Por Natalia Flores Garrido

@hildegarda_

El 3 de mayo del presente año el cadáver de Lesvy Berlin Osorio, joven de 22 años de edad, fue encontrado en la Facultad de Ingeniería, dentro de Ciudad Universitaria. El caso ha sido especialmente conmovedor no sólo por la manera en que Lesvy fue asesinada, sino también por la decisión del feminicida de exponer su cuerpo muerto: amarrarlo a una caseta telefónica y dejarlo ahí, en ese espacio emblemático, como símbolo o bandera.

Leí la noticia en Sudáfrica, país en el que vivo desde hace varios meses, y no pude sino sentirme invadida por la tristeza, la desesperación y la rabia. El asesinato de Lesvy sería más que suficiente para activar estas emociones pero, además de eso, la noticia llegó en medio de una conmoción social parecida de este lado del mundo: apenas unos días antes, el 29 de abril, se encontró muerta en un terreno de Johanesburgo a Karabo Mokoena quien, como coincidencia macabra, también tenía 22 años. El asesino no sólo terminó con la vida de la joven, sino que además arrojó ácido sobre su cadáver y, una vez que su rostro fue desfigurado, abandonó el cuerpo desnudo en un baldío.

En el caso de Karabo, pocos días después su novio confesó ser el responsable. Habían estado en un bar, tomaron algunas copas, fueron a su casa, tuvieron una discusión, y después nada: sólo los registros de la cámara de seguridad viéndolo salir con una sudadera oscura, y meter una bolsa de plástico en la cajuela de su coche. En el caso de Lesvy aún no hay certezas sobre el asesino. Algunas investigaciones apuntan a su pareja sentimental, con quien también ese día había tenido una pelea.

Ya sé que desde hace muchos años hemos dejado de hablar de categorías universales, y que ahora insistimos en que cada cosa debe entenderse con todas las complejidades del contexto en el que ocurre. Ya sé que decir que el patriarcado es universal parece más un eslogan amarillista que una frase que nos ayude a comprender esta trágica coincidencia. Y, sin embargo, esto: no puedo dejar de sentirme abrumada por las similitudes entre ambos feminicidios, o por lo parecido que resulta la manera en la que mis compañeras y yo aceleramos el paso cuando es de noche y hay un varón caminando detrás de nosotras, en México o aquí.

De estos dos casos me duele también la saña con que los asesinos se deshicieron de los cuerpos de Lesvy y Karabo. La teatralidad puesta en escena, el performance mediante el que los feminicidas no sólo mataron a un par de jóvenes, sino que también enviaron un mensaje a las mujeres y a la sociedad en general: que nuestras vidas son desechables. Que nos matan porque pueden. Me he partido la cabeza esta semana tratando de imaginar de dónde viene tanto odio, qué mueve a estas personas a matar de esta manera a quienes confiaban e incluso tenían relaciones afectivas con ellos.

No soy la única que ha pensado en esto. A pocas horas de saberse que el asesino de Karabo Mokoena fue su entonces novio, Sindile Mantsoe, las redes sociales de Sudáfrica se inundaron con el hashtag #MenAreTrash: los hombres son basura. Como una forma de catarsis colectiva, miles de mujeres (y algunos menos hombres) empezaron a usar el hashtag, primero refiriéndose al feminicidio de Mokoena y después, poco a poco, transformándolo en una dinámica de testimonios colectivos. Así nos enteramos de exnovios golpeadores, padres que no pagan la pensión de sus hijos, tíos violadores de sus sobrinas de 7 años, novios infieles, profesores acosadores, hermanos chantajistas, etc. Twitter y Facebook fueron durante esos días el escenario en el que muchas mujeres compartieron casos de abuso y violencia perpetrada por varones, porque #MenAreTrash.

Por supuesto, el hashtag levantó también muchísima polémica[1]. Algunos hombres y otras tantas mujeres se sintieron ofendidos por la generalización de la frase, y empezaron a enfatizar la existencia de hombres buenos, hombres honorables, hombres que no golpean, hermanos amorosos, padres consentidores, profesores ejemplares, etc. Lo que estas personas pasan por alto es que, como dijo la activista y escritora Vhahangwele Nemakonde, el hashtag no es una afirmación, es un movimiento, y esto es algo indispensable para entender la semiótica de las redes sociales. No creo que las sudafricanas estuvieran expresando su deseo de vivir en una isla de mujeres. Por el contrario, me parece que con #MenAreTrash lo que se busca señalar es no sólo la violencia de género que ocurre en este país, sino también de dónde surge ésta. Y no es coincidencia que, en la mayoría de los caos, los perpetradores sean varones. El asesinato de Karabo Mokoena no sucedió en el vacío y no es un hecho aislado: a Karabo la mató su novio, un hombre joven que, al igual que otros antes que él[2], pensó que tenía el derecho de acabar con la vida de su pareja en un arranque de ira.

