Por Jonás

Triunfó la pantalla, no sólo porque los medios sean decisivos elementos de las democracias modernas, sino porque la ilusión de la contención, la ilusión de la estabilidad imperará tras el triunfo de Emmanuel Macron como futuro presidente de Francia, tras la aplastante derrota de Marine Le Pen, que en el último año llenó las noticias de editorialismos contra su discurso de extrema derecha.

Macron se alza como figura de conciliación frente a los discursos radicales de Le Pen, a la derecha, y Mélenchon, en la izquierda. Es cierto que este último no representaba gran opción para el grueso de los votantes, pero como Hillary Clinton, la figura del ahora virtual presidente se alza como la figura que permitirá la permanencia de un sistema que se dice ordenado.

Macron representa lo que en este momento se dice estabilizar la injusticia social. Lo que en su momento representó Barack Obama, o lo que es el gobierno de Justin Trudeau.

Esta gama de gobiernos o proyectos de gobierno posmoderno no son sino el grito doliente de lo que en EE.UU. llaman el establishment, son la representación de que hace falta utilizar figuras que simulen la quietud de un sistema que otorga bienestar.

De cara al fracaso de las posturas neoliberales que aceptaban la crisis como constitutiva de las sociedades, esta representación posmoderna de los gobiernos capitalistas es la muestra de que hay una fuerte necesidad de retornar a los valores fundamentales del keynesianismo, es decir, la ilusión de un orden o estructura regulada por las funciones que todos debemos cumplir y que encuentran un sustento teórico en planteamiento como el estructural-funcionalismo de Talcott Parsons.

El triunfo de Trump y el ahora truncado ascenso de Le Pen, hubieran sido la muestra perfecta de que el sistema capitalista se alimenta de contradicciones inevitables que deben ser atacadas desde otros frentes que no pueden ser las instituciones hoy hegemónicas. Ya lo señalaron Theodor Adorno y Max Horkheimer en la primera mitad del siglo pasado al hablar de la Dialéctica de la Ilustración y los gobiernos fascistas como un desarrollo natural de la fuerza destructiva del proceso civilizatorio moderno.

Un discurso contrario, que se muestra como estabilizador, crea la ilusión de que todo está bien, como al llenar un vaso que en cualquier momento dejará caer una gota que lo derrame. Por eso expresiones, a la luz irracionales, a favor de los gobiernos de derecha por parte de algunas figuras como Slavoj Žižek, apoyando el triunfo de Trump, le dan solidez a la tesis de que hace falta llevar al límite a esta sociedad para que tal acontecimiento logre el momento constitutivo de la fuerza contradictoria.

Es cierto que seguimos hablando desde cierto utopismo pseudo revolucionario, y quizá trasnochado, pero la experiencia de un Estado de Bienestar, desde los gobiernos del alemán Otto von Bismark, dan muestra de que tales ilusiones no calman las voraces aguas del capitalismo sino que se concentran y caen con mayor fuerza a través de las crisis económicas, como la de 2008.

Como dice John Holloway a través de un interesante libro, el keynesianismo fue una peligrosa ilusión, pues sentó las nuevas bases de lo que hoy creemos como motor de cambio y progreso. Al agrupar a los sindicatos para corporativizarlos a través de su negociación con un Estado fuerte, creando una gruesa burocracia, necesaria para la generación de empleos tras el crack del 29, este modelo económico generó la idea de que la estabilidad estaba por fin realizada para el vivir bien.

Con el apoyo de una naciente industria publicitaria que gozó de gran prestigio durante estos años, el keynesianismo se configuró como el bienestar social que se podía obtener a través de métodos simuladamente pacíficos, con Estados fuertes, propiedad privada y gremios sindicales haciendo parte de las negociaciones. En oposición a lo que fue la Revolución de octubre de 1917 y que representaba la posibilidad de una sociedad no capitalista.

Como respuesta a la necesidad por buscar, no nuevos modelos, sino un sistema económico, cultural y político distinto al que hoy nos tiene atrapados en una caja de cristal de simulada paz, se han configurado nuevas fuerzas que crean la idea de que sólo esta es la única posibilidad de vida…la contradicción hecha filosofía: la alternativa de la no alternativa.

Por eso gobiernos pantalla o de gran simulación deben llamar nuestra atención, pues el discurso no dista de ser el mismo que durante años ha gobernado a los distintos países, con la excepción de que hoy representa, no lo menos peor, sino la única vía posible para atacar a los supuestamente extraños proyectos de extrema derecha que se alzan por todo el mundo con una pretendida bandera social o de agrupación de un difuso concepto del que luego hablaremos y que es el «pueblo».