Sin que la autora se lo propusiera, realizó una guía por el mundo literario construido por Juan Rulfo, un viaje corto y varios meses de lectura resultaron en esta crónica-ensayo (versión extendida) que escribió por el gusto de hacerlo y ahora tiene la oportunidad de compartir. En las siguientes semanas estaremos publicando estos sorbos donde reúne piezas que nos acercan a este misterioso autor y el fantasmal laberinto sin muros llamado Comala, así como a los personajes que habitan en su llano jalisciense.

Texto por Natalia Rivera Lugo

Vine a San Gabriel porque me dijeron que acá vivió un tal Juan Rulfo. Sí, aquél autor que inmortalizó el sur de Jalisco en su libro El Llano en llamas, el genio detrás de una de las novelas más influyentes en lengua española del siglo pasado, Pedro Páramo.

Un amigo me contó que no muy lejos de Guadalajara estaba el pueblo donde vivió Juan, un mes después fui a Jalisco. Ya antes me había interesado en San Gabriel, mi abuela paterna lo mencionó alguna vez, quesque de allí venía su familia, que migró a la capital tapatía en plena época de la guerra cristera.

Entonces decidí aventurarme, en un corto viaje por la “Ruta Juan Rulfo”, temporalmente desempleada, me propuse leer todo lo que encontrará sobre este enigmático autor, tan celebrado en tantos idiomas. Pensando en que algo valiosísimo extraería de una lectura atenta de su obra y de conocer con mis ojos los sitios donde habitó.

Muchos estudiosos refieren que el mundo literario que Rulfo creó en sus libros tiene sus raíces en San Gabriel. En alguna entrevista declaró: “El paisaje que corresponde a lo que yo escribo es la tierra de mi infancia. Éste es el paisaje que yo recuerdo. Es la atmósfera de ese pueblo en que viví lo que me ha dado el ambiente. Ubicado en ese lugar, me siento familiarizado con personajes que no existieron, o que quizá sí”.

Aunque en repetidas ocasiones negó que existieran referencias autobiográficas en su obra. Es en esta aseveración que se abre la posibilidad de trazar algunas conexiones entre los lugares y los espacios descritos en su obra.

En el plan de conocer todo sobre el mundo rulfiano, el primer lunes de agosto de 2016 me levanté para salir directo a la vieja central camionera de Guadalajara, donde averiguaría cuáles son las salidas a San Gabriel.

Mapa de la ruta que une Sayula, San Gabriel (antes Venustiano Carranza) y Tuxcacuesco. Fuente página del gobierno de Jalisco.

Para no desairar mi aventura, ya antes me había puesto en contacto con la oficina cultural del Ayuntamiento, en donde me refirieron con el profesor José de Jesús Guzmán, que amablemente, aceptó darme la “Ruta de los murmullos” fuera de horario y sin un grupo.

En Guadalajara solo existe una vía para tomar en transporte colectivo  la ruta Juan Rulfo, la línea Sur de Jalisco toma la carretera a Colima en una ruta que pasa por Atoyac, Sayula, San Gabriel y Tonaya. El viaje duró casi tres horas saliendo de la estación de Tlaquepaque.

Cartografía literaria

En el camino, me encontré buscando los famosos paisajes de desolación que pueblan el mundo de El Llano en llamas, solo hallé lo primero que me impresionó del paisaje jalisciense; las interminables colinas verdes.

Rulfo ya nos advertía en una entrevista con Joaquín Soler Serrano en 1977: “Cualquier persona que intentará encontrar esos paisajes, ese origen a las descripciones no las encontrará.”

Y quizá debamos tomar en serio esta sentencia del autor sobre los paisajes literarios, puesto que no parecen corresponder a un sitio particular de los bajos de Jalisco. Las imágenes de la ruta que lleva su nombre comprende la laguna de Atotonilco, seguido de una larga hilera de colinas donde aguardan enormes nubes que se precipitan sobre la tierra.

