Por Edgar Pérez Pineda

No quiero ser recordado, como un puto soldado, venía cantando una canción de Los Pitucos del Perú, una banda de punk limeño de garage que sólo yo conocía porque me gasto la vida rastreando cosas que valen una chingada. Así había dado con uno de los casetes únicos en México de estos mandriles. Los Pitucos. Sepa verga qué querían decir. Llegamos a la Unidad Deportiva. Fue emocionante ver a toda la generación 1977 aglutinada en la gradería. Toda la flota, pensé. Son los míos. La piel se me enchinó. Rechiflas, risas, gritos, saludos, actitudes gandallas. “Marabunta.” Busqué a mis cámaras. Los encontré hasta el extremo de la gradería porque somos periferia. Ahí estaban. De repente los altavoces se activaron y una voz marcial impuso silencio a toda una generación. Explicó la mecánica del sorteo. El soldado anunció el primer nombre y sacó una bola blanca. Toda la generación estalló en una carcajada que jamás se repetirá. Lo que ha constituido una de las circunstancias más emocionantes de mi vida. Participar de la risa de una generación. Nos cagamos como una maquinaria monumental perfectamente afinada. Juntos al cabrón unísono. Luego vino una seguidilla insoportable de nombres y suertes que terminaron por asquear. El rosario se volvió una agobiante lluvia godotiana. Nos turnamos para escuchar los nombres mientras algunos descansaban su atención. Era como estar ante un paredón. Sólo escuchábamos repartirse las tragedias como balas perdidas. ¿Asistir cada sábado de tus dieciocho años al ejército? Ya no te enseñan a usar armas o tácticas. Ahora ponen a los reclutas a barrer las calles o de display en actos de gobierno. Encima un cabrón se caga en ti por sistema. Sólo escuchábamos los nombres de los caídos. ¡Servicio militar, me quieren reclutar! Hacíamos catarsis cantando para paliar la ansiedad. Había contagiado a la banda con el estribillo de los Pitucos y se volvió una consigna. “Fulano de tal, bola azul, bola blanca.” Mis bolas, chilló el Cuco estresado. Era una probabilidad de tres de recibir el tiro de gracia. Y ésa es toda la historia de este relato. Que lo que yo quería era gastarme el crédito de mi libertad, vaciar el tanque abusando de mi cuerpo, de mi espíritu, de las cosas. Rabiar y explotar como un transformador de la CFE, derramar mi aceite. Me andaba por tirarme de cabeza a un pozo y ser absolutamente feliz durante el trayecto. Aunque fueran sólo diez segundos de la felicidad más perra de la vida mediocre que me esperaba. Que acecha hasta al mejor acomodado. Porque depende del mundo, no de las personas. Te quieren reclutar, me dije, tú tranquilo.

