Por Daniel Salinas Basave

Había una vez un pobre país donde los periodistas le debían muchísimo dinero al presidente, porque resulta que en ese lugar el gobierno federal era el único autorizado para venderles papel, y sin papel (lógica elemental) pues no había periódicos.

El señor presidente, que se llamaba Miguel Alemán, siempre magnánimo y misericordioso, decidió perdonarles la deuda y hasta mandó traer toneladas de papel en los vagones de Ferrocarriles Nacionales para que los pobres periodistas pudieran seguir ejerciendo su oficio.

Los periodistas, agradecidos de por vida con su benefactor, decidieron organizarle un banquete al Señor Presidente (sí, así con mayúsculas y con sumo respeto lo escribía García Valseca y los de la vieja guardia) para darle las gracias a nombre del gremio.

Era el 7 de junio de 1951 y la fiesta estuvo tan animada y hubo tantos abrazos cariñosos, que el Señor Presidente lo instituyó como el Día de la Libertad de Expresión. Porque resulta que en ese país la bendita libertad de expresión, garantizada desde la Constitución de 1857, es una dádiva que el Señor Presidente Benefactor le concede a los periodistas, por si algún día se les ocurre ejercerla.

La libertad de expresión siempre estuvo ahí, incluso en los tiempos de Porfirio Díaz. Durante las siete décadas de priismo santificamos el artículo 7, aunque casi nadie se tomó la molestia de ejercer ese derecho. Los autoritarios gobiernos tricolores ni siquiera tuvieron que perder el sueño secuestrando imprentas y encarcelando periodistas, porque el gremio siempre estuvo de lo más cómodo comiendo de su mano.

Foto: Daniel Salinas Basave

Claro, hubo excepciones. Ahí estuvo, por ejemplo, Manuel Buendía y su muerte fue noticia nacional e indignó a un país, pero fue, en cualquier caso, un ave rara.

Han pasado 66 años desde aquel banquete con Miguel Alemán y la bonita tradición se mantiene a la fecha. Cada 7 de junio el Señor Presidente, el Señor Gobernador y el Señor Alcalde agasajan a los periodistas. Les ofrecen comilonas y les dan harto de beber (pero por favor no vaya usted a creer que son briagos los periodistas).

En la tertulia hay regalos, rifas, apapachos y sobrecitos, cuyo contenido varía según lo bien que te hayas portado y la grandilocuencia de tu pleitesía con el Señor Gobernador y el Señor Alcalde.

Y la mata sigue dando: en el país donde han matado a más de cien periodistas en la última década, en la tierra donde asesinaron impunemente a Javier Valdez, a Miroslava, a Regina Martínez, a Rubén Espinosa y a tantísimos colegas (sin que nadie se indignara como con Buendía), los políticos, tan dadivosos ellos, les arrojan comedero, alipuses y centavería como en el bolo padrino y los periodistas, rémoras hambrientas siempre listas a devorar las sobras del gran tiburón, se arrojan como chamacos en piñata.

Bonitas son nuestras tradiciones. Por favor, que no se acabe la fiesta.

Feliz Día de la Libertad de Expresión.