Una parada indispensable en el mapa literario es ahondar en la vida del autor, caminar entre los claroscuros de su Comala e intentar conocerle. Facetas de su obra, facetas de lo que podemos llamar su persona, de su historia, de su silencio, de sus obsesiones. El deseo de la autora en esta ocasión, es guiar a los lectores por su mundo literario, con algunos consejos para leerlo sin perecer en el intento.

Por Natalia Rivera Lugo

“Vivía en la fantasía y, como a Pirandello, la fantasía lo habitaba. Nació escritor. Siempre estaba escribiendo. Escribía hasta cuando callaba”.

Federico Campbell

Ya sea que se piense en Juan Rulfo como el aficionado, el autor nato, el fotógrafo, el vendedor de neumáticos, el editor de materiales etnográficos, el agente de migración, el alpinista, el recaudador de rentas, el intimista. La obra que legó comprende un universo visual y textual.

Su amigo el director de cine Emilio “El indio” Fernández llegó a decir que Juan “era un alma de México que temblaba como mariposa en las flores”.

Uno de los sueños infantiles que Rulfo conservaba en su memoria era éste: “Yo soñaba que tenía un venado entre mis brazos. Un venado dormido, pequeño como un pájaro sin alas; tibio como un corazón quieto y palpitante, pero adormecido.”

En ese espejo profundo que es el sueño; vemos claramente en este recuerdo como desde niño ya intuía el lenguaje onírico y lo que representaba.

El rasgo más común por quienes le conocieron era su timidez, su defensiva reticencia a hablar sobre sí mismo, al mismo tiempo contenía una faceta menos reconocida, un particular sentido del humor.

Para muestra de esto se divertía confundiendo datos como sitio de nacimiento o contestando mentiras a sus inquisidores. En una conferencia en la Universidad Central de Venezuela, aseguró que su tío Celerino se le había muerto y él era quien le contaba las historias, por ello había dejado de escribir.

En una de las entrevistas más épicas de Juan Rulfo, que se pueden encontrar en YouTube, es la que le hacen al recibir el premio Príncipe de Asturias. El cual recogió usando con unas enormes gafas de sol rosas. Televisión Española transmitió su encuentro con Mercedes Milá, una entrevistadora catalana que en seco lo encaró: “¿Cuántas novelas ha destruido usted?”, él responde casi entre dientes mostrando la tensión usual ante los cuestionamientos que ya eran lugar común en sus entrevistas: “¿Por qué usted ya no escribe?”

Waldemar Verdugo, editor de Vogue México en la década de los setentas, escribió una semblanza y entrevista titulada “Juan Rulfo, el tiempo detenido” que da testimonio de su labor en el Instituto Nacional Indigenista y su amistad con María Luisa Bombal, en la cual menciona las respuestas automáticas a la pregunta:

“—No escribo más porque prefiero andar de vago. —Porque no quiero. Por eso.
—Porque un escritor es un hombre como cualquier otro. Cuando cree que tiene algo que decir, lo dice. Si puede, lo escribe. Yo tenía algo que decir y lo dije; ahora no creo tener más que decir, entonces, sencillamente, no escribo.
—Porque se me fueron las ganas.
—La verdad es que me ha dado flojera.
—Se me secó el manantial.
—¿Cómo que no he escrito más? Si me tiene usted paciencia, ¡ahorita le leo mi nueva novela!”

Este curioso sentido del humor lo encuentro en algunas partes de su mundo literario. Un ejemplo que engloba este recurso lo tomo de su cuento “Luvina”:

“Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo… Solos, en aquella soledad de Luvina.

“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará.’

“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.

“-¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?

“Les dije que sí.

“-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno.

“Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.

No por nada, su primer cuento se titula “La vida no es muy seria en sus cosas”.  Incluso en la entrevista con Mercedes Milá, tras ser cuestionado por su depresión, el revira “me interesa muchísimo el humorismo”.

Por sus declaraciones, Rulfo era a pesar suyo, uno de los favoritos de entrevistadores profesionales. No importaba los eventos en los que se encontraba, o que trabajara en el gobierno. En la víspera de un homenaje en Bellas Artes en el año de 1981 dijo a la revista Proceso “La literatura no me deja suficiente para vivir”.

Pero fue la literatura la que llevó a Rulfo a relacionarse con no pocos escritores. Uno de los autores con los que sostuvo correspondencia fue además del uruguayo Juan Carlos Onetti (uno de sus autores esenciales), el peruano Juan Carlos Arguedas, con quien compartían varias similitudes, el interés por las culturas prehispánicas, la obsesión por la historia y su separación con los paradigmas literarios de sus países.

Juan Carlos Onetti y Juan Rulfo.