Nombres y nombres. Azul, blanco y negro. Repetir. Aquello era una pesadilla. Apellidos tirados hasta en el suelo, nombres respecto a los que era preferible el suicidio. La inspiración del inicio al ver una generación reunida desapareció. Nos enteramos a toro pasado y sólo vimos el rastro, pero el Chícharo había sido nombrado con bola negra. Lo celebramos como un gol repentino. ¡Pinche, Chícharo, hijo de la chingada!, clamamos. El cabezón estiró una sonrisa tranquila e hizo mímica de hacerse una chaqueta a ritmo de adagio, de que estos guachos se la pelaron. Los demás quedamos como porteros frente un penalti. Los nombres siguieron corriendo como ruleta del casino de Petersburgo. Julio David Estrada. Bola negra. ¡Puta! Otro salvado. En ese momento Estrada se tiraba de los cabellos de pura reacción y comenzó a abrazarnos a cada uno. A esas alturas la gradería estaba hormigueante. Algunos ya salían con su destino en el bolsillo para los próximos cuarenta y tantos sábados del año. En comparación con las cosas serias de la vida, este drama es una mamada; pero era importante por el tiempo de iniciación que son los dieciocho años. Armín Guillén. Bola negra. Puta. ¿Y uno qué, Señor? No quiero ser recordado como un puto soldado, el Shagger enunció pesadamente como una exequia, como si expusiera sus miedos profundos, casi con tenor del Conde Lautremont. Teachers, leave the young along, el buen Tobi lo animó tomándolo de un hombro. Pero yo zanjé con el filo del realismo y les recordé que you can´t always get what you want, que había que estar preparados. Aunque ni yo quería escuchar lo que acababa de expresar, pero tengo la cruz de no dejar pasar ningún instante con vocación de corte cinematográfico. Soy cazador de momentos que se imprimen en la memoria hasta el último día de la vida y mi trabajo es provocarlos. Es lo que busco en el culo de todo. Conseguir una reacción alquímica. Puedo vender el oro por un instante expulsado del tiempo. Apuesto a perder, pues. Me doy una vida de lujos obscenos. Germán Casas. Bola negra. ¡Hijo de tu puta madre! Hicimos otra catarsis. Celebramos y envidiamos su buena estrella. Volaban nombres sueltos como naipes, con la rapidez del crupier del diablo. Imaginé que así debía designarse el destino en los Cielos. Pero a mí me dijeron que podía disponer de mi voluntad en la Tierra. O lo soñé. Nombres y más nombres. Benjamín Cardoso Martínez. Bola negra. ¡Vergación absoluta! ¡Pinche, Tobías Lulú!, clamamos. Benjamín levantó míticamente los brazos al cielo. Más de la mitad de la generación ya había abandonado el estadio de la Unidad Deportiva. No quería desesperarme. Me abstraje observando el pasto de la chancha. Me vi hace diez años en aquel mismo estadio cuando nos trajeron del colegio a unas olimpiadas infantiles. Éramos grupos de todas las escuelas de la ciudad. En la selección del colegio quedé en lanzamiento de soft ball y de bala. En los preliminares Ramón se desmayó durante el salto de altura. Corrió torpe y saltó como una jirafa reumática y cayó medio muerto. Actualmente Ramón hornea pasteles. Aquella vez también fue especial el estar entre tanta gente porque demasiadas personas siempre termina en fiesta. Alguien siempre enloquece. Aquella mañana le tocó a una niña llamada Claudia Castrejón, quien se inventó que yo la ofendí y me reclamó toda furiosa y se robó mi mochila y escapó corriendo conmigo detrás. Obligándome a perseguirla avergonzado de ser el espectáculo de todos esos niños riéndose. Quise averiguar mi suerte trasluciendo el final de aquella ocasión, que terminó cuando el camión del colegio abandonó a los que participamos en las últimas pruebas. El maestro de educación física estaba hecho un camote hervido de trabajar todo el día bajo el sol y se emputó cuando lo enteramos de que el chemion se había ido. Tuvo que enlatarnos en su vochito. Casi diez pinches verracos, que de lo apretado que íbamos desprendimos uno de los cristales traseros, mismo que Castellanos sujetó para que no saliera volando por los aires. Pero como el chingado pajarraco del profe de por sí venía encabronado y zurrándonos, pues nadie quiso informarlo. Pero tampoco nadie pudo contener la risa por aquella situación tan chaplin. Y se enteró sin remedio. De la sorpresa mutó a furia de titán y nos botó en plena calle del centro. Tuvimos que hacer una cooperación con lo de nuestros bolsillos y pedir dinero en la calle para completar el taxi de vuelta al colegio. Sonreí. Qué bonita aventura, pensé. Eso quiero en la vida. Pasarla chévere. No quiero marchar. No quiero ser recordado como un puto soldado.

Nombres. Estábamos indigestados de tragarnos los nombres de toda una generación. Era como contar hasta un millón de corridito; pero ya restábamos pocos. Sabía que éste sería el mejor tiempo de mi vida. Lo sabía como una tortuga es consciente de surcar la eternidad. Pedí un tabaco al Chobi y me lo roló encendido para robar unas caladas antes de enviármelo con el Chem, quien también le pasó aduana, hasta que todos le chuparon y me llegó sólo una colilla. Ve nomás. El rumor del altavoz seguía pronunciando nombres metálicamente. De pronto anunció a Jorge Briseño y suspendimos la respiración. Nos volvimos ver al Chagui como si el dictamen fuera a salir de su boca. El voceador hizo una pausa para carraspear junto al micrófono. Bola negra, continuó con su marcha de convoy. Festejamos. Cada vez eran más los salvados. Te quieren reclutar, me recordó mi conciencia. Un año no es mucho pero la vida no espera y no quiero ser recordado de tal manera. Había que ir a toda velocidad a ninguna parte por lo menos. No había tiempo. En las graderías de la Unidad Deportiva quedaba menos banda cada vez, además había que descontar a quienes lucían relajados porque ya tenían cantado su gallo. Me sentí nervioso. No quería compromisos. Nada que detuviera mi inmovilidad vertiginosa. Me sentí flatliner. Jugador. Sólo un tiro de dados y se acabó. Vivo o muerto. Confiaba en que de niño tuve un sueño en el que unos marcianos ya se iban al espacio con un grupo de gente pero el platillo no podía despegar porque faltaba yo. Al final llegué corriendo y me deslicé adentro antes de que la escotilla cerrara. Era la cuenta regresiva y comencé a sentir una vibración muy especial. Me sentí lleno de furor. Aquí venía un momento del destino. Qué es la suerte sino el resplandor de la propia fatalidad. El rosario de nombres había menguado. No quiero ser recordado… Oliver Chem. Bola negra. Ovación. Me quedaba solo en la barca del adiós con el Cuco. Ya no compartíamos ninguna alegría con los demás.

