Por Carlos Dzul

No había nadie más en el café La Luna, sólo nosotros, Fer, Felipe y yo.

Yo pensaba que iba a ser una noche de café con leche y charla literaria y nada más. Dábamos un sorbo, otro sorbo, con gran discreción, mientras hablábamos de portadas de libros y peinados de escritores. Las greñas de Vonnegut, Hot Water Music…. Terminado el chocolate, no obstante, nos echamos a correr, por no pagar.

Afuera lloviznaba.

Fer, a media carrera, gritó: ¡viejass!

Yo respondí: yesss. A lo idiota, porque soy un idiota.

Felipe, que es licenciado, guardó un educado silencio.

Paramos de correr porque vimos a la ñora güera. Maquilladota y minifalda. Manuel se acercó a chacharearle: guar guar guar. Así platica él: guar guar guar y siempre no sé cómo le hacen caso (la pinche actitud, me imagino).

La ñora nos miró a Fer y a mí con algo de reserva (su vestido era corto, de lentejuelas), nos estudió bien, la canija, y al final decidió que no éramos del todo despreciables, que podíamos acompañarla un rato si queríamos. Ella estaba esperando a su novio; no llegaba, el perro.

¡Abrácenme, porfis, cualquiera de ustedes, porque está cabrón el frío!

Fer, ni tardo ni perezoso, la enrolló en sus brazos, le besó los hombros, le tanteó las nalgas y después le preguntó, con su voz de locutor, si de casualidad no tendría por allí un par de amigas para nosotros. La güera encendió un cigarro, hizo que lo pensaba y “vengan”, nos fue guiando a lo largo de lo que aquí en Perropodrido llaman la Zona Luz: tres calles repletas de tiendas.

Cruzamos toda esa horripilancia y llegamos a lo que llaman el Parque Central (una mamada de parque) donde saludamos a una morena con cuerpo y cara de sapo. Ah, pero su piel, cómo brillaba y qué bien olía.

Prostitutas, desde luego.

Un espectador perspicaz o por lo menos competente seguro lo habría notado bien desde el principio. Yo tardé un poco. Sólo me hice cargo cuando escuché que mis amigos discutían sobre precios y posturas. Entonces pensé lo que hubiera pensado un viejito: ¡vóitelas!

Cabe aclarar lo siguiente: no he cogido nunca, tengo 33 años.

Empezamos a buscar hotel.

Creo que esa noche todo el mundo estaba cogiendo: no había cuartos disponibles por ningún lado. Las dos putas iban al frente de la escolta, entrechocando sus antenas invisibles de putas; conocían todos los hoteles. Llegaban a las recepciones dando gritos y manotazos; con mucha seguridad en sí mismas le alegaban a los encargados (¡déjanos chambear, manito!), les murmuraban cosas en la oreja y taloneaban contra los mosaicos que daba miedo, pero nada. Fer, Felipe y yo escuchábamos nomás desde cierta distancia las embarulladas discusiones: chamba, morder, alivianar. Palabras dispersas. Policía, llovizna, temporada. Al fin, después de una eternidad (yo estaba por desafanarme, ¡lo hubiera hecho!) lograron que nos dieran un cuarto que tenía dos camas y una salita con tele.

Hotel Churrigaray. Coqueto, no tan apestoso, por el malecón.

Fernando y la guereja se apoderaron de una cama; yo, la morena-sapo y Felipe ocupamos la otra. Nadie encendió la luz, así que nos desnudamos a oscuras. La güera estaba envuelta quién sabe en cuántos calzones y a cada rato se escuchaban los elásticos plaz plaz y las risas de Fer. Felipe y yo fuimos desnudando al sapo lentamente, como si desenvolviéramos un (espantoso) regalo; en lo que yo le bajaba el cierre de la falda él hacía lo propio con la blusa; al sapo le causaba gracia todo eso. ¡Montoneros, montoneros! Toda su piel era tensa y caoba. Por más que le busqué no encontré ni una sola verruga. Era una piel que daban ganas de morder y la mordí, hasta que ella “no mallugues”, me regañó. Y cuando vio que ella sí estaba desnuda y nosotros no, se molestó de mentiritas: ¡a ver esos huevos!

Y le obedecimos.

Cayeron a los pies de la cama nuestros pantalones de mezclilla y nuestras trusas igual que dos pieles de víboras jóvenes. Mis huevos eran más grandes que los de mi amigo y más peludos pero el sapo prefirió chupárselos a él. En la otra cama, mientras tanto, Fer le daba de nalgadas a la güera.