Aun no comprendo del todo a la sociedad sudafricana pero me atrevo a aventurar la hipótesis de que, por su propio contexto de segregación racial en la lucha por la democracia, la sociedad aquí ha aprendido a encontrar responsables concretos de la situación de una persona o grupo. Los responsables del apartheid fueron afrikaaners, y los responsables de los feminicidios son varones. No es (sólo) la cultura sexista, no es (sólo) la ineficacia de las instituciones de justicia, no es (sólo) la falta de compromiso gubernamental para acabar con la violencia hacia las mujeres. Es, por supuesto, todo eso, pero es todo eso cristalizado en un grupo específico que, debido a este sistema, tiene privilegios que le permiten, entre otras cosas, matar mujeres.

Es cierto, no todos son feminicidas. Pero, otra vez, el hashtag #MenAreTrash como movimiento buscó involucrar a los propios varones en esta discusión. “Un hombre me pegó y casi me manda al hospital”, “Mi tío abusaba de mí desde que tenía 7 años”, “Mi exnovio me amenazó con matarme si lo dejaba”. Ante todos estos hechos cometidos por varones, ¿cuál sería su reacción como integrante del colectivo hombres? Además del “yo no hago esas cosas, yo soy diferente”, me gustaría pensar que también algunos hombres fueron capaces de ir más allá y preguntarse por las formas en que su socialización como varones no puede disociarse de la violencia. Es decir, no a menos que ellos mismos propicien esta disociación.

Como un eco inesperado, a los pocos días de la polémica #MenAreTrash, en México inició el movimiento #SiMeMatan, también como una respuesta al feminicidio de Lesvy Osorio y, sobre todo, a la información que la PGJDF expresó en twitter pocas horas después de que su cuerpo fuera encontrado. La PGJDF afirmó, entre otras cosas, que Lesvy no era estudiante de la UNAM, que debía materias en el CCH y que había estado consumiendo alcohol la noche de su muerte.

Si las activistas sudafricanas se enfocaron en señalar a los culpables, las mexicanas decidieron de manera paralela dignificar a las víctimas. No importa lo mucho que nuestras vidas sean discordantes con el ideal de una mujer honorable, ninguna de nosotras merece ser asesinada, ninguna de nosotras “se lo está buscando” y, además, en el contexto de nuestro país, ningún manual de buena conducta sería capaz de asegurarnos que no nos van a matar. De esta forma, el #SiMeMatan se convirtió no sólo en una reivindicación de la vida de Lesvy, sino también en un grito desafiante ante las normas de género. Muchas mujeres compartieron en Twitter o Facebook lo que se podría decir de ellas para señalarlas culpables de su propia muerte: “estoy gorda”, “salgo de noche”, “me encanta tener sexo”, “no trabajo”, “soy lesbiana”, “no tengo hijos”, “camino a casa sola”, “a veces acepto tragos de desconocidos”, “he cogido con tipos que no sé ni cómo se llaman”, etc. Hicimos públicas nuestras deshonorabilidades porque creemos que tenemos el derecho de hacer lo que mejor nos parezca, y que eso no implica que nuestras vidas valgan menos.

La violencia contra las mujeres no son sólo actos. No es sólo una muerte, o una violación, o un golpe. Todas esas prácticas forman parte de un lenguaje que, como tal, tiene estructuras, reglas, sintaxis, vocabularios y diccionarios. Es en este lenguaje donde se disputa el valor de la vida de las mujeres, y el que a través de las manifestaciones de violencia escribe sobre todas nosotras un discurso de miedo, anota sobre nuestros cuerpos un mensaje de vulnerabilidad que nos recuerda todos los días lo precario de nuestras vidas. Los discursos públicos que se han configurado con #MenAreTrash y #SiMeMatan pueden ser entendidos como narrativas que resisten el lenguaje de la violencia, que nos recuerdan que lo personal es político y que, por ello, es urgente una transformación colectiva que sea capaz de devolver a las mujeres su derecho a existir… en cualquier lugar del mundo.


[1] De hecho, Facebook ya lo considera discurso de odio y está prohibido en su plataforma.

[2] Algunos casos de feminicidios en Sudáfrica durante el 2017 están detallados en esta página: http://www.timeslive.co.za/sundaytimes/stnews/2017/05/14/Horrific-details-of-Karabo-Mokoenas-gruesome-murder-emerge