De pronto me rendí. La alharaca de mis camaradas bajó al sótano de mi cabeza. Los miré como a desconocidos. Como a la juventud libre y privilegiada. Frente a aquella cancha de futbol de la Unidad Deportiva recordé cuando vino Hugo Sánchez como director técnico de la selección nacional a un encuentro amistoso contra los Guerreros de Acapulco. Toda la gamba atestiguó a Hugo matando un balón con ese estilo mediterráneo, sacando el culito y recibiendo la bola con un taco, cogiéndola con sus manos, todo galán con saco de lino, pantalón blanco y mocasines, sacudiendo esa brillante selva de rulos. La gradería rugió una puya contra el champion. ¡Aaaaauuuuusssss! Aquella generación espontánea hizo vibrar el ambiente. Llovieron rechiflas sobre el goleador y every body salsa. Es que Hugo había lucido híper styling. Y la banda, lo que se dice la banda, es la fuerza de un espíritu sin juicio. Alfonso Medina. Bola negra. La ovación fue para el Cuco petocho. La nueva hermandad de liberados lo acogió en su seno y me dejó solo en la grada como un apestado sobre el cadalso. Sentí el concreto más duro bajo mis nalgas. Me miraban condescendientes y como alejándose en la barca de Remedios Varo. Hice mutis ante la espera de mi destino de cada sábado. Lo más feo era no pertenecer a lo único digno de pertenecer. Mis amigos. El rocanrol. Así claudiqué. Mi resistencia maceró hasta el grado de admitir que sería recordado como un puto soldado. Siguió el maridaje de nombres y suertes. Bueno, me dije, no debe ser del todo insoportable. Quizá le tomas gusto a la disciplina y al rigor, Carlitos. Así me digo cuando no estoy jugando. Pero algo reculaba entre los callejones oscuros de mi psique. ¿Y todo el rocanrol, y todos los momentos sublimes, y toda la risa y todo el desmadre instituido sobre la mismísima nada? Todos los discos y todas las horas de escuchar rocanrol. Todo ese construirme una identidad en la rebeldía. ¿Para regalarle los sábados de mis dieciocho años al ejército de un país como México? Im eighteen, me dije, and i do not what i want. Sentí que algo terminaba antes de comenzar. Édgar Pérez. Bola negra. Me levanté como como si hubieran llegado los Reyes Magos. Erizado. Recibí las risas liberadas y la aclamación morbosa de mis amigos. Mierda, pensé sorprendido, el destino quiere que me desbarranque. Bien. Así lo haré. Porque, ¿cómo era posible que a cada uno de los vagos que somos fue a tocarnos bola negra? La suerte estaba echada y era alcahueta. Nos largamos a la casa del Mobi Dick porque en la mañana avisó al Chagui que tenía marihuana de una fiesta de anoche, y que si queríamos probarla. Sería la primera vez para todos. Nada mal para cerrar aquella tarde del destino.

Desde esa vez en lo alto del cerro de Icacos, con el escenario de la bahía de Acapulco a nuestros pies, nuestra vida comenzó a girar en torno a la mota. A veces me pregunto si hubiera sido distinto de haberme tocado bola blanca o azul. Me planteo la cuestión mientras mis pulmones se hacen un tanque de gran capacidad. Estoy encerrado en el baño de un bus que viaja sobre la autopista hacia la Ciudad de México. Es un riego innecesario pero me gusta viajar puesto. Me gusta darme mis lujos. El riesgo es uno de los artículos suntuosos mejor cotizados en el mercado de la libertad. Me declaro jugador. Es como quiero ser recordado.