Casas abandonadas en lo alto de las colinas, cercadas por ramas de árboles y alambres de púas. Abundan halcones, garzas, incluso los paisajes de rancherías con caballos, vacas y cabras.

Nada de llanuras grises o polvaredas, lo que sí percibí tanto en su tierra como en su literatura fue un ambiente de desamparo indecible. El viento suave y cálido colma el ambiente de un peculiar rumor que pasea entre la vegetación de estos pueblos.

Hay que denotar, que ésta atmósfera es recogida de alguna manera en la obra epistolar Aire de las colinas, publicada por primera vez en 2000, con la que dieron a conocer las cartas que Juan escribió a su esposa Clara Aparicio durante seis años, a quien apodaba “montoncito de nubes”, haciendo a menudo referencias a la naturaleza como esta: “Desde que te conozco hay un eco en cada rama que repite tu nombre.”

Asimismo El llano en llamas cuenta la historia de esta zona de Jalisco, en los relatos son evidentes las alusiones históricas, el terremoto en 1576 que destruyó Amula forzó la migración de varios pueblos, en “Después del derrumbe” la fundación legendaria de San Gabriel por voluntad divina expresada a través del Señor de la Misericordia de Amula. La religiosidad de los habitantes en San Pedro de Amula, la leemos en “Anacleto Morones”. Rulfo hizo cartografía literaria como Joyce.

Realismo Mágico a la tapatía

Las leyendas relacionadas con ánimas en esta zona de Jalisco son comunes, el mejor ejemplo es la ánima de Sayula, municipio donde se registró oficialmente el nacimiento de Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, el 16 de mayo de 1917.

Pasando por Sayula me desconcertó ver una estatua de lo que parece un muerto entregando unas bolsas a un hombre de aspecto suplicante, esto me sucedió al tener frescas las impresiones de aquellos muertos que rondan la novela Pedro Páramo.

Este monumento que está en una glorieta de Sayula frente a las oficinas del PRI, alude a los populares versos de Teófilo Pedroza que volaron por las manos de miles de lectores desde 1871. Esta historia que tuvo su origen en una broma local, cuenta como Don Apolonio Aguilar por hambre y falta de dinero, aconsejado por su compadre José Arreola busca a un ánima que se aparece en los panteones, solo que tendrá que darle “las nalgas” para que éste le guiara donde está el dinero.

A pesar de la polémica que se desencadenó por esta historia en un inicio, al parecer actualmente los sayulenses han aprovechado esta historia como un imán para atraer turismo. Acá se encuentra el Centro Cultural Juan Rulfo. Sin embargo no pude quedarme más de algunos minutos que no me dieron para conocer el recinto o la ciudad, lo cual lamenté porque como buena voyeurista, vi mucha gente bonita la cual podría haber conocido. Cabe mencionar la ruta a San Gabriel parte una vez al día pasando por Sayula y llegando a Tonaya. Dicho sea de paso, acá también venden las cajetas más deliciosas de Jalisco.

San Gabriel

Al llegar a San Gabriel, justo al medio día, me recibió un viento caluroso en una plaza llena de vida,  contrastaba en mi cabeza con el pueblo que Rulfo le describió a Silvia Lemus; “San Gabriel debe ser un pueblo muerto, están abandonados esos pueblos. Se han ido de braceros, todo está erosionado. No hay de qué vivir.”

Encontré que el centro tradicional de la arquitectura colonial con el parque, el kiosco y la iglesia “Sangre de Cristo” sigue siendo el punto de la vida social y comercial.

Muchos hombres usaban sombrero de paja, cuando me senté en alguna banca, unas mujeres mayores me miraron con extrañeza, bajando considerablemente el volumen de la plática.

Plaza principal de San Gabriel. Foto de Natalia Rivera.

Sin embargo, pronto una señora preguntó en la plaza qué camión va para Tonaya, le señalé que se estaba yendo, unas mujeres gritaron “¡córrele, córrele!”, mientras ella tomó sus bolsas, alcanzó el camión. Me sorprendió el cantadito con el que hablaban, asemejando a como había imaginado a los personajes de El llano en llamas.