Juan Carlos Arguedas recordaba con evidente emoción a su amigo mexicano: “¡Qué débil es la palabra cuando el ánimo anda mal! Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de todos nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. (…) ¿Quién ha cargado a la palabra como tú, Juan, de todo el peso de padeceres, de conciencias, de santa lujuria, de hombría, de todo lo que en la criatura humana hay de ceniza, de piedra, de agua, de pudridez violenta para parir y cantar, cómo tú? En ese hotel, más muerto que vivo, el Guadalajara Hilton, nos alojaron juntos, ¿de pura casualidad? Me contaste algo de cómo fue tu vida. Te despidieron y volvieron a nombrar algo así como 20 veces en los ministerios de la Revolución Mexicana. Trabajaste en una fábrica de llantas. Dejaste el puesto porque te quisieron enviar a las oficinas de otro país. Mientras hablabas en tu cama, fumabas mucho. Me hablaste muy mal de Juárez. No debí sorprenderme de la heterodoxia con que ordenabas las causas y efectos de la historia mexicana, de cómo parecía que conocías a fondo, tanto o mejor que tu propia vida, esa historia. Y me hiciste reír describiendo al viejo Juárez como a un sujeto algo nefasto y con facha de mamarracho. Me acordé de la primera vez que te conocí en Berlín, de cómo te llevé del brazo al ómnibus, con cuánta felicidad (…) Tú fumabas y hablabas, yo te oía. Y me sentí pleno, contentísimo de que habláramos los dos como iguales…”

La revelada aversión por Benito Juárez la podemos trazar en su cuento “El día del derrumbe”, en el que un par de amigos de Tuxcacuesco intentan recordar cuando una comitiva de políticos visitó aquél pueblo: “Habló de Juárez que nosotros teníamos levantado en la plaza y hasta entonces supimos que era la estatua de Juárez, pues nunca nadie nos había podido decir  quién era el individuo encaramado en el monumento aquél. Siempre creímos que podía ser Hidalgo o Morelos o Venustiano Carranza, porque en cada aniversario de cualquiera de ellos, allí les hacíamos su función.”

El mito del silencio rulfiano

El mito creado alrededor del autor de Pedro Páramo y El llano en llamas, incita a los lectores y curiosos insaciables, a seguir las pistas de quien lo escribió.

Así le sucedió a la escritora argentina Reina Roffé quien le dedicó tres libros a la minuciosa tarea de analizar obra y personalidad de Juan Rulfo. En entrevista remarcó: “Una de las cosas que más me atrajeron como materia de investigación fue la cuestión de la mentira en Rulfo. Me resultó muy interesante observar cómo fue urdiendo fragmentos de su vida a través de una serie de embustes. Mintió en casi todo, incluso en asuntos que no tenían mayor importancia: cambió su fecha y lugar de nacimiento varias veces, maquilló su infancia, contó historias distintas sobre cómo había ocurrido el asesinato de su padre, mintió sobre los estudios que había cursado, ocultó hasta el final, cuando ya no era necesario hacerlo, que había sido seminarista. Juró y perjuró que estaba escribiendo libros que, finalmente, nunca publicó, y de los que apenas se encontraron un par de páginas, algún fragmento, nada significativo(…) Me di cuenta de que a veces uno no está a la altura de sus deseos o expectativas, y Rulfo era una persona que deseaba demasiado, que pedía mucho de sí mismo. En Rulfo había que leer, digamos, la ‘mexicanidad’ y sus múltiples trabas: la imposibilidad de decir no, no sé; su aspecto insondable, que se cubría de elementos imaginarios, incluso melodramáticos o de humor, a veces agudo y otras francamente ácido, para desdibujar o endulcorar cierta verdad que no podía nombrar.”

La influencia de la obra de Rulfo es innegable en las letras latinoamericanas, la leemos en Cien años de soledad de García Márquez, en Pretexta de Federico Campbell. Incluso en autores estadunidenses, Sam Shepard usa varios epígrafes en sus cuentos y la ensayista Susan Sontag se inspiró en parte en el proverbial silencio de Rulfo para escribir su ensayo Estilos radicales. Estética del silencio.

Sontag nos ayuda a comprender ésta enigmática actitud de Rulfo: “El silencio es último gesto del artista: a través del silencio se libera de la esclavitud que lo ata al mundo y que toma la forma de patrón, cliente, consumidor, árbitro y distorsionador de su obra.”

Cuando a Rulfo se le preguntó: ¿Por qué escribir? Sostenía que escribía por afición, en este aspecto Heriberto Yépez le llama “genio por afición”.

Parecía que la motivación para crear residía en la necesidad de dejar constancia de sus visiones, del hablar de las gentes de San Gabriel, Tuxcacuesco, Sayula, de las imágenes que fotografiaba en sus viajes en coche por México.

