto discurso posmoderno de oposición a las formas institucionales, se vuelve en la ilusión de que la lucha es posible desde la individualidad y no como una formulación colectiva.

Es difícil tratar de hacer una conciliación, las letras no alcanzan y el tiempo se ha convertido en la forma más eficaz para desgastar a los movimientos sociales. Pero también es difícil mirar a pensadores que, equivocadamente uno pone en el pedestal de la superioridad intelectual, llamando a no criticar al gobierno de Maduro para solidarizarnos, como si una cosa fuera incompatible con la otra. Por ello es que no hay duda en que para los dogmas de la izquierda latinoamericana no hay crítico o pensador del partido mientras no sea orgánico o inteligente de tal modo en que guarde silencio a la hora en que debe guardarlo.

Por supuesto que el panorama es desalentador, pero sólo así es como podemos encontrar el motor de aquello que hace falta para renovar a esa dogmática y trasnochada izquierda que sigue queriendo revolucionarse con la misma dinámica que ha tenido desde los tiempos de los soviets rusos o con las guerrillas en los cerros de Nuestra América. Renovar no es convertir la visión de los excluidos en un neomarxismo que más parece alienado que crítico, sino en reconfigurar eso que nos ha movido de tal modo en que no caigamos en el relativismo propio de la justificación de que cuando uno es de izquierda sólo en la izquierda estatal se encuentra la verdadera transformación, ojo, tampoco es la derecha. Piénsele.