Por Jonás

El trabajo dignifica, se escucha entre las voces sabias del folclor mexicano, es un dicho que se repite entre generaciones. Anda, levántate y trabaja que para eso se hizo la vida, parecieran repetirnos los más viejos. El dicho se reparte desde distintas formas en la literatura. Creado en el seno de una familia católica escuché decir siempre a mi madre «si alguno no quiere trabajar, tampoco coma», o como lo decía ella de manera más sencilla «el que no trabaje, que no coma». No asidua a la lectura de la Biblia, mi madre bien había aprendido el número diez, versículo tres de la segunda epístola de Pablo de Tarso a los Tesalonicenses.

Cómo no recordar el origen bíblico de la humanidad, con una Adán y Eva expulsados del paraíso por haber comido del fruto de la ciencia. Donde luego Dios le dirá al llamado “primer hombre” que «con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra (el Edén)», es decir, uno de los tantos sometimientos del hombre (sin tratar de evitar la figura de Eva, pero centrándonos en lo relatado) tras la desobediencia será «el trabajo» por necesidad. Surge el trabajo en tanto que Adán ya no tendrá a su disposición todos los bienes naturales a los que antes tenía acceso.

Entendemos que el trabajo, al carecerse de los bienes necesarios para satisfacer las necesidades por medio de lo otorgado por la naturaleza, no tiene inmersos en una relación productiva o crea el trabajo. A estas alturas de la vida difícilmente podemos decir que alguien obtiene lo que necesita sin trabajo, en todo caso es un ladrón o un vividor. ¿Pero de qué forma se ha internalizado el valor del trabajo en la sociedad que nos encontramos?

Bajo esta perspectiva hemos visto fundar algunas nociones religiosas que le dieron sentido al valor del trabajo en la sociedad actual, por no decir que todas o aventurarnos a una tesis que podría resultar insostenible, pero recordemos que, como Max Weber explica en su Ética protestante y el espíritu del capitalismo, para la noción de la profesión en el protestantismo su riqueza no significa nada para su persona, salvo la sensación irracional del «buen cumplimiento de la profesión».

Aquí podríamos argumentar que el trabajo, en tanto promesa divina de salvación, es el motor del capitalismo pues otorga valor, que bajo lógicas de explotación se convertirá en el plusvalor, en algunos casos la ganancia generada por el trabajo de otro.

Uno de los tantos pasajes bíblicos en donde Martin Lutero tradujo «profesión», en su versión alemana Beruf, es justamente en el citado texto paulino en donde el «trabajo» toma una relevancia tal para las primeras comunidades mesiánicas o al menos el mandato de quienes las lideraron.

Pero el trabajo como motor social tendrá una relevancia tal para la sociedad burguesa, para la que ha tomado por asalto al moderno sistema-mundo y que se instituyó a su cabeza posterior a la Ilustración pero con fuertes influencias desde el siglo XVI. La doctrina burguesa dicta que para alcanzar su completud, el hombre debe trabajar y así realizarse, por eso el trabajo dignifica. Su oposición con la sociedad cortesana era la herencia infundada de títulos y posiciones que otros hombres podrían alcanzar, la bandera burguesa se esgrime en un “para todos” en la letra pero poco real en la practica, quien trabaje será rico, y con esa finta nos fuimos supuestamente realizando.

¡Pónganse a trabajar!, gritan a los manifestantes en una calle, porque el que no trabaja es anormal en esta economía-mundo capitalista. El ocio, se vuelve el enemigo de este sistema capitalista, es la caracterización de quien quiere ser nadie frente a los dictados de los que debemos ser parte.

No es extraño que nos encontremos con que el famoso American Dream trate de darle sentido a la vida de un hombre, casi siempre latino, que llegará a un país primermundista, Estados Unidos. en este caso, para que trabajando logre obtener las ganancias necesarias para tener una vida plena en el futuro, mismas que no puede obtener en su país de origen.

Sin embargo bien podrían usarse estas fechas para poner a juicio los dictados de las sociedades que buscan enaltecer el trabajo. Marx mismo calló en la trampa burguesa de la autorrealización, como admirador de su sistema pero crítico del carácter explotador, se olvidó de criticar el trabajo y lo enalteció como forma liberadora pero olvidado que para el hombre libre la emancipación no era por un mayor trabajo sin explotación, sino por un menor trabajo que le diera la suficiente vida, la mínima necesaria para poder disfrutar del ocio. Pero entonces caeríamos en la crítica burguesa de los cortesanos cuyo estilo se fundaba en el ocio.

Hurgando sobre la explotación de la figura del «trabajo» en la Rusia soviética me quedé impactado con la propaganda que pugnaba por una vida de excesiva explotación, pues aún cuando ya no se tratara estrictamente del burgués, la explotación soviética se fundaba en la burocracia del Estado estalinista. “La noche no nos impide trabajar”, dice un cartel, mientras que en el mismo tono uno señala que “el tiempo de arar no se detiene de noche”, al igual que uno que señalaba “trabaja duro para combatir el frio y el hambre”.

Mientras que el que más llamó mi atención decía: “golpea y cada golpe será un golpe contra el enemigo”, como si al trabajar el sujeto proletario de la Rusia soviética contribuyera con la transformación mundial (dejo aquí el link al blog con las imágenes de la propaganda soviética: https://goo.gl/fY6S8E).

Uno de los puntos clave de la lucha emancipadora de los proletarios, en el campo económico, se centraba en la exigencia no sólo de mejoras salariales y condiciones laborales, pues estas tomarían mayor peso posterior al keynesianismo, sino que acentuaban la necesidad de pugnar por la jornada de ocho horas, es decir, la petición estricta por parte de los trabajadores a no sobrepasar dicho limite de tiempo, o lo que es igual, a reducir las horas de trabajo a favor de quienes se encargaban de la producción para así darle un sentido digno a su vida general.

Es extraño que al materializarse la dictadura del proletariado, dictadura del stalinismo, esta visión se cambiara por la de un pueblo sometido al trabajo en busca de la industrialización de que debía alcanzar tal país. Los trabajadores regalaban un día de su fuerza de trabajo para permitir que la primer comunidad socialista tuviera un mejor nivel dentro de la economía mundial, un campo lleno de incongruencias para quienes aspiran a mejoras con respecto de la dominación burguesa.

Hay mucho que revisar del tema, la crítica al trabajo es delicada para los economistas, difícil para los marxistas y confusa para los autonomistas. Pero este día del trabajo es un buen momento en el cual nos podríamos hacer preguntas. Porque haciendo un paréntesis, el sentido de los días festivos no es sino el de crear ligeras fugas a la presión laboral pero en busca de la permanencia del sistema de trabajo moderno-capitalista ¿cuál es la concepción internalizada del trabajo? ¿Hasta qué punto se ha enaltecido? ¿Un crítica de su forma burguesa-moderna nos permitiría aclarar un poco el camino hacia la liberación? Bien podría ayudarnos una seria y larga reflexión en torno a esto. Por ahora sólo una cita de quien fuera yerno de Karl Marx, Paul Lafargue, quien desde su libro El derecho a la pereza, expuso la dogmatización en la que cayeron hasta los proletarios con respecto al trabajo:

“Y también el proletariado, la gran clase de los productores de todos los países, la clase que, emancipándose, emancipará a la humanidad del trabajo servil y hará del animal humano un ser libre; también el proletariado, traicionando sus instintitos e ignorando su misión histórica, se ha dejado pervertir por el dogma del trabajo”.