Un rato estuvo la Sapa, mamando como un becerro, hasta que Felipe, siempre educado,  la levantó por una chiche, que en seguida le chupó. Yo para no estar fuera de la jugada, le chupé la otra. Entretanto ella paseaba sus manos por nuestros abdómenes entonces firmes y total total total que el pito no se me paraba. Por más que aquella vieja lo manipulara, no. ¿Habría que calificar este momento de ridículo, de triste? La Sapa dio señales de impaciencia (viraba los ojos, chasqueaba la lengua). Pero la verdad yo no tenía ninguna gana de perder mi castidad de aquella forma (de ninguna forma: yo quería esperar al matrimonio). ¿Te gustan mis nalgas?, todavía me pregunta y como no carezco de cierta educación, pese a no haber terminado la universidad, preferí no responder, pero le dije, por cortesía: me fascina tu cutis. Y le sugerí que también me chupara los huevos, aunque fuera uno. ¡Ay, para qué dije eso! La puta reviró los ojos más rápido aun, como si yo la hubiera ofendido: papito, masculló, con desdén, papito, así, displicente, como si no valiera la pena siquiera contestar mi sugerencia, como si mi verga y mis huevos fueran metafóricos e inchupables. Ay, papito.

Entre mis piernas colgaba el pellejo mísero: un trapo de cocina. La puta, harta de menearlo, soltolo con desprecio (helado): vete a bañar.

Lo hice.

Pobre bicho, debieron pensar mis amigos, pobre perro.

No había luz en la ducha tampoco ni supe dar con el agua caliente, así que me bañé con agua fría en la oscuridad, sin descansar de retorcerme aquello (El Cisne), pensando, para estimularme, en el sensual contorno de ciertas actrices de talla internacional: Nicole, Scarlett, Mónica… Todo inútil. Salí del baño, derrotado, ¡libre!

Y cuando vuelvo al cuarto encuentro a Felipe, alcanzó a distinguir la sombra de Felipe lamiendo, hundiendo su cara (picada de viruela, por cierto) en la sombra de la chocha del sapo gigante. Chocha. Pepa. Vagina. Felipe chupaba eso y al verme la puta, al sentir mi verga derrotada, con sus ojos amodorrados, pronunció: chingaderas. Y echó a reír.

Y dijo: vas.

Y yo así de ¡¿!?

Y la Sapa: métesela por el culo.

Resulta que Felipe, para chupar aquella cosa, adoptó una postura que en efecto parecía una invitación a poncharle sus nalgas. La puta y yo reímos. Felipe, aún chupando, sólo gruñó. En la otra cama, Fer y la güereja estaban sin ningún problema goce y goce. Mejor me voy a ver la tele, dije o pensé.

Los muebles de la salita eran verdes y el piso crema.

Estaban dando las noticias, qué otra cosa pueden dar: el terremoto de Japón. Me aburrí después de un rato y me asomé por la ventana. Abajo: una calle desierta, excepto por dos tipos que no estoy seguro si discutían o celebraban. Gritaban, eso sí. Cada uno con su botella en la mano. Los vi caer al suelo, enredados. Me aburrí también. Miré otro rato las noticias, pronunciando, a breves intervalos, la palabra “burbuja”, nada más que por mero capricho, por verla flotar un rato.

Burbuj…

Ploc, reventaba la palabra.

Al poco rato apareció en la salita Fer, toalla en la cintura y el pelo mojado. Me miró sorprendido con sus ojos de gato pacheco. También me regañó: ¡a coger, a coger! Le expliqué entonces, como si hiciera falta, que la puta que me había tocado parecía un sapo (pinche sapo, weeey) y que no me excitaba nadita y que prefería ver el noticiero, que tampoco era la gran cosa… Fer, no muy convencido porque mis explicaciones nunca lo convencen, sonrió y entrose de nuevo al cuarto, al tiempo que Felipe, ya vestido, salía de él y sentábase conmigo a ver la tele.

¿Te vas?

Ya.

¿No piensas bañarte?, le pregunté, porque olía muy fuerte a sapo.

De allí salió justamente la puta morena, encuerada, con la boca (los labios y la quijada) toda manchada de leche; ni se molestaba en limpiarse, la puerca. Y cuando volvió Fer, vestidito, nos vio a los tres mirando las noticias: El Terrible Terremoto de Japón. La morena se pasaba el dedo por la cara y lo chupaba. Pobrecitos, comentó. Sí, dije. Que se los lleve la verga, dijo Felipe. Ya me voy, dijo fer, mañana tengo que chambear. Mis amigos son así, chambean. Debían ser como las tres de la mañana. Y Fer: te quedas con la güera, que te está esperando, ya pagué.

Sí, Fer.

Y plin, se esfumaron. Mis grandes camaradas.

Mi verga (le dije al sapo gigante y todavía no sé por qué lo hice) cuando está de pie pero bien de pie llega a medir 30 centímetros.

No me creyó o no le interesaba. Continuó chupándose los dedos. La dejé tranquila.

En el cuarto la ñora güera me estaba esperando, con las piernas abiertas, fumando un churro de mota. Me invitó. “No fumo porquerías”, le dije. Lo curioso es que el humo lo sacaba por la boca, sí, pero también por allí, por la vagina, y hacía figuras y todo.

