Por Alfredo Padilla

¿Entonces ya podemos bajarle a batichica?

André (Cuatro años)

Me parecía increíble que una serie en blanco y negro nos pudiera atraer tanto, no sé cómo pasó, simplemente nos hipnotizamos frente al televisor. Una fiebre tardía de un programa de televisión de los años 60. Nos gustaba a nosotros, que ya habíamos visto las dos de Burton con Michael Keaton, una en el 89 y la otra en el 92, movies que habían despertado nuestras ínfulas góticas y cachondas, con Kim Basinger y Michelle Pfeiffer respectivamente. A nosotros, que nos encantaba el cine de balazos y choques aparatosos, nos fuimos a hechizar con aquél Batman de 1966, el de escala a grises, que evolucionaría después al technicolor del tapatío González Camarena.

La daban de lunes a viernes a la una de la tarde por el canal siete, mi hermano y yo corríamos al salir de la primaria para verla, no nos gustaba perdernos el intro, nos tumbábamos bajo la cama y los pies de un padre desmayado en alcohol, noqueado por el humor caliente de la tarde, manchado aún con la sangre de algún carnero que había sacrificado por la mañana, ese olor a sangre seca y las frases de un Batman más fino que James Bond nos habían creado: “La elegancia así como la gramática son esenciales, Robín”.

Adam West se dividiría entre el atuendo de murciélago y las botas vaqueras de ‘Bronco’, como el Major Carter, y en ‘Colt .45’ como Doc Holliday, e incluso en ‘Maverick’ y ‘Bonanza’, en ‘El hombre del Rifle’ y ‘Laramie’, pero en el 66, año en que la Sinatra lanzaba su These Boots Are Made for Walkin, West usaría por primera vez los calzoncillos azules de Bruce Wayne en la película de Leslie H. Martinson, y pelearía con uno de los mejores jokers de la historia del cine, el cubano César Romero, al lado de la mamacita de Lee Meriwether (sueño húmedo de Fadanelli), enfundada en el spandex negro de Gatúbela. Ese mismo año vendría la serie de Lorenzo Semple jr., como una parodia del cómic de papá Kane, en cuyo primer capítulo, veríamos a West imitando el popular “Watusi” que bailaban nuestros padres en la década de los psicoatcivos, al que el Batman de la nariz respingada lo había rebautizado, en una versión gótica y yé-yé, como el “Batusi” (sueño húmedo de Andy Warhol).

Quizá nos harían reír los calzoncillos por fuera de los pantalones o su barriga, su ligera gordura, los pezones rígidos o las cejas blancas pintadas sobre la mascarilla negra, lo absurdo de los diálogos o la idiotez en Robín, no lo sé, sólo recuerdo estar completamente magnetizado frente al Sony en las tardes calurosas al inicio de una década beligerante, de Saddam Hussein y André Agassi. Quizá el programa fue realmente bueno o tal vez era demasiada el hambre que teníamos en aquél momento, que necesitábamos de un placebo que nos convirtiera en murciélagos el vacío en nuestros estómagos, y lo encontramos en ese Batman que nos quería enseñar de modales, aunque el hambre no conozca de eso, el apetito hace villano a cualquier niño.

Adam West murió el sábado (10 de junio), justo cuando mi hijo comenzaba a contagiarse con la fiebre de un Batman de brillantina. Frente a los famélicos fantasmas del pasado, nos damos una comilona, comemos pizza y pintamos nuestras caras con el escudo del quiróptero, dejamos que el maquillaje se corra con unas lagrimas infantiles, él no lo sabe, llora junto a su padre en apoyo, mi arbotante pequeño. Me palpo el estómago y lloro en silencio, le decimos adios a Batman, con la tripa llena, la apetencia se ha ido.