Los testimonios de otros quienes le conocieron de cerca, son hoy un tesoro para quienes pretendemos entenderle y recrearle en nuestra imaginación.

Eduardo Galeano tras la muerte del autor de Pedro Páramo en enero de 1986, nos regaló este retrato literario:

“Juan Rulfo es un niño rodeado de fantasmas que le pertenecen. Aquí no hay nada viviente. Los que parecen vivos, son muertos que disimulan. No hay más voces q los aullidos de los coyotes, ni más aire que el viento negro que sube, en tremolina, desde el fondo del barranco donde mataron al padre. Juan no tiene más de diez años, pero sabe que las ánimas seguirán penando, pobres vagabundas de estos llanos de Jalisco, hasta que el silencio encuentre la palabra que busca”.

Federico Campbell y Juan Rulfo. Foto de federicocampbell.blogspot.mx

Resulta fácil imaginarnos esa imagen, sus ojos de niño captando aquellos sucesos en silencio. Por otro lado Federico Campbell nos habla de un rasgo interesante: “Contaba cosas terribles, a veces, con una naturalidad pasmosa. Ésa era su insinuación: el tono, su manera de transitar de un plano a otro y mantenerse en varios registros narrativos, desde lo más cotidiano a lo más extraño, propiciando un embrujo con el interlocutor”.

Me parece desconcertante esta especie de insistente delirio en preguntar en reuniones con otros autores, “Si ¿ya sabían que en tal sitio o cual estaban desenterrando cádaveres?”.

Y es que esto ocurrió antes, en Coahuila desapareció Allende, un pueblo masacrado por Los Zetas en 2011. Un pueblo desaparecido.  Justo como la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo.

La propuesta rulfiana nos pone un espejo común. En su literaratura desentierra algunas situaciones que aún son moneda corriente en México: el abandono de poblaciones, la violencia sin sentido, la migración causada por la miseria, el despilfarro de los políticos, el fanatismo religioso.

Edición norteamericana de Pedro Páramo.

Cómo aprendí a leer a Rulfo sin perecer en el intento

Para adentrarme en la atmósfera y las situaciones, empleaba la siguiente estrategia: escuchaba las narraciones en voz alta del autor que se pueden encontrar en Internet, mientras al mismo tiempo iba siguiendo la lectura con mi copia de El Llano en llamas.

Unir estas experiencias, leer y escuchar, permite captar el hilo de las narraciones. Incluso al escuchar las narraciones de Rulfo en voz alta, nos podemos dar cuenta de los tonos, las modulaciones en la voz y los acentos con los que da vida a sus cuentos.

Hay ciertas características en sus historias, que son complicadas de captar en las primeras lecturas.  Sutilezas dichas por personajes, donde se esconden claves de la trama. El tiempo escindido. Las evocaciones y el marco donde se asienta la acción. La atmósfera que rodea conjura con palabras un hechizo que no abandona al lector al cerrar sus libros.

Retorno al origen familiar

Juan Carlos Rulfo, hijo de Juan Rulfo dirigió un documental en 1994 titulado El abuelo Cheno y otras historias, en el que se indagan las razones por las cuales su abuelo paterno fue asesinado en la hacienda familiar de Apulco en Tuxcacuesco.

Como el personaje Juan Preciado, Juan Carlos obedece a un mandato materno al morir su padre en enero de 1986. Su madre, Clara Aparicio le pide a su hijo que vaya al sur de Jalisco, ver a esas personas que conocieron a su padre y su familia, ya que el recuerdo que tenían de él, moriría con ellos.

En una entrevista con el canal once, el documentalista habló de este viaje que resultó en su ópera prima: “Conocí a un señor que se llama Jesús Ramírez, alias ‘El motilon’ que era un viejo de 80 años. Le empiezo a preguntar sobre mis abuelos, más allá de lo que me cuenta, es cómo empieza a contar las cosas, es un personaje que finalmente me mostró que había algo muy particular en el carácter de las gentes, descubro lo que es un personaje, lo que es observar, lo que es escuchar, encontré que allí hay cinemática.”

Un uso distinto de la memoria. Los testimonios que logró recopilar Juan Carlos, hablan de varias ideas y elementos que se encuentran presentes en la obra de Juan Rulfo. Como ejemplo, en este material recuerdan que el padre de Juan Rulfo solía repetir: “En mi pueblo la vida tiene la misma medida que la muerte, solo la tierra nos coloca por encima de todos y la creencia en Dios, no se te olvide esto, no se te olvide que Dios perdona todos nuestros pecados.”

La mirada de Juan Rulfo indudablemente configuró la forma de ver el llano, el paisaje jalisciense. A un autor con las características de Rulfo sólo queda leerle para conocerle.

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