Me gustó tu amigo, coge rico.

Ah.

Tú también me gustas. Métemela, ven.

Quedé paralizado, porque no fue una invitación aquello, sino una orden. Cerré la puerta por dentro, aunque de buena gana hubiera salido corriendo, y no supe hacia dónde mirar. Me senté a su lado, pensando que su vagina era un monstruo y que si yo me distraía me devoraba. Lo bueno es que no había luz, aparte de la turbia y lechosa que se colaba de la calle, y sólo se veía la mitad de las cosas, la sombra, la silueta de las cosas; recordé una frase de Kafka que dice más o menos…

¿Eres tímido?

¿Qué?

Tímido.

Ah, sí.

¿No serás virgen?

¿Virgen? No no no.

¿Con quién lo has hecho?

Uf (me había tocado una puta-entrevistadora): con muchas.

Vi que apagó el cigarro: mi novio es de la PFP.

Doctor, qué chido.

No, doctor no.

¿Electricista?

¿Sabes qué es la PFP?

Me hago bolas con las siglas.

Ah, qué pendejo estás, murmuró la puta mientras acomodaba sus calzones (porque usaba tres o nueve) en la cabecera de la cama. No me veas las nalgas, dijo, en tono juguetón. Aunque hubiera querido, no se le veían mucho, por la oscuridad.

¿Sabes cómo cogen los perritos?

¿Los…? Ah, sí.

Bueno, así me la vas a meter, como si fuéramos perritos, por atrás, pero por adelante, ¿va?

Va (dije, sin haber comprendido una reverenda chingada).

Me puso el condón, me la chupó. Más o menos logró que se me parara y más o menos la penetré. Ella estaba en cuatro y yo trataba de cabalgarla. No hay amor, me dije, no hay amor ni piedad ni… Cállate, pendejo, gritó ella porque resultó que estaba yo hablando en voz alta. Por si fuera poco, en ese momento la Sapa se pone a golpetear la puerta (¡Ya me voy, wey!: BAM BAM BAM) y la poca rigidez que había logrado, valió madres. La güera gritoneaba en contestación (como lo hubiera hecho una yegua): espérate, manita, nomás acabo con esto y nos vamos. Y como la otra continuara (BAM BAM BAM), la güera, por hacerla rabiar, le siguió diciendo: de lo que te pierdes, mana, la tiene grandota, este hijodesuchingadamadre, cinco metros de verga, no mames, ay, gemía, muerta de la risa. También yo me reía, no podía evitarlo, aunque la verga seguía sin parárseme bien.

Al fin (de sopetón, para no arrepentirme) dije: lo dejamos para luego.

Me salí.

Saqué mi pene de aquella pelambre, intacto, sin las quemaduras ni los mordiscos que tanto temía. La güera, después de suspirar de alivio, comenzó a dar de coces, ¡coces!, hasta que al fin me tiró de la cama y al caer me lastimé un codo. Luego fue y abrió la puerta. Entró La Sapa, ya vestida, y tornaron a discutir, sobre qué, no sé, asuntos de putas. La güera mostró unos billetes, la otra intentaba quitárselos, la güera chillaba. Nunca antes vi dos putas discutiendo, así que me las quedé observando; en lo que discutían la güera se iba poniendo la ropa. Usaba tres o diez calzones.

¿Por qué tantos?, no pude reprimir las ganas de preguntar, ¿por qué tantos calzones, oye?

Voltearon hacia mí como si yo fuera un hueco en la pared.

Cuando ya se iban intenté darle un beso a cada una en el cachete, de despedida, porque no sabía yo que de las putas uno nunca se despide. Una me empujó, la otra se aguantó las ganas de tirarme un puñetazo.

Entonces me quedé solo y desnudo, sobre la cama revuelta.

Yo tenía 33 años.

Encendí un cigarrillo porque no había más que hacer. Volví a la salita y me vestí despacio, mientras miraba lo que fuera por la ventana; algunas personas y algunos carros pasaban ya. Todavía encendí la tele. Seguían con lo mismo. El Terrible Terremoto.

El Terrible Terremoto era más o menos esto: por una calle bordeada de escombros, con telón de fondo de humaredas, pasaba un hormiguero de niñitos lloriqueando; en eso una señora (su rostro era el rostro del Dolor) gritaba: UUAAAAA… 200 mil muertos, anunciaba entonces una voz espeluznantemente tranquila, 200 mil muertos.

Agarré y me la toqué y vi que la tenía parada, paradísima, como de fierro. Sentí escalofríos. Apagué la tele y traté de dormir.

Traté.

Me vine rápido. Fue cosa de dos o tres jaladas y ya. Una parte cayó en el colchón, otra en el piso. Fue como un llanto así muy intenso.

Me quedé un rato pensando, como idiota.

Luego comenzó a salir el sol y me largué a mi casa.