Con menos de cinco mil habitantes, San Gabriel -sí señores- también tiene sus propios embotellamientos, me llamó la atención la cantidad de cuatrimotos, bicicletas y pick ups de los que resuena música de banda, justo como en el norte de mis extrañas nostalgias.

Ahí es donde el guía de la “Ruta de los murmullos”, el cronista de San Gabriel, José de Jesús Guzmán me esperaba en un coche rojo del ayuntamiento. Antes que nada, me preguntó por mis antecedentes periodísticos, que hasta ese momento se reducían a par de notas culturales en La Jornada y algo de experiencia reporteril en Baja California.

A escasos metros de la monumental iglesia, se encuentra la que fuera casa de Juan Rulfo de 1919 a 1927, actualmente cerrada al público. José de Jesús Guzmán asegura que Eva Rulfo la vendió en la década de los cincuenta a una familia quienes fallecieron hace unos tres años y los herederos que viven en Estados Unidos al parecer no han mostrado interés en rescatar la propiedad.

Casa donde Juan Rulfo vivió sus primeros años en San Gabriel. Foto de Natalia Rivera.

Me tuve que quedar con las ganas de entrar a la que fuera su casa de la infancia. No faltaron los paseantes que tomaron una fotografía a la placa y la fachada que se conservan en buen estado.

En el libro Padre y memoria del escritor Federico Campbell, uno de los especialistas en las materias rulfianas, describe un viaje que hizo junto al periodista Felipe Cobián, donde la describe: “una casa solariega con ancha entrada para carretas y los caballos y un establo al fondo. El nevado de Colima triunfaba más allá a lo dejos y entendí en un santiamén la tentación del alpinismo o, al menos de la caminata.”

La calle Hidalgo que vio crecer a Juan Rulfo es uno de los escenarios donde convergían las relaciones familiares con el cura Irineo Monroy, censor eclesiástico que confío su biblioteca y colección de libros incautados a los Rulfo. Irónicamente dichos libros prohibidos fueron para Juan sus primeros adentramientos en la lectura.

Sobre este acontecimiento que coincidió con la violencia entre cristeros y federales evocaba la siguiente imagen de aquellos tiempos: “En su biblioteca había muchos más libros profanos que religiosos, los mismos que yo me senté a leer, las novelas de Alejandro Dumas, las de Víctor Hugo, Dick Turpin, Buffalo Bill, Sitting Bull. Todo eso leí yo a los diez años, me pasaba todo el tiempo leyendo, no podías salir a la calle porque te podía tocar un balazo.”

Según me contó José de Jesús Guzmán al final de esta calle, existió una casa de huéspedes ahora convertida en una tienda de artesanías la cual es un tanto parecida a la descrita en Pedro Páramo, con pasillos de puertas llenas de tiliches donde Doña Eduviges recibe a Juan Preciado a su llegada a Comala.

Iglesia estilo barroco de San Gabriel Arcángel Zaraza. Foto de Natalia Rivera.

Lo que sí pude conocer fue la primera escuela donde Rulfo estudió con las monjas josefinas de San Gabriel, la cual se encuentra a un costado del santuario de la Virgen de Guadalupe. Allí cursó dos años de educación primaria interrumpidos por los conflictos derivados por la guerra cristera.

En los tiempos más álgidos de este conflicto por ahí de 1926-1928 la población de tres mil san gabrielenses se redujo a la mitad. Las campanadas daban las horas y las noticias. Sobre todo las de los muertos, es en este contexto en que el pequeño Juan vive sus primeros años.

A los seis años Juan pierde a su padre, un dos de junio de 1923, le dan el cuerpo a su hermano mayor de tan solo diez. Severiano lo llevó hasta su casa en San Gabriel. Esta impresión quedaría indeleble en su memoria para siempre.

Panóramica del santuario de la Virgen de Guadalupe en San Gabriel construido durante la guerra cristera, sitio donde Juan Rulfo cursó un par de años de la escuela primaria. Foto Natalia Rivera

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